BOLETÍN  
DE LA ACADEMIA  
NACIONAL DE HISTORIA  
Volumen XCVII Nº 200  
Julio–diciembre 2018  
Quito–Ecuador  
BOLETÍN  
DE LA ACADEMIA  
NACIONAL DE HISTORIA  
Volumen XCVI  
Nº 200  
Julio–diciembre 2018  
Quito–Ecuador  
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA  
DIRECTOR:  
SUBDIRECTOR:  
Dr. Jorge Núñez Sánchez  
Dr. Franklin Barriga López  
SECRETARIO:  
TESORERO:  
BIBLIOTECARIA-ARCHIVERA:  
JEF A DE PUBLICACIONES:  
RELACIONADOR INSTITUCIONAL:  
Ac. Diego Moscoso Peñaherrera  
Hno. Eduardo Muñoz Borrero  
Mtra. Jenny Londoño López  
Dra. Rocío Rosero Jácome  
Dr. Vladimir Serrano Pérez  
BOLETÍN de la A.N.H.  
Vol XCVI  
Nº 200  
Julio–diciembre 2018  
©
Academia Nacional de Historia del Ecuador  
p-ISSN: Nº 1390-079X  
e-ISSN: Nº 2773-7381  
Portada  
Rafael Troya, autoretrato  
1
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Quito  
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octubre 2019  
Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación  
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA  
Vol XCVI – Nº 200  
Julio–Diciembre 2018  
EL PENSAMIENTO MÉDICO Y FILOSÓFICO DE ISIDRO  
AYORA CUEVA Y SU PAPEL EN EL SURGIMIENTO  
DE LA ESCUELA OBSTÉTRICA QUITEÑA  
–DISCURSO DE INCORPORACIÓN–  
Enrique Noboa Flores1  
De la partería a la obstetricia  
La obstetricia ecuatoriana comenzó con la labor de las par-  
teras empíricas, cuyo conocimiento se originó en la experiencia y fue  
transmitido de madres a hijas de manera informal. Quizás las parte-  
ras fueron el único recurso para atender a las parturientas hasta 1835.  
2
Sin embargo, Gualberto Arcos anota que en 1794 el Dr. Juan Halles  
pidió al Cabildo se reconozca su derecho a ejercer de cirujano ins-  
tructor de comadronas; así, posiblemente Halles sería el primer mé-  
dico vinculado con la naciente obstetricia.  
En otros lugares del mundo, la influencia de las parteras tam-  
bién fue esencial. No obstante, por ejemplo en Inglaterra, como lo  
3
describió Herbert K. Thomas, después de la invención del fórceps,  
la obstetricia devino en una actividad que también la empezaron a  
practicar hombres, debido a lo que se vio favorecido por la falta de  
1
Miembro Correspondiente, Academia Nacional de Historia. Médico Especialista en Ginecolo-  
gía y Obstetricia, Universidad Central del Ecuador; Diplomado en Endocrinología Ginecoló-  
gica, Universidad El Bosque de Bogotá, Colombia; Maestría en Seguridad de Medicamentos,  
Universidad de Sevilla, España. Médico Asociado, Hospital Metropolitano de Quito. Profesor  
de Farmacología, Escuela de Medicina, Universidad San Francisco de Quito. Miembro activo  
de Sociedad Ecuatoriana de Ginecología y Obstetricia, Sociedad Norteamericana de Meno-  
pausia, Sociedad Ecuatoriana de Farmacología, Sociedad Europea de Menopausia y Andro-  
pausia, Sociedad Ecuatoriana de Metabolismo Mineral y Osteoporosis, Sociedad para el  
Estudio y Progreso de la Anticoncepción, Sociedad Ecuatoriana de Patología del Tracto Genital  
Inferior y Colposcopía y Sociedad Ecuatoriana Multidisciplinaria de Mastología.  
Gualberto Arcos, Evolución de la Medicina en el Ecuador, 3era edición. Editorial Casa de la Cul-  
tura Ecuatoriana, Quito, 1979, p. 295.  
2
3
Thomas H., “The American obstetrics heritage: An inspiration in teaching obstetrics”, Obstetrics  
&
Gynecology, N°8, 1956, pp. 648-653.  
B O L E T Í N A N H N º 2 0 0 • 3 5 0 – 3 8 4  
3
50  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
instituciones para el entrenamiento sistemático de las parteras. Esto  
habría frenado y hasta bloqueado definitivamente el desarrollo pro-  
fesional de las parteras en ciertos países.  
En Quito la situación fue diferente y hasta muy favorable  
para las parteras; pues, como lo describen Eduardo Estrella y Anto-  
nio Crespo Burgos, Antonia Catarina Dessalle de Gallimée, nacida  
en Francia y cuyos estudios teóricos y prácticos de obstetricia los re-  
alizó en la Facultad Médica de París, “sin duda, fue la primera en soli-  
citar la revalidación de su título para el examen de grado el año 1835, que  
4
le permitiría ejercer en nuestro país la profesión de partera”. A ella la se-  
guirían Cipriana Dueñas de Cazanouve, en este proceso de revali-  
dación de títulos en la Facultad Médica de Quito, y además Dominga  
Bonilla, Victoria Carvajal, entre otras, aprobaron exámenes de grado.  
Esto determinó que, en nuestro país, la partería continuase siendo  
una actividad eminentemente femenina, aunque poseedora ya de un  
reconocimiento académico.  
En 1835 se estableció la primera Escuela de Obstetricia de la  
República, durante la presidencia de Vicente Rocafuerte (1835-1839).  
Esta institución vendría a contribuir de manera importante en este  
propósito de reconocimiento académico de las parteras, por lo que,  
en dicho año, se dejaba de tener parteras empíricas y en su lugar ha-  
cían su aparición las primeras parteras profesionales. De acuerdo  
con Estrella y Crespo, hasta 1857, se registran trece parteras tituladas  
en Quito.  
Antonia Catarina Dessalle de Gallimée estuvo a cargo de esta  
primera Escuela de Obstetricia de la República que funcionó por  
poco tiempo, tal vez hasta 1839, cuando fue reemplazada por la Es-  
cuela de Obstetricia o Escuela de Partos, establecida por Juan José  
Flores durante su segundo periodo como presidente constitucional  
(
1839-1843). Esta segunda Escuela de Obstetricia funcionó bajo la di-  
rección de Cipriana Dueñas de Cazanouve y pudo haber brindado  
servicios hasta 1866, año en el que se funda la Escuela Nacional de  
Partos a cargo del Dr. Miguel Egas y la partera Dominga Bonilla.  
4
Eduardo Estrella, A. Crespo Burgos, Historia de la enseñanza médica en Quito. Tomo II. Siglo XIX:  
Positivismo y medicina nacional, Crear Editores, Quito, 2009, p. 38.  
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Enrique Noboa Flores  
En el lapso entre 1861 y 1870, el hijo de Miguel Egas, llamado  
Miguel A. Egas, realiza sus prácticas como estudiante en esta Escuela  
Nacional de Partos; en tanto, seis parteras más se reciben ante la Fa-  
cultad Médica de Quito y una de ellas, Rosa Elisa Salcedo, en 1861,  
fue “declarada apta para optar por el título de profesora de obstetricia previo  
5
el examen de ley”. Juliana Vallejo, quien estudió con Dominga Bonilla  
durante 4 años, es la última partera de esta etapa, pues se tituló en  
1
870. En este mismo año, Miguel A. Egas, quien fungía ya como pro-  
fesor, se perfila quizás como el primer médico que tuvo experiencia  
práctica hospitalaria en obstetricia. Por ello, como lo anota Mariana  
6
Landázuri Camacho, los dos médicos Egas, padre e hijo, habrían te-  
nido “una definitiva influencia en los estudios obstétricos universitarios”,  
e indudablemente, en el desarrollo de la obstetricia en Quito.  
La primera Maternidad, conocida también como Casa de  
Maternidad y Escuela de Obstetricia, fue fundada a fines de 1870 en  
7
el Hospital San Juan de Dios de Quito. Según Virgilio Paredes Borja,  
8
mencionado por Eduardo Estrella y Antonio Crespo. Gualberto  
Arcos resalta también que en 1872 el entonces Presidente Gabriel  
García Moreno (en su segundo mandato de 1869-1875) promovió la  
educación científica en obstetricia, a través de la contratación de la  
9
matrona Amelia Sion de Besancon, quien, en palabras de Virgilio  
Paredes Borja, fue profesora titulada de la Maternidad de París, cuyo  
instrumental y útiles de enseñanza fueron traídos desde Francia uti-  
lizados en esta primera Maternidad.  
Este proceso de promoción de la educación en obstetricia fue  
interrumpido por la clausura de la Escuela Nacional de Partos, por  
parte del General Ignacio de Veintimilla, en 1876, lo que condujo a  
dar por terminado el contrato de Amelia Sion y las interesantes po-  
sibilidades para el desarrollo obstétrico que se vislumbraban con su  
llegada. Esta institución, la Escuela Nacional de Partos, había ofre-  
cido sus servicios durante 10 años.  
5
6
Eduardo Estrella, Crespo Burgos A. Historia de la…, op. cit., p. 180.  
Mariana Landázuri, Juana Miranda. Fundadora de la Maternidad de Quito, Ediciones Banco Cen-  
tral del Ecuador, Quito, 2004, p. 65.  
7
V. Paredes Borja, Historia de la Medicina en el Ecuador, tomo II, Editorial Casa de la Cultura  
Ecuatoriana, Quito, 1963, pp. 315-318.  
8
9
Eduardo Estrella, Crespo Burgos A. Historia de la…, op. cit., pp. 178-179.  
Gualberto Arcos, Evolución de la Medicina en el Ecuador, 3era edición. Editorial Casa de la Cul-  
tura Ecuatoriana, Quito, 1979, pp. 275-280.  
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El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
Entre 1878 y 1891 los cursos de partería se los ofrecía de  
forma particular y, los médicos José Echeverría y Ezequiel Muñoz,  
tenían a su cargo una clase especial para comadronas en la Facultad  
Médica de Quito. A partir de 1891, según Virgilio Paredes Borja, las  
clases prácticas de obstetricia son tomadas a cargo por la matrona  
10  
Juana Miranda, en la Maternidad de Quito, quien registra su for-  
mación profesional en Chile y, para el efecto, fue nombrada profesora  
de obstetricia práctica por parte del Consejo General de Instrucción  
11  
Pública el 4 de mayo de 1891.  
Durante estos años las clases prácticas retornaron a la sala  
Santa Rita del Hospital San Juan de Dios. En razón de una evidente  
inestabilidad política y económica, que no permitía la obtención de  
una continuidad institucional para la Maternidad de Quito; pues, de  
acuerdo con Silvia Benítez y Cecilia Ortiz:  
La atención a madres en el parto, así como la instrucción a comadronas  
y parteras en el tema de la obstetricia se asentaron irregularmente en  
el Hospital San Juan de Dios, y se intercalaron con los esfuerzos que se  
produjeron por abrir espacios independientes del hospital como cam-  
pos de especialización específicos; esfuerzos que una y otra vez se in-  
terrumpieron, pues en la misma medida que se abrían maternidades y  
colegios de obstetricia a lo largo del siglo XIX, éstos se cerraban. Lo que  
significaba que regresaba la actividad obstétrica nuevamente al Hos-  
pital. Fue, por lo tanto, una de las pocas actividades médicas para la  
que, durante el siglo XIX, se le buscó un espacio autónomo de desen-  
volvimiento, externo al Hospital. 12  
Es indudable, entonces, el papel cumplido por el Hospital  
San Juan de Dios en la enseñanza y la práctica obstétricas, entre 1876  
y 1899 en su sala Santa Rita. Al respecto, Benítez y Ortiz recalcan en  
que “El Hospital cumplió un rol significativo en ambas vertientes, la do-  
13  
cencia y la práctica obstétrica”. Para ello fue indispensable también  
1
1
1
0 V. Paredes Borja, op. cit., p. 368.  
1 Mariana Landázuri, op. cit., p. 110.  
2 Silvia Benítez, Cecilia Ortiz, Historia del Antiguo Hospital San Juan de Dios. Tomo II. El período  
republicano y los últimos años (1830-1974). Expansión y dinamismo entre 1859 y 1933, Im-  
prenta Mariscal, Quito, 2012, pp. 83-84.  
13 Ibídem.  
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Enrique Noboa Flores  
establecer un direccionamiento docente, como el ofrecido por el Dr.  
Manuel María Casares, quien “cumpliendo con una comisión de la Fa-  
cultad, presentó en 1896 un proyecto para la enseñanza práctica de la obs-  
14  
tetricia”, lo que muestra el naciente interés científico y docente que  
despertaba ya la obstetricia en los médicos de la época. Sin embargo,  
la obstetricia eminentemente práctica se hallaba aún en manos de las  
parteras; Benítez y Ortiz recalcan al respecto que “En 1892 el rector  
de la Universidad solicitó a la superiora que permitiera a las alumnas de  
obstetricia practicar en el hospital, pedido que no fue bien recibido por las  
Hermanas, aunque se accedió a que las estudiantes ejercieran en la pequeña  
y oscura sala Santa Rita”.15  
Con la llegada del General Eloy Alfaro al Poder (1895-1901)  
se retoma el trabajo gubernamental dirigido a mejorar la atención de  
las parturientas, pues hasta ese momento, en muchos casos, todavía  
se continuaba atendiendo los partos en forma precaria, con elevada  
morbi-mortalidad materna e infantil. Ante esta situación, el 11 de  
abril de 1898 mediante un Decreto de Alfaro se fundó una Casa de  
Maternidad anexa al Hospital San Juan de Dios. Decreto que, un mes  
más tarde, fue reformado para que sea más bien un Colegio de Mater-  
nidad el que funcione en un espacio independiente del Hospital San  
Juan de Dios, pues la Facultad de Medicina de la Universidad Cen-  
tral, se opuso a que la Casa de Maternidad continúe llevando a cabo  
sus labores en el Hospital, ya que las condiciones de higiene no eran  
las más adecuadas para este propósito.  
De cualquier forma, dadas las circunstancias, la atención obs-  
tétrica habría de continuar en la sala Santa Rita del Hospital durante  
un año más, pues, recién, el 1 de Noviembre de 1899 la Facultad de  
Medicina hizo la inauguración oficial del Colegio de Maternidad en  
una casa independiente, en cuya concreción habrían de participar  
varias personalidades como Juana Miranda, el Arzobispo Federico  
González Suárez, el Dr. Luis Felipe Borja, entre otros. Esta nueva ma-  
ternidad recibió el nombre de Casa de Maternidad o Asilo Vallejo Ro-  
dríguez, ya que los bienes de la partera Juliana Vallejo y el Sr. Rafael  
Rodríguez Zambrano fueron su base logística y financiera. Inició sus  
14 Virgilio Paredes Borja, op. cit., p.370.  
15 Silvia Benítez, Cecilia Ortiz, op. cit., pp. 83-84  
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El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
labores bajo la dirección del Dr. Ricardo Ortiz y la matrona Juana Mi-  
randa, quienes se desempeñaron hasta 1907.  
Esta etapa es sumamente importante, pues, aproximada-  
mente en 1902, los estudiantes de medicina, en su sexto año, comien-  
1
6
zan a asistir a las clases prácticas de obstetricia, lo que habrá de  
producir un cambio drástico en la forma de entender la misma. Las  
parteras tituladas comenzaban a entregar el conocimiento práctico  
de la obstetricia a los médicos y se daba paso así, a los inicios de la  
obstetricia como especialidad médica, cuya conceptualización sería  
reforzada en los siguientes años con la llegada de los primeros espe-  
cialistas en obstetricia titulados fuera del país.  
La era del doctor Isidro Ayora Cueva  
Fue también un acierto de Eloy Alfaro el haber planificado  
el envío de varios médicos jóvenes como becarios a continuar estu-  
dios de especialización en Europa. Este proyecto que vio la luz du-  
rante el gobierno de Leonidas Plaza Gutiérrez (1901-1905). En efecto,  
en 1905 el Dr. Isidro Ayora Cueva (Loja, Ecuador, 31 de agosto de  
1879); apenas graduado de médico y cuyas prácticas de medicina en  
el campo obstétrico las realizó en la Maternidad de Quito, viajó a  
Alemania para continuar sus estudios en la especialidad de obste-  
tricia en la Universidad de Berlín y en la Clínica de Mujeres de Dres-  
den.17 Retor en 1909 y, a su llegada, como él mismo lo escribió  
posteriormente en 1954, la realidad de la obstetricia en Quito, a fi-  
nales del siglo XIX e inicios del XX, no había progresado mucho; en  
sus palabras: “Aquí, como en todas partes, la asistencia de los partos es-  
tuvo primero en manos de comadronas prácticas, que prestaban sus servicios  
de caridad por amistad o para ganarse la vida. Los médicos no intervenían  
sino los casos distócicos y su intervención era poco eficaz, pues carecían ge-  
18  
neralmente de conocimientos y de práctica”.  
1
1
6 Mariana Landázuri, op. cit., p. 159.  
7 Arturo Armijos, Isidro Ayora Cueva, “Esbozo biográfico”, Revista Mediodía, N°36, 1979; pp.11-  
8.  
4
1
8 Isidro Ayora, “La Obstetricia en Quito”. Revista de Obstetricia y Ginecología. Órgano de Publi-  
caciones de la Asociación de Médicos de la Maternidad Isidro Ayora y Toco- Ginecólogos  
de Quito. Mayo 1954; 1(1), pp.12-13.  
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Enrique Noboa Flores  
La realidad de entonces, por otro lado, habría de mostrarle a  
Ayora una maternidad caracterizada por la escasez de camas, lo pre-  
cario de la formación profesional del personal sanitario y, sobre todo,  
la gravedad de la situación higiénica reflejada en dos problemas en-  
démicos: la fiebre puerperal y la oftalmía purulenta del recién na-  
cido, más la resistencia de las mujeres del pueblo a acudir a la  
maternidad para su atención.  
Esta situación debe haber resonado como una dura crítica  
para los médicos y las comadronas de la época. Era evidente que en  
la maternidad de Quito aún no se accedía a un nivel científico en el  
campo obstétrico, que continuaba siendo aún de poco interés para  
los médicos, pues, como lo anota Gualberto Arcos:  
el estudio de la obstetricia era desdeñado. Se lo consideraba degra-  
dante para que lo ejerciera un médico; y adecuado solo para que mu-  
jeres sin mayor preparación intervinieran, ya por las ideas  
preconcebidas de un pudor mal entendido, ya también por lo secun-  
dario y accesorio que lo conceptuaban aún los profesionales; cuando  
19  
quizá es el ramo más noble y trascendental de las ciencias médicas.  
Se empezaba a vislumbrar que el surgimiento de la obstetri-  
cia y la ginecología como especialidades médicas requeriría de mé-  
dicos especializados, de una infraestructura hospitalaria adecuada,  
de una base académica para promover la docencia y de fuentes de  
consulta actualizadas, no siempre disponibles ni de fácil acceso.  
La primera década del siglo XX es así reconocida como una  
etapa fundamental para el inicio de la obstetricia como especialidad  
médica, aunque su emergencia es, sobre todo, un fenómeno del se-  
gundo cuarto del siglo XX a nivel mundial. Al respecto, Juan José Sa-  
maniego resalta que en 1910 “se inicia en Quito la era de la cirugía  
obstétrica moderna, cuando el Dr. Isidro Ayora, recién designado profesor  
de la materia, es nombrado director de la Maternidad, cargo que desempeñó  
20  
hasta 1929”. El año 1910 constituiría un punto de inflexión en la his-  
toria de la obstetricia en Quito, pues con Isidro Ayora, en palabras  
19 Gualberto Arcos, op. cit., p. 297.  
20 Juan José Samaniego, Cronología Médica Ecuatoriana. Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana,  
Quito, 1957, p. XXX.  
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El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
del mismo Samaniego, “comienza la lucha eficaz contra dos plagas obs-  
tétricas en la Capital: la infección puerperal y la oftalmía purulenta, y contra  
el papel pasivo y secundario del médico en la dirección del parto. (…) Iní-  
21  
ciase también en la Maternidad de Quito el registro de historias clínicas”.  
Al respecto, en los libros que contienen las historias clínicas  
de la maternidad de Quito y que reposan en la Biblioteca del Museo  
Nacional de Historia de la Medicina (BMNHM), se puede corroborar  
que desde 1910-1911 se incluyen ya en las indicaciones médicas el  
lavado vulvar y vaginal con agua de sublimado al 1/4000 y la pro-  
filaxis de Credé, así como el lavado adecuado y la desinfección de  
las manos de los profesionales sanitarios, como medidas de preven-  
ción para la fiebre puerperal y la oftalmía purulenta del recién na-  
cido. Sin embargo, en esta parte, cabe una pregunta: ¿Por qué razón  
no se utilizaban estas medidas antes de 1910? O, si se las utilizaban,  
lamentablemente no se disponen de historias clínicas o registros clí-  
nicos anteriores a dicho año para hacer una verificación. Resulta un  
tanto difícil aceptar que antes de 1910 no se llevasen a cabo este tipo  
de medidas profilácticas y, peor aún, que no se hayan establecido re-  
gistros sobre ellas. Dada la situación, tendría un fuerte fundamento  
lo aseverado por el Dr. Isidro Ayora: que la asistencia de los partos  
antes de 1910 estuvo, nada más, en manos de comadronas prácticas  
y que los médicos no intervenían sino solamente los casos distócicos,  
siendo su intervención poco eficaz al carecer generalmente de conocimien-  
tos y de práctica”.  
Un elemento importante permitiría suponer que las medidas  
de prevención como el lavado vulvar y vaginal con sublimado y la  
profilaxis de Credé sí eran conocidas antes de 1910. El primero se re-  
fiere a que es muy probable que, a Ecuador hayan llegado publica-  
ciones médicas extranjeras conteniendo reportes sobre las  
experiencias de Semmelweis y de Credé en el manejo de estas dos  
22  
23  
enfermedades infecciosas bacterianas, publicadas en 1861 y 1881,  
respectivamente, aproximadamente 30 a 50 años antes.  
2
2
1 Ibídem.  
2 IP. Semmelweis, Die Aetiologie, der Begriff und die Prophylaxis des Kindbettfiebers. Pest- Vienna-  
Leipzig: C. A., Hartleben, 1861.  
3 CSF. Credé, Die Verhürtung der Augenentzündung der Neugeborenen. Arch Gynäkol 1881; 17,  
2
pp. 50-53.  
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Enrique Noboa Flores  
En la BMNHM he identificado un texto cuyo valor histórico  
es clave para entender este punto: el Tratado Práctico de Partos de A.  
Aubard, publicado en 1891.24 En este libro, en su “Sección Cuarta  
sobre Patología Puerperal, Capítulo III sobre Septicemia Puerperal,  
Fiebre Puerperal”, se puede observar que se conocían ya los enun-  
ciados de Semmelweis, Tarnier y Pasteur que conducían a establecer  
que “la septicemia puerperal es sin duda alguna una afección microbiana”,  
y se mencionan también varias medidas a tomar para su prevención  
y tratamiento, como la ventilación, limpieza, pulverizaciones con  
agua común o con un líquido antiséptico, antisépticos para uso obs-  
tétrico, aislamiento de pacientes sospechosos de infecciones, evitar  
la proximidad de las habitaciones de puérperas con salas posible-  
mente contaminadas, lavado y desinfección de manos, etc. Lo pro-  
pio, en cuanto a la prevención de la oftalmía purulenta del recién  
nacido; el mencionado capítulo termina mencionando las medidas  
a tomar ante el riesgo de oftalmía: “Para prevenirla en caso de vaginitis  
materna o de epidemia en el nosocomio, sígase el consejo de Credé que con-  
siste en instilar entre los párpados inmediatamente después del nacimiento,  
25  
1
o 2 gotas de una solución de nitrato de plata al 1/50”.  
Lo referido deja entrever que la información sobre estas dos  
patologías infecciosas estuvo ya publicada en 1891, pero es probable  
que la obra mencionada no haya sido aún conocida por el personal  
sanitario de aquellos días, pues no estuvo disponible localmente, o  
que, simplemente, las medidas de prevención eran mal aplicadas o  
no eran efectivas en razón de las pésimas condiciones higiénicas hos-  
pitalarias. Por otro lado, recién en 1890 estuvo disponible en Quito  
el primer autoclave traído por el Dr. José María Troya, con el que se  
empezó a esterilizar instrumentos y ropa en el Hospital San Juan de  
Dios; sin embargo, por contar con apenas un solo autoclave, se con-  
2
6
tinuaba utilizando recursos artesanales -como hervir la ropa-, no  
siempre efectivos. Constituían agravantes la mala situación econó-  
mica y, por lo tanto, higiénica de la atención obstétrica, así como la  
24 A. Aubard, Tratado Práctico de Partos. Barcelona: Biblioteca Ilustrada de Espasa y Ca., Editores,  
1
891, pp.459-481.  
2
5 A. Aubard, op. cit., pp.459-481  
26 Alfredo Jijón Melo, “Apuntes históricos sobre la obstetricia”. Revista Ecuatoriana de Ginecología  
y Obstetricia, N° 8(21), 1966, p. 97.  
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El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
escasa o nula formación de las parteras empíricas que continuaban  
realizando tactos vaginales y manipulaciones sépticas en las partu-  
rientas.2  
7
En cuanto al “papel pasivo y secundario del médico en la di-  
rección del parto” anotado también por Juan José Samaniego, debe-  
mos recordar que quizás por el poco interés de los médicos, así como  
por el papel fundamental que cumplían las comadronas, el parto era  
comandado precisamente por éstas, como sucedía en otros lares; sin  
embargo, se debe aceptar que la experiencia de Ayora en sus años  
de formación en Alemania debe haber contribuido sostenidamente  
para incentivar y alentar a los médicos a tomar un papel más activo  
y responsable en la atención de los partos, en búsqueda de un pro-  
tagonismo que las décadas siguientes habrían de otorgarles. No es  
difícil imaginar a un Isidro Ayora, como médico obstetra joven que  
llegaba al país luego de un entrenamiento en Europa, embebido de  
las herramientas profesionales, mentales y emocionales indispensa-  
bles, erigiéndose como el destinado a cambiar la realidad de la obs-  
tetricia en Quito. Sin embargo, se debe mencionar que este proceso  
habría de tomar varios años, pues en las historias clínicas de la Ma-  
ternidad de Quito durante los primeros años las matronas continua-  
ron atendiendo los partos normales y algunos que ameritaban  
28 29  
procedimientos especiales como el uso de fórceps o versiones.  
Para 1915 se había dado ya inicio a la ampliación de la Ma-  
ternidad, volviendo a ocupar aquellas instalaciones anteriores, más  
funcionales y cómodas, que otrora fueron de esta institución, junto  
con la construcción de salas de partos y operaciones, que determi-  
naron un auténtico proceso de modernización. Nueve años más  
tarde, se vería una integración del trabajo de obstetrices, enfermeras  
27 R. Ortiz, “Carta al Director Médico de Cardiff en Inglaterra”, Revista de la Corporación Estudios  
de Medicina N° 3(25), 1904; pp. 43-49.  
2
8 Maternidad de Quito. Julio-Diciembre 1911. Historias clínicas. Obstetriz Zoila Lombeyda. Nú-  
mero de parto 424, paciente Carmen Ortega, diagnóstico: no descenso de presentación, pro-  
cedimiento: aplicación de fórceps, recién nacido femenino, muerto, presentación de vértice,  
talla 52 cm, peso 3000 g. 1 de Septiembre de 1911.  
2
9 Maternidad de Quito. Julio-Diciembre 1911. Historias clínicas. Obstetriz Juana Miranda. Nú-  
mero de parto 525, paciente Cristina Flores, 35 años, diagnóstico: presentación de hombro  
derecho, procedimiento: versión interna y extracción de parte presentada no encajada, recién  
nacido masculino, vivo, asfíctico. 15 de Noviembre de 1911.  
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359  
Enrique Noboa Flores  
y estudiantes de Medicina a las labores diarias de la Maternidad, rea-  
lización de turnos mensuales de los estudiantes, además de las acti-  
vidades docentes en las primeras horas de las mañanas, la práctica  
de llevar historias clínicas de cada paciente y la introducción de téc-  
nicas de asepsia y antisepsia para reducir la fiebre puerperal y la pro-  
filaxis de Credé para evitar la oftalmía purulenta del recién nacido.  
Ayora exploró también nuevos campos, en la bioética y la responsa-  
bilidad profesional, pues, como anota: “Se procuró sobre todo establecer  
la responsabilidad moral del médico y la obstetriz en la asistencia de partos,  
30  
tanto con respecto a la madre como con respecto al niño”.  
Es sumamente fácil advertir un motivo de satisfacción y or-  
gullo para el Dr. Ayora cuando destaca que en este periodo entre  
1910 y 1929 se logró que la Maternidad constituya un modelo de hos-  
pital (de manera textual él habla de un “hospitalito modelo”), gracias  
a los nuevos métodos que se implementaron en su funcionamiento,  
y más aún cuando resalta que de esta institución “salió la primera  
generación de tocólogos modernos”. Sus discípulos –mencionados  
por él–, como Julio Arellano, Ángel Terán y César Jácome Moscoso,  
habrían de sucederle en el Profesorado de Obstetricia y en la Direc-  
ción de la Maternidad, pues en la segunda mitad de la década de los  
años veinte el Dr. Isidro Ayora habría de involucrarse de lleno en la  
política hasta llegar a ser Jefe de Estado (1926-1929) y Presidente  
Constitucional (1929-1931).  
De tal manera que este primer periodo de 1910 a 1929 dio  
inicio a la formación hospitalaria de médicos enfocados en la obste-  
tricia y en la atención de la mujer, quienes junto con otros que conti-  
nuarían formándose fuera del país en las décadas siguientes,  
sentarían nuevas y reforzadas bases de la especialidad en Quito.  
La formación hospitalaria en obstetricia y ginecología  
La historia más cercana resulta más familiar, pues como se  
sabe el 28 de Marzo de 1951 se inauguró la nueva Maternidad, a la  
que se dio el nombre de Maternidad Isidro Ayora, contando con un  
moderno edificio de 200 camas, bien equipado, apto para la atención  
30 Isidro Ayora, op. cit., pp. 12-13.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
360  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
de partos y para la enseñanza de la obstetricia, de acuerdo con los  
adelantos científicos de ese entonces.  
Al finalizar su editorial de 1954, el Dr. Ayora recalcaba con  
sus palabras visionarias y futuristas que “La Maternidad tiene un am-  
plio programa por delante. Tiene que mantener muy alto el prestigio de las  
especialidades de obstetricia y ginecología y prestar un servicio asistencial  
31  
cada día más eficiente a las madres y a los niños recién nacidos”.  
Para entender mejor el estado de la obstetricia en esta se-  
gunda etapa entre los años treinta y cincuenta, basta con rememorar  
el testimonio dejado por el Dr. Alfredo Jijón Melo, emérito obstetra  
quiteño y jefe del Servicio de Patología Obstétrica de la Maternidad  
Isidro Ayora durante muchos años, con motivo de su ingreso a la So-  
ciedad de Ginecología y Obstetricia de Quito, reproducido en la Re-  
vista de Obstetricia y Ginecología de la Asociación de Médicos de la  
Maternidad Isidro Ayora y Toco-Ginecólogos de Quito, en mayo de  
1954. Jijón Melo decía:  
Si bien es verdad que los conceptos básicos de la obstetricia se mantie-  
nen inconmovibles desde los tiempos de Moriceau, de Pinard, de Simp-  
son, debemos admitir que las técnicas obstétricas han variado notable-  
mente en los últimos años, debido a múltiples causas entre las que  
podríamos citar: mejor conocimiento de la fisiología de la reproduc-  
ción, nuevas teorías hormonales y de metabolismo, descubrimientos  
recientes en el campo terapéutico, clasificaciones de grupos sanguíneos  
y crecientes facilidades para la administración de sangre y sus diversos  
sustitutos. En fin, una serie de factores que han hecho que en la actua-  
lidad se hable de la ciencia obstétrica en contraste del arte obstétrico  
de los tiempos de antaño. El obstetra del presente no es, no puede ser  
por más tiempo el pasivo expectante de un proceso biológico que ter-  
mine con la expulsión de un niño a través de un periné más o menos  
defendido; ¡no! El obstetra de los tiempos actuales es el constante con-  
ductor de la mujer embarazada por los caminos de una preñez contro-  
lada científicamente. Será él quien sepa detectar las primeras  
manifestaciones de una complicación que puede ensombrecer el futuro  
de dos vidas; será él quien ponga de su parte los medios adecuados  
para combatir el ataque de lo patológico, manteniéndose en constante  
alerta y actuando en forma científica, inteligente, calculada y decidida,  
si las circunstancias lo requieren.32  
3
3
1 Ibídem  
2 Alfredo Jijón Melo, “Comentarios a la Obstetricia Actual”, Revista de Obstetricia y Ginecología.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
361  
Enrique Noboa Flores  
Jijón Melo describía un cambio enorme dentro de la obste-  
tricia, que contrasta de manera innegable con las palabras ya citadas  
de Isidro Ayora, al decir “…Los médicos no intervenían sino los casos  
distócicos y su intervención era poco eficaz, pues carecían generalmente de  
33  
conocimientos y de práctica”; y las de Juan José Samaniego en cuanto  
3
4
al “papel pasivo y secundario del médico en la dirección del parto . El  
papel del médico frente a la obstetricia tomó otro rasgo y experi-  
mentó otra orientación, más científica, más humana, más cercana a  
la mujer embarazada; el médico había dejado de ser observador para  
devenir en actor; el médico obstetra había pasado de “artista” a  
científico”, complementando su arte con su ciencia; se había trans-  
mutado desde el arte de la medicina, como “la combinación de conoci-  
mientos médicos, intuición, experiencia y buen juicio”, hacia la ciencia de  
la medicina, como “una combinación de conocimientos científicos, habi-  
lidades técnicas, arte clínico y actitudes humanitarias”. Arte y ciencia  
con la misma trascendencia, ambas con firmes fundamentos.  
Como resultado de este proceso, en el Archivo General de la  
3
5
Universidad Central del Ecuador se registran aproximadamente 127  
tesis de grado de médicos en temas de obstetricia y ginecología, de-  
sarrolladas entre 1905 y 1968 y que muestran el creciente interés de  
los médicos por incursionar en la investigación sobre temas obsté-  
tricos y ginecológicos. De este importante grupo de trabajos de in-  
vestigación en la especialidad, se pueden destacar varios por su valor  
histórico: “Leyes biológicas y sus aplicaciones”, Isidro Ayora Cueva,  
1905; “La pelvis normal en Quito en relación con el parto”, Pablo Ar-  
turo Suárez, 1913; “La infección puerperal y el empirismo”, Alfonso  
M. Suárez, 1917; “Estudio sintomático de los accesos eclámpticos”,  
Matilde Hidalgo, 1921; “Infección puerperal”, Rafael Terán C., 1921;  
“El embarazo en útero”, César Jácome Moscoso, 1924.  
Órgano de Publicaciones de la Asociación de Médicos de la Maternidad Isidro Ayora y Toco-  
Ginecólogos de Quito, N°1(1), Mayo 1954, pp. 56-63.  
3 Isidro Ayora, op. cit., pp. 12-13.  
3
3
3
4 Juan José Samaniego, op. cit., p. XXX.  
5 Kasper DL, Fauci AS, Longo DL, Braunwald E, Hauser SL, Jameson JL, “La práctica de la  
medicina”. En: Harrison. Principios de Medicina Interna, 16ª edición, Mc Graw Hill Edit., Bar-  
celona, 2005, pp.1-6.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
362  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
Merece especial atención la presencia de la Dra. Matilde Hi-  
dalgo de Prócel en este selecto grupo, quien fue la primera mujer  
graduada en la secundaria en el Ecuador (Colegio Bernardo Valdi-  
vieso, Loja, Ecuador, 1913), la primera mujer en obtener una licen-  
ciatura en medicina en el Ecuador (Universidad del Azuay, Cuenca,  
Ecuador, 1919), la primera mujer graduada de médica en Ecuador  
(Universidad Central del Ecuador, Quito, Ecuador, 1921), así como  
la primera mujer en votar en una elección democrática en América  
36  
del Sur (1924) y en ocupar cargos de elección popular (1941).  
Este proceso histórico de la obstetricia médica durante la se-  
gunda mitad del siglo XX en Quito, que haría coincidir la construc-  
ción de la nueva Maternidad, las nuevas generaciones de obstetras  
formados en aquélla y, por esto, continuadores de la labor del Dr. Isi-  
dro Ayora, y el influjo científico proveniente de fuera, constituye un  
nuevo e importante punto de inflexión en la moderna ciencia obsté-  
trica en Quito.  
El pensamiento filosófico de Isidro Ayora Cueva como re-  
ferente para la formación médica  
Hipócrates defendía en su obra Decoro y Preceptos que “No  
hay gran diferencia entre medicina y filosofía, porque todas las cualidades  
37  
de un buen filósofo debe también poseerlas el médico”. Con este aserto  
Hipócrates marcaba su distancia con la filosofía especulativa y se  
aproximaba a la filosofía empírica, tanto en cuanto en su época se  
aplicó en la medicina el principio de que la experiencia es la base de  
todo conocimiento exacto de la realidad, lo que condujo a otorgar a  
la medicina un rango filosófico importante.  
Filosofía y medicina estuvieron muy cerca una de la otra; sin  
embargo, en 1600 comenzó un proceso de separación que se conso-  
lidó a mediados del siglo XIX, sobre todo como consecuencia de la  
tendencia mecanicista-materialista frente a los fenómenos vitales, que  
36 Efrén Avilés, Matilde Hidalgo de Prócel. Enciclopedia del Ecuador. Ver en: http://enciclo pe-  
diadelecuador.com/temasOpt.php?Ind=1031&Let= (08/01/2013)  
37 Iago Galdston. “Una filosofía para la medicina”. Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana,  
1961, pp. 497-504.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
363  
Enrique Noboa Flores  
ha marcado de forma profunda la biología y la medicina contempo-  
ráneas, al tiempo de caracterizar cualquier actitud filosófica frente a  
las ciencias biológicas como menos científica, no obstante unos pocos  
ejemplos de científicos que no dejaron de filosofar sobre medicina,  
como Sydenham, Claude Bernard, Louis Pasteur, entre otros.  
Los grandes logros de la medicina hasta nuestros días han  
provocado un alejamiento aún más evidente con respecto de la filo-  
sofía, pero la realidad de dichos logros y las controversias desperta-  
das por ellos muestran la necesidad de ciertos principios que guíen  
las actividades médicas y que eviten una falsa perspectiva de la me-  
dicina como ciencia de la vida. Como lo menciona Iago Galdston en  
su artículo Una filosofía para la medicina: “Hoy día, la medicina es  
principalmente la ciencia de la enfermedad, y sólo de un modo secundario  
38  
y en forma indirecta, concierne a la vida”. En sus palabras, los grandes  
logros de la medicina reposarían sobre todo en la conquista de la en-  
fermedad; pregunta y responde Galdston: “¿Cómo sucedió que la me-  
dicina, que inicialmente fuera la ciencia de la vida y del vivir, se haya  
transformado casi por entero en la ciencia de la enfermedad? La respuesta  
39  
es simple: porque ha perdido su orientación filosófica”.  
Con esto, es fácil apreciar cuánto la filosofía ayuda a poner  
atención no solamente a la medicina curativa –que busca el trata-  
miento de la enfermedad-, sino también a la actitud médica de ayu-  
dar y guiar al paciente, contribuyendo para su crecimiento y  
desarrollo, así como aportando para enfrentar sus cambios y muerte.  
Gladston concluye que: “…el médico debiera dedicarse a ayudar al indi-  
viduo, enfermo o no, a anticiparse, a prepararse a fin de llevar a cabo, de la  
manera más satisfactoria y efectiva, las diferentes fases de la existencia que  
4
0
componen la vida”. Criterio que coincide plenamente con lo que  
decía Auguste Comte que la salud humana no se reduce a la vitali-  
dad de un organismo, sino que se deriva de la participación del in-  
dividuo en la vida superior, la de los seres humanos.  
En otras palabras, como lo destaca María Teresa Gargiulo,  
La filosofía y la medicina no deben ser entendidas como dos cuerpos de co-  
38 Ibidem.  
39 Ibidem.  
40 Ibidem.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
364  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
nocimiento autónomo e independiente, sino que en orden a alcanzar una  
ciencia más madura y humana, ambas deben embarcarse en un proyecto  
común”.4  
1
El filósofo francés Auguste Comte (1788-1857), nacido en  
Montpellier, a través de su famoso Curso de filosofía positiva, acuñó  
el término de positivismo para distinguir su filosofía de la teología  
y de la metafísica.  
El significado más común del positivismo se refiere al “cien-  
tificismo” que se caracteriza por tres elementos principales: a) la apli-  
cación de los métodos de la física en todos los campos del  
conocimiento y uso lógico de la noción de hipótesis; b) ventaja del  
uso del análisis, en lugar de la síntesis, a partir de la realización de  
estudios locales, definidos con mucho rigor, validados de manera di-  
recta por la experiencia y sin prejuicio con respecto a otros campos  
de la investigación; y c) la neutralidad frente a los valores morales y  
políticos, evitando sesgos o subjetividades. La ciencia positiva, en  
este sentido, implica una lógica y técnica autónomas e independien-  
42  
tes de las pasiones humanas.  
En este proceso, escribía Comte, su filosofía positivista tendría  
como objetivo procurar que el estudio de la sociedad permita poner  
a la sociología dentro del campo de la física y la biología, y conse-  
cuentemente fuera del ámbito religioso y metafísico, con lo que la so-  
ciología devendría en una disciplina científica colocada en el último  
lugar de esta secuencia de ciencias, según Comte, precedida inme-  
diatamente por la fisiología. He aquí el instante en que la medicina  
constituiría un eslabón adicional entre la fisiología y la sociología,  
como vaso comunicante entre estas dos ciencias que buscan el bie-  
nestar del individuo y la sociedad.  
De acuerdo con el doctor Eduardo Estrella Aguirre (1941-  
1
996), médico, historiador, investigador y pensador ecuatoriano, en  
su artículo titulado “La enseñanza de la medicina en Quito (1693-  
993)”, publicado con ocasión de la conmemoración del tricentenario  
1
41 María Teresa Gargiulo, “Medicina y filosofía: ¿Dos disciplinas o un único arte cognoscitivo?”,  
Revista Philosophia N°72, pp. 29-48, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina,  
2
012, p.29  
4
2 F. Dupin, “Réformer la médicine par la littérature: l´éducation des médicins dans la politique  
positive d´Auguste Comte”, Cahiers de Narratologie, N° 18, 2010; pp. 2-16.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
365  
Enrique Noboa Flores  
de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Central del  
Ecuador, “1873 debe ser considerado como el año de la reforma de la ense-  
ñanza médica en el Ecuador republicano”; la razón era que en ese año el  
presidente Gabriel García Moreno contrató a dos profesores de la Fa-  
cultad de Medicina de Montpellier, Ettiene Gayraud y Dominique  
Domec , para desempeñar los cargos de Decano de la Facultad y pro-  
fesor de Anatomía, respectivamente. Estas contrataciones se realiza-  
ron en el entorno de las reformas generales de la educación que  
fueron emprendidas en ese gobierno y cambiaron el sistema de for-  
mación de los médicos, a través de un proceso de enseñanza-apren-  
dizaje basado en la introducción de la observación, la práctica, una  
moderna fundamentación teórica y el enfoque etiológico en el estu-  
dio de las causas de las enfermedades.  
Se debe mencionar, como lo destaca Eduardo Estrella, que  
con Gayraud y Domec “se difunde e institucionaliza en la Facultad (de  
43  
Medicina) quiteña el positivismo médico francés”, cuya influencia en la  
medicina ecuatoriana se vería reforzada a partir de la Revolución Li-  
beral de 1895 encabezada por el general Eloy Alfaro, quien impulsó  
la especialización de un número importante de médicos becarios en  
4
4
Europa, entre los que se contó el doctor Isidro Ayora Cueva.  
45  
En línea con Eduardo Estrella, Germán Rodas recalca tam-  
bién que “…en la segunda mitad del siglo XIX, el positivismo asumió in-  
4
6
fluencia manifiesta en la medicina nacional”. Entonces, con toda  
seguridad, Gayraud y Domec fueron los intermediarios para que el  
positivismo de Comte llegase a Isidro Ayora Cueva durante sus años  
de estudiante en la Facultad de Medicina de Quito. Se puede descu-  
brir la influencia de Comte en su pensamiento a través de la lectura  
43 Eduardo Estrella, “La enseñanza de la medicina en Quito (1693-1993)”. En: R. Fierro, G. Or-  
dóñez, Biopatología Andina y Tropical, Tomo I, Academia Ecuatoriana de Medicina, Quito,  
1
995, pp.82-99.  
4
4 Ibidem.  
4
5 Eduardo Estrella, “Estudio introductorio”, Pensamiento Médico Ecuatoriano, primera parte,  
Banco Central del Ecuador, Corporación Editora Nacional, Quito, favor colocar el año de  
publicación del libro.  
4
6 Germán Rodas, “Revolución Liberal y revolución Juliana. Su influencia en el pensamiento  
médico ecuatoriano” Pensamiento Médico. El liberalismo radical y la Revolución Juliana. Trazos  
de la figura de Isidro Ayora, Ediciones Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador,  
Quito, 2017.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
366  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
de su Tesis previa al Grado de Doctor presentada el 17 de enero de  
1
905 ante la Facultad de Medicina de la Universidad Central del  
Ecuador, titulada Leyes biológicas y sus aplicaciones en patología y tera-  
péutica.4  
7
Adentrarse en las leyes biológicas aplicadas a la patología y  
la terapéutica debe haber constituido un emprendimiento de com-  
plicada consecución para Ayora, pues en los inicios del siglo XX no  
se disponía, desde su perspectiva, de los recursos suficientes para la  
investigación. Ayora justificaba esta realidad, ante el decano y los  
profesores de la Facultad de Medicina que le habrían de escuchar en  
su exposición, manifestando que:  
Difícil por extremo he encontrado la elección de un tema a propósito  
para dilucidarlo ante una corporación tan docta, como la que se digna  
escucharme en estos momentos. Y esta dificultad crece de punto si se  
consideran los serios obstáculos que se presentan aún entre nosotros  
para realizar estudios de índole experimental o práctica que pudieran  
revestir importancia local; (…) Motivos son estos suficientes, a no du-  
darlo, para merecer vuestra indulgencia en el juicio que forméis acerca  
de este incipiente ensayo, que solo el cumplimiento de una disposición  
48  
legal me pone en el caso de someter a vuestra ilustrada consideración.  
Muestra de enorme humildad por parte de Ayora, al tiempo  
de constituir una prueba de coyuntura histórica que evidencia su in-  
tención de optar por el camino de un ensayo que facilita el encuentro  
entre la medicina y la filosofía. En efecto, Ayora encuentra una vía  
para sortear esta falta de recursos para la investigación médica, re-  
tornando hacia la filosofía y sus posibilidades, cuando anota que:  
Verdad es que la observación y la experimentación forman la base  
sobre la que reposa el monumento de las ciencias, pero no es menos  
cierto que la interpretación de los hechos, y la deducción de los princi-  
pios generales que de ellos se derivan, constituyen la ciencia en su más  
elevado aspecto. Así es como del sinnúmero de hechos estudiados en  
el vastísimo campo que abarcan las diferentes ramas de la biología, se  
4
7 Isidro Ayora Cueva, Leyes biológicas y sus aplicaciones en patología y terapéutica. Tesis previa al  
Grado de Doctor, Archivo de la Secretaría, Facultad de Medicina, Universidad Central del  
Ecuador, Imprenta de la Universidad Central, Quito, 17 de Enero de 1905.  
8 Ibidem.  
4
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
367  
Enrique Noboa Flores  
han deducido, por razonables inducciones, doctrinas de trascendental  
importancia, que reforzadas por el método deductivo, constituyen un  
cuerpo armónico de legítimas hipótesis, principios generales, y leyes  
definitivamente establecidas, a las que es preciso recurrir siempre que  
se considera desde un punto de vista general cualquiera clase de fenó-  
menos vitales.49  
Dadas las circunstancias locales, Ayora se veía en la necesi-  
dad de actuar desde el ámbito filosófico para plantear una tesis de  
indudable valor médico para entender el ambiente profesional de su  
época, en la Facultad de Medicina de la Universidad Central del  
Ecuador, en el Quito de los primeros años del siglo XX. La filosofía  
positivista de Auguste Comte era indudablemente uno de los cami-  
nos a seguir en este propósito, pues Ayora se orienta a la tarea del  
descubrimiento, por medio de la razón y la observación combinadas,  
de las leyes que gobiernan la evolución de las reacciones anormales  
de los organismos frente a las causas morbosas, en función de esta-  
blecer la secuencia y la semejanza de estos fenómenos, así como ex-  
plicar los hechos en términos reales, como lo exigiría Comte.  
Como Comte lo destacó, las ciencias aplicadas más comple-  
jas, como la fisiología y la medicina, escaparían a su estudio bajo el  
análisis de las matemáticas, como se lo haría con las ciencias más ge-  
nerales, pues conforme los hechos se hacen más complejos, como los  
fenómenos fisiológicos, los métodos para estudiarlos también devie-  
nen más complejos; es decir, cada disciplina amerita una metodolo-  
gía que surge desde su propia complejidad sobre la base del estudio  
de la historia de la ciencia.  
Lo anotado conduce inevitablemente a una reflexión sobre  
los retos del pensamiento de Comte, a partir de un análisis del estilo  
de su discurso epistemológico, focalizado en una de las partes menos  
conocidas del positivismo comtiano: la filosofía de la medicina. Lo  
dijo Jean- François Braunstein en su obra La philosophie de la médicine  
d´Auguste Comte que “el reto mayor del programa positivista de Comte  
va mucho más allá del intento de constituir una teoría de la enfermedad y  
que concierne directamente al papel de la epistemología –los fundamentos  
50  
y métodos del conocimiento científico- en la historiografía científica”.  
49 Ibidem.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
368  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
Adolfo Peña, médico y filósofo, anota que “La medicina como  
ciencia aplicada, como técnica y oficio sofisticado, ha avanzado considera-  
blemente en los últimos 100 años; sin embargo, parece que lo ha hecho casi  
51  
huérfana de filosofía”. Esta falta de filosofía en la medicina respon-  
dería a la realidad del sistema educativo formador de médicos que  
no incluye a la filosofía en sus planes de estudios –con escasas ex-  
cepciones-, a lo que se añade la creencia equivocada de que la filo-  
sofía en medicina se ocupa únicamente de la bioética. En realidad,  
como lo destaca María Teresa Gargiulo, “El pensamiento médico y el  
ejercicio de la medicina plantean un cúmulo de problemas filosóficos que no  
pueden reducirse a la parcela de lo ético. La medicina está atravesada por  
cuestiones filosóficas que la definen y la constituyen como ciencia. Se trata  
de cuestiones sobre las cuales gira y se desarrolla el entero ejercicio médico  
y la medicina teórica”.52  
Con estos elementos, el médico necesita acercarse más al aná-  
lisis de la medicina a través de la filosofía, para lo que se requiere,  
en primer lugar, de la identificación de una filosofía aliada de la cien-  
cia, que sea materialista y realista y que respete dos principios fun-  
damentales a toda ciencia: el primero, la premisa ontológica de que  
el mundo exterior existe independientemente del observador; y, el  
segundo, la premisa epistemológica de que el mundo exterior puede  
53  
conocerse en alguna medida y que sigue leyes naturales.  
Isidro Ayora Cueva se acercó a la filosofía en su trabajo doc-  
toral, buscando aplicar aquellos métodos mencionados por Comte  
como indispensables para una ciencia compleja como la medicina:  
observación, experimentación y comparación; permitiendo que las  
dos premisas anotadas condujeran su curiosidad científica y filosó-  
fica, para considerar, en un estudio sintético, las leyes que rigen la  
evolución de las reacciones anormales de los organismos frente a las  
causas morbosas. Decía Ayora:  
5
5
0 JF. Braunstein, La philosophie de le médicine d´Auguste Comte: vaches carnivores, vierge mère et  
morts vivants. PUF, Paris, 2009.  
1 Adolfo Peña, “Filosofía, medicina y razonamiento clínico”, Medicina Clínica 2011, N° 136(14),  
pp. 633- 636.  
52 María Teresa Gargiulo, op. cit., p.29  
53 Mario Bunge, Treatise on basic philosophy exploring the world, Reidel, Dordrecht, 1983, pp. 151–  
153.  
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Enrique Noboa Flores  
En su más amplio concepto entiéndase por ley de la enfermedad toda  
relación de causalidad necesaria que regula el origen, evolución, mar-  
cha y diferentes modos de terminación de los fenómenos morbosos; es  
decir, todo el conjunto de la enfermedad: su etiología, los procesos mor-  
bosos, los síntomas y el pronóstico. El conocimiento de las leyes pato-  
lógicas nos da cuenta de la razón de ser del fenómeno morboso, de las  
condiciones en que se verifica, de sus modos de producción y sus efec-  
tos, esto es de todo cuanto requiere la comprensión científica. Ese co-  
nocimiento permite a la patología realizar, en su esfera, el objeto  
general de las ciencias, que puede sintetizarse en dos palabras: prever  
y obrar; la previsión y la acción, he ahí el objetivo del hombre en su  
conquista de la naturaleza.54  
Ayora emprende en la búsqueda de las leyes que le permi-  
tiesen conocer ese mundo exterior independientemente, en procura  
de entender e intervenir sobre la patología y la terapéutica de las en-  
fermedades. Este propósito solamente podría ser conseguido, como  
55  
lo destaca el filósofo argentino Mario Bunge, mediante una filosofía  
realista, que da por supuesta la realidad, y materialista, que distin-  
gue entre los objetos reales y los hechos que en ellos ocurren, por un  
lado, y los objetos conceptuales, entre los que se cuentan los datos,  
las hipótesis, los modelos y las teorías científicas que tratan acerca  
de los hechos, por otro lado. Es decir, Isidro Ayora ameritaba de una  
filosofía que fuese su aliada y que se ocupase también de los proble-  
mas filosóficos que se enfrentan en la investigación científica o en la  
reflexión de ciertos problemas, métodos y teorías de la ciencia, dis-  
tinguiendo la ciencia auténtica de la pseudociencia, proponiendo so-  
56  
luciones consistentes a través de nuevos enfoques.  
En este sentido, Ayora consigue establecer una relación firme  
entre las leyes biológicas y las relaciones de causalidad, aspecto sobre  
el que comenta que:  
Las cualidades peculiares a los seres vivos dan origen a un grupo es-  
pecial de relaciones de causalidad que, si bien cabe en el cuadro general  
de las manifestaciones de las fuerzas naturales, merece dentro de él un  
5
5
5
4 Isidro Ayora Cueva, Leyes biológicas…, op. cit., p.298  
5 Mario Bunge, Chasing reality. Strive over realism, University of Toronto Press, Toronto, 2006.  
6 Mario Bunge, Epistemología: curso de actualización, Ariel, Barcelona, 1985, pp. 21-22.  
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370  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
lugar perfectamente diferenciado, ya que los fenómenos biológicos se  
57  
distinguen, de un modo claro, de los demás que ofrece la naturaleza.  
Para ello, diferencia las leyes que influyen en estas relaciones,  
cuando manifiesta que “En este grupo de leyes encontramos unas  
que regulan la composición general, el dinamismo específico y las  
funciones normales y anormales de los seres vivos en general, y que  
se denominan leyes biológicas universales; y otras, de carácter más  
especial, que rigen el dinamismo de un determinado ser vivo, de un  
tejido, de un órgano, etc.”  
En definitiva, el pensamiento de Ayora se orienta de manera  
vigorosa a demostrar y reafirmar que “la salud, la enfermedad y sus  
diversas terminaciones encuentran, como lo hemos demostrado, su  
razón de ser y su explicación científica en las leyes biológicas gene-  
rales”. El positivismo, indudablemente, ha sentado raíces en la filo-  
sofía médica de Ayora, a través de la identificación de las diversas  
leyes involucradas en este esfuerzo por comprender la naturaleza de  
los procesos de salud y enfermedad, e intentando incluso ensayar  
una clasificación de las enfermedades, o al menos establecer criterios  
particulares para ello. Así, recalca en que si se pretende conocer la  
diversidad de tipos morbosos especiales, es indispensable buscar su  
razón de ser en las leyes biológicas que rigen la evolución de cada  
clase de elementos, órganos y sistemas, que componen el organismo.  
En su opinión, el estudio de las enfermedades comprende muchas  
leyes patológicas que rigen la evolución de todas y cada una de las entida-  
58  
des que figuran en el cuadro nosológico”. Y, para esto, se refiere a leyes  
biológicas inalterables, idénticas siempre a sí mismas, independien-  
temente del estado del organismo afectado, pues “el ser que enferma  
evoluciona en conformidad con ellas, pero en condiciones diversas de las  
normales; de ahí que los fenómenos característicos de la enfermedad difieran  
de los de la salud, diferencia que en sí misma no significa sino el cumpli-  
miento estricto de la legislación biológica que gobierna los elementos celu-  
lares y sus asociaciones”.59  
5
5
5
7 Isidro Ayora Cueva, Leyes biológicas…, op. cit., p.300.  
8 Ibid., p.305.  
9 Ibidem.  
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371  
Enrique Noboa Flores  
En esta parte, es interesante reconocer cómo Ayora, al tiempo  
de identificar el “sitio” de la enfermedad, utiliza este conocimiento  
para proponer que justamente ese “sitio” constituye el centro en  
donde se deben aplicar las medidas terapéuticas. Es decir, se co-  
mienza a vislumbrar una medicina más enfocada y menos dispersa,  
pues, como él mismo lo expresa, “El conocimiento del mecanismo bio-  
lógico de estas condiciones constituye la base de la indicación terapéutica  
60  
racional”. Pero su concepción va mucho más allá de lo cotidiano y  
conocido, volviéndose ya un pionero en la necesidad de disponer de  
estudios que brinden soporte al uso eficaz, seguro y predecible de  
los fármacos. Lo dice muy claramente, al respecto, cuando escribe  
que:  
Empíricamente, es cierto, se ha llegado a formular leyes de valor in-  
contestable: la acción eficaz, segura y constante, puede decirse, de los  
medicamentos específicos, ha venido a ser ley terapéutica. Preciso de  
confesar, no obstante, que estas leyes no son muy numerosas, y que  
por lo general se relacionan con afecciones o estados patológicos poco  
complicados, dependientes siempre de una misma influencia causal  
61  
susceptible de ser combatida y destruida por el medicamento.  
Al parecer, en el campo de la farmacología y la terapéutica,  
Ayora comienza a experimentar la necesidad de disponer no sola-  
mente de leyes, sino de evaluaciones –hoy diríamos, de estudios clí-  
nicos- que fomenten el uso adecuado de los medicamentos.  
Se nota un esfuerzo marcado de Ayora por separarse de una  
medicina tradicional, “de repetición y acostumbramiento”, y comen-  
zar a adentrarse en una medicina más científica.  
Isidro Ayora hace más de cien años pensaba ya en la distan-  
cia que puede separar a los estudios clínicos aleatorizados y contro-  
lados, que se llevan a cabo durante el proceso de investigación para  
probar la eficacia y seguridad de un fármaco, e imprescindibles para  
dar soporte a la aprobación de sus indicaciones, frente a lo que ac-  
tualmente denominamos estudios clínicos de la vida real que per-  
miten conocer las acciones de un medicamento en condiciones del  
6
6
0 Isidro Ayora Cueva, Leyes biológicas…, op. cit., p.305.  
1 Ibidem.  
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372  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
uso diario por parte de los pacientes. Esta consideración se deja en-  
trever en la afirmación de Ayora respecto de que “(las) condiciones de  
cada caso particular, (…) favorables o desfavorables, vienen a ser el punto  
de partida de diversas indicaciones terapéuticas. Estas reconocen pues como  
su verdadero fundamento científico el análisis clínico-biológico, y no la sim-  
62  
ple relación numérica”. Es decir, la “simple relación numérica” se re-  
feriría a los datos estadísticos obtenidos en estudios clínicos  
preautorización”, que son aquellos usualmente llevados a cabos en  
un número limitado de pacientes; en tanto, la búsqueda del “verda-  
dero fundamento científico en el análisis clínico-biológico” sienta las  
bases de la necesidad de disponer de datos en grupos más numero-  
sos de pacientes, generalmente a través de estudios observacionales  
realizados durante el uso de un medicamento en la práctica médica  
diaria, orientados sobre todo a investigar aspectos relacionados con  
la seguridad.  
Al respecto, Ayora refuerza estos conceptos cuando escribe  
que “El dominio de la biología patológica es aún muy restringido en cuanto  
a sus aplicaciones prácticas al arte de curar: pocas son efectivamente las  
ramas de éste en que, como en la cirugía y la tocología, se realiza con más o  
63  
menos exactitud, la concordancia absoluta entre la ciencia y la práctica”.  
¡
Concordancia absoluta entra la ciencia y la práctica! El fundamento  
científico es clave para el tratamiento de una enfermedad, pero será  
insuficiente si no es compaginado con el aprender a tratar a los pa-  
cientes y sus circunstancias particulares. Parafraseando a William  
Osler, es necesario tratar no solamente una enfermedad, sino tratar  
al paciente que es portador de la enfermedad. La grandeza de Isidro  
Ayora radica precisamente en este detalle: mirar más allá de la en-  
fermedad, es decir, mirar al paciente que sufre la enfermedad. Con  
toda seguridad, esto habría de marcar el pensamiento médico y filo-  
sófico de Isidro Ayora en su larga y fructífera labor como médico y  
político, siempre en la línea de lo que escribió Iago Gladston: “Ojalá  
resuenen también con las voces de aquellos que buscan enriquecer el cono-  
64  
cimiento con la comprensión”.  
6
6
6
2 Ibid.,p.306  
3 Ibidem.  
4 Iago Galdston, Una filosofía…, op. cit., p. 504  
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373  
Enrique Noboa Flores  
Los dos últimos párrafos de su trabajo permiten dejar esta-  
blecido su pensamiento médico y filosófico, pues, en efecto, en el po-  
sitivismo, la tarea del científico es establecer leyes definitivas que  
describan las relaciones invariables de los hechos, a partir de su ve-  
rificación por medio de la observación. Escribe Isidro Ayora:  
De todos modos, el método experimental y la observación tienen de  
prestar en todo tiempo a la medicina inapreciables servicios. El arte no  
es una simple deducción científica: sus reglas y preceptos resultan de  
un género particular de experimentos, inducciones y descubrimientos  
prácticos. La ciencia interviene para iluminar el camino de la investi-  
gación práctica, y para explicarnos después los preceptos empíricos  
que el arte inventa, formula y aplica, sin preocuparse de su cabal com-  
prensión.65  
Y añade que:  
El empirismo nosológico se impone; pero, asimismo, la biología es in-  
dispensable al arte médico que no puede menos de aspirar a comprender  
sus procedimientos, lo cual no le será dable realizar sino mediante el des-  
cubrimiento progresivo de las relaciones de causalidad necesarias que  
se derivan de la naturaleza de las cosas, y regulan la evolución de las  
manifestaciones fisiológicas, morbosas y curativas de los organismos.66  
La formación de especialidad en postgrado  
El método fundamental de enseñanza en el siglo XVIII fue a  
través del trabajo en contacto cercano con los facultativos estableci-  
dos, en el que el estudiante aspirante debía asumir el papel de apren-  
diz de su empleador, aunque ocasionalmente debía también viajar  
al extranjero o asistir a un hospital como alumno por seis meses o  
un año ante de iniciar su práctica.67  
En este mismo siglo XVIII la enseñanza médica se realizaba  
ya en los hospitales y se daba inicio a la presentación formal de con-  
ferencias. La cirugía fue el principal tema de enseñanza en los hos-  
6
6
6
5 Isidro Ayora Cueva, Leyes biológicas…, op. cit., p. 306.  
6 Ibidem.  
7 MD. Warren, “Medical education during the eighteenth century”, Postgraduate Medical Journal,  
June 1951, pp. 304-311.  
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374  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
68  
pitales, al tiempo que las conferencias que empezaban a ser presen-  
tadas versaban sobre anatomía, cuyos conocimientos se orientaban  
particularmente a ser aplicados en la cirugía. Las universidades con-  
ferían un doctorado en medicina, para lo cual era indispensable la  
presentación y aprobación de una tesis.  
En el siglo XIX la educación médica devino más estable y  
uniforme, pues el aprendizaje durante el trabajo en contacto cercano  
con un facultativo establecido fue la antesala de la enseñanza acadé-  
mica a través de entrenamientos de postgrado especialmente dise-  
ñados. En efecto, en 1888 se reconoció la necesidad de proveer  
educación médica de postgrado (University Medical School, Michi-  
gan), cuando los cambios en los conceptos médicos y sus prácticas,  
debido sobre todo a los trabajos de Pastuer y Lister, la hicieron nece-  
saria para ofrecer oportunidades a los graduados de aquellos años  
para aprender de estos avances desde fuentes autorizadas y ser tes-  
69  
tigos de nuevos procedimientos.  
México también es uno de los países pioneros en la ense-  
ñanza de especialidades médicas. En 1888 se procedió a la creación  
de cursos de perfeccionamiento en oftalmología, ginecología, bacte-  
riología, enfermedades mentales y anatomía topográfica. Para 1894  
se incorporaron dos cursos más: anatomía e histología patológicas y  
70  
clínica infantil.  
En Inglaterra a fines del siglo XIX se observó también una  
clara demanda de formación de postgrado. En el mismo año de 1888  
Charles Keetley, un cirujano del Hospital Oeste de Londres y uno de  
los primeros seguidores de Lister, dio inicio a la Escuela Médica de  
Postgrado. En 1898 iniciaron sus actividades tres instituciones adi-  
cionales: la Asociación de Postgrado de Londres, el Colegio Médico  
y Policlínico de Graduados y el Colegio de Postgrado del Noreste de  
Londres.7  
1
6
6
7
8 S. Wilks, GT. Bettany, Biographical History of Guy’s Hospital, Ward lock Bowden and Co., Lon-  
don, 1892.  
9 JD. Bruce, “Postgraduate Medical Education”, Journal of the Association of American Medical  
Colleges, N°16(3), 1941, pp. 145-152.  
0 ME. Rodríguez, “1888. Se crea la enseñanza de las especialidades médicas en la Escuela Na-  
cional de Medicina”, Medicina mexicana, dos siglos de historia: 1810-2010., Academia Nacional  
de Medicina, México DF, 2012, p. 198.  
71 CE. Newman, “Abrief history of the Postgraduate Medical School”, Postgraduate Medical Jour-  
nal, N°42,1966, pp. 738-740.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
375  
Enrique Noboa Flores  
Estas instituciones fueron exitosas por un tiempo, pero pos-  
teriormente fallaron en su gestión posiblemente porque en ellas se  
enseñaba la “medicina del pasado” y no la “medicina de la siguiente  
generación” que habría de estar en boga 30 años más tarde. No lle-  
naron la necesidad de lo que Ernest Starling llamó “medicina acadé-  
mica”, quien, en sus palabras, dijo:  
Aquello que yo entiendo por espíritu universitario no consiste simple-  
mente en diagnosticar un paciente y decidir qué hacer por él en función  
de ganar nuestro salario, sino por el contrario qué podemos aprender  
de este caso en función de hacerlo mejor la próxima vez, cómo pode-  
mos obtener algún conocimiento de este paciente en función de tener  
72  
más poder cuando tengamos otro en la misma condición.  
Starling fundamentaba de esta manera el concepto de la re-  
visión de casos como base de la educación médica en servicio, lo que  
permitiría establecer la razón de ser de la formación de postgrado  
en hospital a través del mejoramiento continuo del diagnóstico y el  
tratamiento de los pacientes.  
Este mismo criterio de Starling fue puesto en práctica por  
William Osler a través de las “unidades hospitalarias”, “… con  
camas, laboratorios y asistentes para estar en condiciones de tratar,  
enseñar e investigar”. Más tarde Osler fue nombrado presidente de  
la Asociación Médica de Postgrado, fundada en 1911 para desarrollar  
el entrenamiento médico de postgrado en el Reino Unido, pero fue  
necesario esperar el final de la Primera Guerra Mundial para esta-  
blecer el primer Fellowship de Medicina de Postgrado con el objetivo  
de promocionar los estudios de postgrado, bajo la dirección del  
mismo Osler.7  
3
En 1921, un paso indudablemente clave en este desarrollo  
fue la disposición del Comité Athlone sobre educación médica de  
74  
postgrado, dirigida al establecimiento de una escuela médica uni-  
versitaria dentro de un hospital de Londres y asociada a la Univer-  
72 Ibídem, p. 37.  
7
3 BI. Hoffbrand, “The Fellowship of Postgraduate Medicine and the Postgraduate Medical  
Journal”, Postgraduate Medical Journal, N° 61, 1985, pp.1-2.  
74 Report of the Postgraduate Medical Committee (Athlone Report), London, HMSO, 1921.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
376  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
sidad de Londres, que estaría dedicada exclusivamente a la educa-  
ción médica de postgrado, unificando criterios para la conducción  
de la formación de postgrado, transformando los hospitales asisten-  
ciales en hospitales docentes, con programas académicos adecuados  
para los médicos en entrenamiento y educación continua para los  
75  
médicos generalistas.  
En nuestro país, en los primeros años del siglo XX, entre otras  
áreas médicas, la obstetricia aún no había alcanzado la posición do-  
minante que ocuparía décadas más tarde; en realidad, tanto los mé-  
dicos obstetras como las comadronas enfrentaban aún una crisis de  
profesionalización. Así, mientras algunos médicos, como Ayora y sus  
discípulos, abogaban por un nuevo modelo de obstetricia científica,  
otros reclamaban para sí una experticia en obstetricia basada en cri-  
terios tradicionales de experiencia con pacientes. A igual que las par-  
teras, cuyas destrezas se desarrollaron a través de la atención de  
muchos partos, los médicos especialistas basados en la experiencia  
adolecían de una falta de soporte profesional institucional y acadé-  
mico para adentrarse en las tendencias de inicios del siglo XX en la  
formación de auténticos profesionales de la obstetricia.  
Etapas históricas en la formación de especialidad en la Maternidad  
de Quito  
Como muy bien lo ha destacado G. Piersol:  
desde el punto de vista educativo, las diferentes fases en el entrena-  
miento de un médico deberían ser consideradas como una entidad coor-  
dinada; cada etapa en la secuencia de la educación médica –estudios  
premédicos, la escuela médica, los años en el hospital como interno y  
más tarde como residente o becario, e incluso el periodo de práctica ge-  
neral o entrenamiento de postgrado, conduciendo en algunos casos a la  
especialidad- debería tener como su objetivo fundamental y dominante  
el entrenamiento apropiado y continuado de médicos calificados para  
76  
hacer frente exitosamente con las necesidades médicas del país.  
7
5 J. Lister, “The history of postgraduate medicine education”, Postgraduate Medicine Journal,  
N°70, 1994; pp.728-731.  
76 GM. Piersol, “The importance of postgraduate medical education”, Weekly Roster and Medical  
Digest, N° 34, 1939, pp.781-783.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
377  
Enrique Noboa Flores  
Esto permite perfilar varias etapas históricas que se han su-  
cedido a lo largo de los años en el proceso de formar recursos huma-  
nos enfocados en obstetricia y ginecología y que conforman catego-  
rías que son indispensables de conocer para entender lo que ha sido  
y ha significado dicho proceso: 1) parteras basadas en la experiencia,  
2
) parteras con formación hospitalaria –obstetrices con titulación uni-  
versitaria–, 3) médicos generales con enfoque en obstetricia, 4) médi-  
cos especialistas basados en la experiencia, 5) médicos especialistas  
con formación hospitalaria y 6) médicos especialistas formados bajo  
régimen de postgrado.  
El quinto grupo -de médicos especialistas con formación hos-  
pitalaria- acoge a aquéllos que Ayora comenzó a formar en la Ma-  
ternidad de Quito, en un entorno académico como el descrito por  
Starling y Osler; pues, como él mismo lo ha mencionado, en la Ma-  
ternidad de Quito se realizaban actividades docentes en las primeras  
horas de las mañanas y se estableció la práctica de llevar historias  
clínicas de cada paciente; sin embargo, persistía aún el hecho de que  
el conocimiento científico obstétrico se lo obtenía fundamentalmente  
por “herencia” de los predecesores, lo que mostraba la necesidad de  
poner también en práctica el postulado de Osler de “estar en condi-  
ciones de tratar, enseñar e investigar”.  
En otras palabras, se había arribado al momento histórico de  
empezar a aprender desde fuentes autorizadas y ser testigos de nue-  
vos procedimientos con la creación de cursos de postgrado, en los  
que se estaría aplicando los postulados de la “medicina académica”  
de Starling, en función de aprender de un caso y hacerlo mejor en el  
siguiente. Se estaba dando inicio así, de manera muy formal, a la re-  
visión de casos como fundamento de la educación médica en servi-  
cio, conducente hacia el mejoramiento continuo del diagnóstico y el  
tratamiento de pacientes.  
Este sería, por el momento, quizás el último punto de infle-  
xión en este proceso histórico, en el que debía confluir finalmente el  
hospital asistencial con la institución universitaria para dar lugar a  
la educación médica de postgrado que buscaría brindar una forma-  
ción de especialidad científica, al tiempo de producir conocimiento  
propio a través del fomento de la investigación local.  
BOLETÍN ANH Nº 200 • 350–384  
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El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
El curso de postgrado en ginecología y obstetricia de la Universi-  
dad Central del Ecuador  
El Curso de Especialistas en Ginecología y Obstetricia de la  
Universidad Central del Ecuador fue aprobado por el Honorable  
Consejo Universitario el 24 de Octubre de 1972, planificado inicial-  
mente con una duración de dos años a partir del primero de Febrero  
de 1972 hasta el 31 de Enero de 1974.  
El primer Director del Curso de Especialistas en Ginecología  
y Obstetricia fue el Dr. Gustavo Ramos Toledo, distinguido médico  
obstetra de la Maternidad Isidro Ayora de Quito, siendo Decano de  
la Facultad de Ciencias Médicas el Dr. Enrique Garcés, eminente mé-  
dico investigador y escritor, según se desprende del Acta de Grado  
de los médicos estudiantes postgradistas de la Primera Promoción  
del Curso de Postgrado en Ginecología y Obstetricia de la Universi-  
dad Central del Ecuador, que versa de la siguiente manera:  
De conformidad con los reglamentos respectivos aprobados por el Ho-  
norable Consejo Universitario en sesión de 24 de Octubre de 1972, para  
el funcionamiento de Especialistas del Curso en Ginecología y Obste-  
tricia, que tuvo una duración de dos años a partir del primero de Fe-  
brero de 1972 hasta el 31 de Enero de 1974, y en vista de la aprobación  
de las materias teórico-prácticas, se confiere el Título de Especialista  
en Ginecología y Obstetricia, previa la promesa legal al Señor Doctor  
(…) con la nota promedial (…) equivalente a (…). Firman la presente  
acta el Señor Doctor Enrique Garcés, Decano de la Facultad de Ciencias  
Médicas, el Señor Director del Curso de Postgrado, Doctor Gustavo  
Ramos, y el Doctor Oliver Arellano, Secretario Abogado, que certifica,  
77  
en Quito a ocho de Febrero de mil novecientos setenta y cuatro.  
Los nombres de este distinguido grupo de médicos postgra-  
distas de la Primera Promoción del Curso de Postgrado en Gineco-  
logía y Obstetricia de la Universidad Central del Ecuador deben ser  
resaltados y recordados por su papel de pioneros en la formación de  
especialidad bajo régimen de postgrado: Alfredo Idelfonso Almeida  
Acosta, Edison León Bermeo Estrella, José Oswaldo Cárdenas He-  
77 Libro de Actas de Grado. Instituto Superior de Postgrado, Facultad de Ciencias Médicas, Uni-  
versidad Central del Ecuador.  
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Enrique Noboa Flores  
rrera, Fausto Enrique Castellanos Proaño, Gustavo Marcelo Dávalos  
Ordoñez, Carlos Gilberto Delgado Gómez, Galo René García Ceva-  
llos, René Santiago Guerrón Salazar, Fausto Hernán Heredia Man-  
cero, Daniel Oswaldo Hidalgo Chávez, Iván Leonel Ludeña Abarca,  
Mario Ernesto Menéndez Zaldumbide, Rodrigo Moncayo Cortéz,  
Nelson Aníbal Navarrete Rodríguez, Luis Octavio Perraso Carrasco,  
78  
Edgar Samaniego Rojas y Carlos Tobías Vásquez Pérez.  
El Curso de Postgrado en Ginecología y Obstetricia de la  
Universidad Central del Ecuador cumplió 46 años de existencia el  
pasado 24 de octubre de 2018, durante los que ha formado a 30 pro-  
mociones de especialistas; la Promoción XXX concluyó sus labores  
el 31 de diciembre de 2016.  
Sus actividades académicas y hospitalarias han tenido el pri-  
vilegio de ser conducidas por distinguidos maestros que han ac-  
tuado como directores o coordinadores durante estas cuatro décadas  
y docentes pertenecientes a prestigiosas instituciones hospitalarias  
y sociedades científicas. Su programa ejecutado a lo largo de los tres  
años de formación se ajusta a las tendencias actuales que son aplica-  
das en muchos programas de postgrado en la especialidad alrededor  
del mundo.  
Como parte del proceso de graduación, al finalizar el curso  
de postgrado, ha sido una norma académica y un requisito ineludi-  
ble el proponer un tema de investigación y elaborar una tesis de  
grado, base para la escritura de innumerables artículos científicos  
publicados en revistas nacionales e internacionales, contribuyendo  
así a la investigación científica en nuestro país.  
Es interesante también anotar que el Primer Curso de Pos-  
tgrado en Ginecología y Obstetricia en 1972 marcó el inicio de un  
proceso de 14 años en los que la Universidad Central del Ecuador  
inauguró varios cursos de postgrado similares en otras especialida-  
des, cuya contribución para la salud y la investigación médica del  
país merece un análisis profundo como testimonio para el futuro.  
Otras universidades e instituciones hospitalarias han implementado  
también cursos de postgrado de diferentes especialidades de manera  
78 Libro de Actas de Grado. Instituto Superior de Postgrado, Facultad de Ciencias Médicas, Uni-  
versidad Central del Ecuador.  
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380  
El pensamiento médico y filosófico de Isidro Ayora Cueva  
y su papel en el surgimiento de la escuela obstétrica quiteña  
exitosa, bajo la dirección y la actividad docente de distinguidos mé-  
dicos especialistas.  
A manera de conclusión  
Como queda expuesto, la obstetricia ecuatoriana comenzó  
con la labor de las parteras empíricas, cuyo conocimiento se originó  
en la experiencia y fue transmitido de manera informal a las prime-  
ras parteras profesionales y los primeros médicos que recibieron el  
conocimiento práctico obstétrico de parte de éstas, dando paso a los  
inicios de la obstetricia como especialidad médica, reforzada con la  
llegada de los primeros especialistas titulados fuera del Ecuador.  
En los albores del siglo XX, el Dr. Isidro Ayora Cueva, sobre  
la base de su pensamiento médico y filosófico, fue el ejecutor de cam-  
bios médicos e innovaciones quirúrgicas profundos que transforma-  
ron radicalmente la obstetricia en nuestro país y dio inicio a la  
formación hospitalaria de médicos enfocados en la obstetricia y en  
la atención de la mujer, lo que sumado a la construcción de la nueva  
Maternidad de Quito, las nuevas generaciones de obstetras formados  
en aquélla y continuadores de su labor, y el influjo científico prove-  
niente de fuera, constituyen factores fundamentales que abogaban  
por un nuevo modelo de obstetricia médica.  
El trabajo del Dr. Isidro Ayora Cueva sentó las bases médicas,  
filosóficas, científicas, académicas, bioéticas, administrativas y so-  
ciales para el surgimiento de la Escuela Obstétrica Quiteña, cuyo co-  
rolario es el Curso de Postgrado en Ginecología y Obstetricia de la  
Universidad Central del Ecuador, pionero en lograr la confluencia  
del hospital asistencial con la institución universitaria, en función de  
dar lugar a la educación médica de postgrado, brindar formación de  
especialidad científica, producir conocimiento propio a través del fo-  
mento de la investigación local y dar inicio a la inauguración de otros  
cursos de postgrado en otras instituciones y especialidades, cuya  
contribución para la salud del país merece un análisis profundo  
como testimonio histórico.  
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Enrique Noboa Flores  
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La Academia Nacional de Historia es una  
institución intelectual científica,  
y
destinada a la investigación de Historia  
en las diversas ramas del conocimiento  
humano, por ello está al servicio de los  
mejores  
intereses  
nacionales  
e
internacionales en el área de las  
Ciencias Sociales. Esta institución es  
ajena a banderías políticas, filiaciones  
religiosas,  
intereses  
locales  
o
aspiraciones individuales. La Academia  
Nacional de Historia busca responder a  
ese  
carácter  
científico,  
laico  
y
democrático, por ello, busca una  
creciente profesionalización de la  
entidad, eligiendo como sus miembros a  
historiadores  
entendiéndose por tales  
profesionales,  
quienes  
a
acrediten estudios de historia y ciencias  
humanas y sociales o que, poseyendo  
otra formación profesional, laboren en  
investigación histórica y hayan realizado  
aportes al mejor conocimiento de  
nuestro pasado.  
Forma sugerida de citar este artículo: Noboa Flores, Enrique,  
EL PENSAMIENTO MÉDICO Y FILOSÓFICO DE ISIDRO AYORA  
CUEVA Y SU PAPEL EN EL SURGIMIENTO DE LA ESCUELA  
OBSTÉTRICA QUITEÑA –DISCURSO DE INCORPORACIÓN,  
boletín de la academia nacional de historia, vol. XCVI, Nº. 200, julio  
diciembre 2018, Academia Nacional de Historia, Quito, 2018,  
pp.350-384.