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BOLETÍN de la A.N.H.  
Vol C  
Nº 207  
Enero–junio 2022  
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ISSN Nº 1390-079X  
eISSN Nº 2773-7381  
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BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA  
Vol. C – Nº. 207  
Enero–junio 2022  
DE RÍO DE JANEIRO A ITAMARATY,  
EL HOLOCAUSTO TERRITORIAL ECUATORIANO:  
1
una visión desde la frontera sur oriental  
–DISCURSO DE INCORPORACIÓN–  
Lauro Miguel Samaniego Ávila2  
Introducción  
Desde épocas remotas, la Amazonía Ecuatoriana ha sido el  
escenario de las más enconadas luchas por su ocupación. Esta histo-  
ria, como diría el Dr. Jorge Núñez Sánchez, “se inicia en la profundidad  
3
de los tiempos cuando el hombre se asentó en la llanura amazónica”.  
La historia y la tradición dan cuenta de que grandes empre-  
sas se organizaron para acometer su conquista, pues sus selvas es-  
condían, o al menos eso se suponía, grandes cantidades de tesoros,  
pero lo que los aventureros jamás advirtieron fue que numerosos  
pueblos se habían establecido en la parte alta de la Amazonía antes  
del coloniaje español, pueblos amantes de la libertad y curtidos en  
la fragosidad de un ambiente cargado de adversidades.  
Cuando los españoles llegaron a la conquista del imperio de  
los incas ilusionados por las riquezas, con inaudita osadía hicieron  
prisionero en Cajamarca a Atahualpa, su monarca, y consumaron su  
asesinato, iniciando una época de explotación y exterminio con una  
extensión temporal de cerca de dos siglos. Con razón Terán (2014)  
citado por Óscar Ledesma dice: “El acicate de la aventura germinó en  
Cajamarca en la morada donde el Inca Atahualpa, originario de Quito, guar-  
1
2
Discurso de incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de His-  
toria, Gualaquiza 22 de abril del 2022  
Profesor, editorialista de varios medios de comunicación social, Alcalde de Gualaquiza por  
dos períodos, Miembro Correspondiente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Mo-  
rona Santiago, autor de varios libros, Miembro Correspondiente Academia Nacional de His-  
toria.  
3
Memorias del Segundo Simposio de Historia Amazónica, compilación de Javier Gomezjurado,  
Academia Nacional de Historia- GAD Municipal del Tena, Quito 2014, p.8  
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450  
De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
daba prisión para completar el volumen de metales preciosos que le habrían  
4
ofrecido a sus captores para alcanzar su perdida libertad”.  
Importante resulta señalar que los españoles, asombrados  
veían llegar desde lejanos lugares los cargamentos de oro, plata a  
más del izhpingo –flor fragante de la canela– en hombros de indios,  
situación que entusiasmó al conquistador. Nacieron, entonces, los  
dos grandes mitos que nublaron los ojos del ibérico al inicio de la  
conquista: el de “La Canela” y de “El “Dorado”, por lo que dirigieron  
sus miradas hacia el oriente.  
Luego de la fundación de Quito, los ibéricos pisaban nues-  
tras tierras. Gonzalo Días de Pineda, en 1536 sale desde Quito en  
busca del país de “El Dorado y “La Canela” lo que marca el co-  
mienzo de una serie de expediciones que dieron lugar al descubri-  
miento del río de las Amazonas y a la conformación de ciudades y  
pueblos que florecieron a lo largo de la gran hoya; en estos lugares  
se dieron verdaderas epopeyas e inauditos sacrificios, mismos que  
nunca disminuyeron el ánimo del conquistador.  
Quiruba (Kiruba), Jumandy (Jumandi), Beto, Guami y otros  
caciques nativos comandan la resistencia ante el abuso del intruso  
que vio, muy pronto, sus fundaciones reducidas a cenizas. Rendido  
el invasor ibérico, debió retirarse de la tierra de promisión y durante  
dos siglos la frontera oriental se cierra a los protervos intereses forá-  
neos. Al final de la colonia, y gracias a la acción misional, nueva-  
mente la Amazonía se abre a los empeños de conquista pero, ahora,  
el grito rebelde del mestizo trunca sus pretensiones y el Ecuador  
rompe el yugo que lo sujetó por largo tiempo.  
El oro, la canela, la cascarilla, primero, y luego el caucho  
cuando la industria emergía en el mundo, fueron los recursos na-  
turales que generaron grandes riquezas a las empresas que lo explo-  
taron, sin embargo y a pesar de ello, al inicio de la República, la  
Amazonía fue ignorada por nuestros gobiernos mas no por los au-  
daces vecinos que la miraron con codicia, y una malhadada Cédula  
emitida en 1802 al final de la colonia, abrió una ventana para justifi-  
4
Citado por Óscar Ledesma Zamora en Memorias del Segundo Simposio de Historia Amazó-  
nica compilación de Javier Gomezjurado, Academia Nacional de Historia- GAD Municipal  
del Tena, Quito 2014, p. 151  
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Lauro Samaniego Ávila  
car las posteriores invasiones pese a que aquel documento solo tenía  
motivaciones de carácter evangelizador.  
Rodeado por naciones que no dieron tregua, la mutilación  
de nuestro territorio empezó de inmediato y cuando el Ecuador  
quiso buscar soluciones en base a sus títulos históricos, fue muy  
tarde. Núñez Sánchez (2014) dice:  
A comienzos del siglo XX el Ecuador se encontraba en la compleja si-  
tuación de negociar al mismo tiempo con dos vecinos agresivos y am-  
biciosos, cada uno de los cuales buscaba obtener de él las mayores  
concesiones territoriales, a la vez que regateaban entre ellos por la po-  
5
sesión de los despojos arrancados a nuestro país.  
No es motivo de este discurso revisar la aciaga historia de  
nuestro problema limítrofe, solo nos hemos referido a los anteceden-  
tes que permitan llegar con alguna argumentación a uno de los he-  
chos más ignominiosos que haya experimentado nuestra Patria a raíz  
de la invasión peruana de 1941 y la firma del burlescamente deno-  
minado Tratado de Paz, Amistad y Límites.  
Es de resaltar que, pese a las enormes concesiones, nuestros  
vecinos del sur no saciaron su perenne voracidad que, luego, se vio  
reflejada en las guerras de Paquisha y del Alto Cenepa. Las circuns-  
tancias permitieron que, en estas dos conflagraciones, la región sur  
oriental y sus hijos seamos testigos y protagonistas de primera línea.  
La invasión cobarde del 1941 y el írrito Protocolo de 1942  
Amanecía el día 05 de Julio de 1941 y una aparente paz se res-  
piraba en la provincia de El Oro. De pronto rugieron metralletas y ca-  
ñones con enorme intensidad: fue el inicio de las hostilidades en  
medio de la incertidumbre de nuestros soldados que, en número de  
800, defendían sus puestos de mando mientras que al otro lado 10.000  
militares sureños apoyados por una enorme maquinaria bélica ponían  
en marcha una de las confrontaciones más desiguales y virulentas que  
recuerde nuestra historia. Noguera Rocson (2020) dice al respecto:  
5
Memorias del Segundo Simposio de historia amazónica, compilación de Javier Gomezjurado,  
Academia Nacional de Historia- GAD Municipal del Tena, Quito 2014, p. 17.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
La ingobernabilidad de la crisis de 1930, en Ecuador minó profunda-  
mente su compactación interna y malogró su imagen internacional; la  
población aún seguía resistiendo los efectos de la crisis económica de  
1
929, el ejército careció de presupuesto por la presión política de los  
grupos de poder, que miraban con recelo a la milicia cada vez más in-  
volucrada en la política del país. Todos aquellos fallos generarían el es-  
cenario desfavorable de 1941.  
6
La prensa ya advertía de las malévolas intenciones y los pre-  
parativos del Perú. Pero como dice Carrera (2010) “Los ecuatorianos,  
muy preocupados en poner y tumbar presidentes, no nos hicimos eco del co-  
7
municado y nada se hizo en pro de la seguridad nacional”. En realidad,  
la inestabilidad política fue tan intensa que, en menos de un año, a  
fines de 1939 e inicios de 1940, varios presidentes desfilaron por el Pa-  
lacio de Gobierno.  
En este escenario, nada desconocido para el Perú, se produce  
la cobarde invasión. Por eso Arroyo del Río, (2010) en su obra “Por  
la pendiente del sacrificio” citada por Carrera (2010) dice “La guerra  
nos sorprendió sin un centavo, desnudos, inermes, sin caminos, sin medios,  
sin almacenes, sin materias primas para nuestras fábricas pues, parece men-  
tira, hasta el algodón para fabricar la tela kaki para los uniformes de soldados  
había que comprar en el Perú”.8  
El 9 de julio la Patria, al igual que lo hará en 1981 y en 1995,  
realizó una enorme manifestación en rechazo a la invasión y en  
apoyo al Ejército que se batía heroicamente en la frontera; la juven-  
tud ecuatoriana estaba dispuesta a ir al combate pero requería de  
armas que el gobierno no las tenía o no las quería entregar; es que  
como dice Borja (1981) “su preocupación era la de asegurar su estabilidad  
en el poder, temeroso de entregar armas al pueblo que acaso lo serviría para  
derrocar a su régimen.9  
6
Análisis comparativo de las versiones peruano-ecuatoriano sobre los hechos del conflic-  
to bélico 1941-1942 Noguera Chalá Rocson Daniel Universidad Central del Ecuador, facultad  
de Filosofía, Letras y Ciencias de Educación 2020. Recuperado de: http://www.dspace.  
uce.edu.ec/bitstream/25000/22746/1/T-UCE-0010-FIL-1078). (15-07-2022)  
Manuel Carrera Gallo, El Ecuador que construimos, Desde Huayna Cápac Hasta Rafael Correa, 44  
discursos para reconstruir la Historia de la Patria, 2010, p. 132.  
7
8
9
Ibídem.  
Rafael Borja, El descalabro del 41 y Paquisha del 81 (visión de un periodista), Editorial Universitaria,  
Quito Ecuador, 1981, p. 290.  
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Lauro Samaniego Ávila  
La respuesta desde el Gobierno fue más bien tibia, como que  
la tragedia que se avecinaba no le inmutaba. Es que como dice Borja  
1981): “El presidente Arroyo prefirió confinarse en su “Torre de Marfil”  
(
guardando un hermético silencio, cumpliendo normalmente sus funciones  
oficiales, prestando su usual consejo a la Cancillería y siguiendo con cierta  
10  
parsimonia contemplativa el curso de los tremendos acontecimientos”.  
Del 23 al 26 de julio de 1941, el avance peruano fue arrasador  
por las provincias de El Oro y Loja y por la Amazonía; los pocos sol-  
dados ecuatorianos que guardaban la frontera, resistían heroica-  
mente; sobre esto el autor citado dice: “era tanto su valor y el deseo de  
no ceder el paso al enemigo, que se dieron casos de que algunos peleaban sa-  
cudidos por el paludismo, se hacían poner una inyección de quinina, des-  
11  
cansaban un poco y volvían a la línea de fuego.  
En la frontera se escribían historias heroicas: soldados que  
tenían la orden de disparar solo si el enemigo estaba a la vista para  
no desperdiciar la munición, negros montubios que, machete en  
mano, se batían en medio de la selva, jóvenes amantes de su pueblo  
y de su libertad que sin ninguna preparación se prestaron volunta-  
rios para ir a la frontera, todo esto formaba una barrera no tan fácil  
de franquear. Por eso que el balance final resultó terrible para el Perú  
pues sus bajas, según Borja (1981), “entre muertos, heridos y desapare-  
cidos fueron de 3.294 hombres y veinte mujeres, seis aviones caídos, dos pi-  
lotos muertos, mientras que las bajas del Ecuador, entre muertos y heridos,  
12  
llegaron a 105”.  
Centremos ahora nuestra atención en la Región Amazónica,  
marginal y desconocida, para la mayoría de ecuatorianos y a la que  
los gobiernos prestaron poco o ningún interés pese a ser apetecida  
por la vorágine sureña. La deuda externa que agobiaba al Ecuador  
en 1859 estuvo en el paquete de negociación: el gobierno nacional  
entregaría al gobierno inglés como pago por la deuda de la indepen-  
dencia extensos territorios en la Amazonía lo que motivó airadas  
protestas en el Perú. A partir de entonces, el vecino del sur intensi-  
1
1
1
0 Ibidem .  
1 Ibidem, p. 57.  
2 Ibidem, p. 119.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
ficó procesos de ocupación de nuestro suelo sin que el Ecuador ex-  
hiba reacciones importantes. Macías (2008) dice: “El 3 de marzo de  
1846, el presidente Ramón Castilla emitió una ley que establecía: “Que es  
un deber de toda nación asegurar sus fronteras como un medio necesario de  
13  
evitar toda clase de desavenencias con los estados limítrofes”.  
Acto seguido ordenó la creación de guarniciones militares en  
la frontera con el Ecuador y el Brasil, y continúa: “El mismo presidente  
peruano, con Decreto del 7 de enero de 1861, para asegurar la condición de  
País Amazónico, creó el Departamento Marítimo y Militar de Loreto”. La  
ocupación fue inevitable y todo intento de arreglo, incluyendo un  
arbitraje del Rey de España, fracasó.  
El Gobierno Garciano intentó hacer presencia en ciertos lu-  
gares de nuestra Amazonía con el emplazamiento de puestos misio-  
nales y militares, mismos que, por algún tiempo, ocuparon lugares  
estratégicos de la selva pero que más tarde fueron abandonados por  
así disponer el siguiente gobierno dejando a merced del enemigo  
una vía abierta que facilitaría sus malévolas pretensiones,  
A partir de 1894, en la región sur oriental, en lo que hoy es la  
provincia de Morona Santiago, los salesianos iniciaron una impor-  
tante obra en la región al fundar varios centros misionales que cau-  
saron asombro al pueblo shuar que ya ocupaba estos territorios  
desde hace centurias y que, de alguna forma, garantizaban la sobe-  
ranía del Estado, así lo entendían algunas autoridades de la congre-  
gación.  
El salesiano P. Crespi, al hablar de las residencias misionales  
y de su patriótica labor dice: “Los centenares de colonos presentes con  
sus niños, con sus mujeres, contentos de su estado, manifestaban claramente  
que ya existe en Méndez una voluntad decisiva, un ejército pacífico de hom-  
bres que parece decir con sagrado orgullo “esta tierra es nuestra, de aquí no  
se pasa”.1 Igual se podría decir de Limón Indanza, Gualaquiza,  
Sucúa, Macas, Zamora, lugares en los que, luego, se instalaron uni-  
4
1
3 Édison Macías, El Ejército Ecuatoriano en la campaña internacional de 1941 y en la postguerra;  
tomo 5 Centro de Estudios Históricos del Ejército impresión IGM, Quito, 2008, p.5  
4 Entrevista con el padre Carlos Crespi, diario El Comercio 15 y 16 de abril de 1928, en varios  
autores, Misiones, Pueblos Indígenas y la conformación de la Región Amazónica, actores, tensión y  
debates actuales, Ed. Abya Yala Quito, 2019, p. 160  
1
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455  
Lauro Samaniego Ávila  
dades militares que vigilaban la frontera desde pequeños puestos de  
difícil acceso y que para su abastecimiento recurría al nativo lo que  
ocasionó serios conflictos. Al respecto Ortiz (2019) dice:  
Los Shuar fueron requeridos regularmente por quienes llegaban a la  
selva como cargueros, servicio que se les demandó del mismo modo  
en el desempeño del servicio militar. Ello implica que a los jíbaros no  
se les tomó en cuenta como efectivos militares hacia la década de 1940,  
sino como fuerza de carga, condición que les disgustó.15  
En los archivos de la comunidad salesiana existen varios do-  
cumentos que dan cuenta de los atropellos que se cometieron contra  
los Shuar a quienes se les acusa, incluso de traidores y se habla de  
verdaderas masacres orquestadas por militares prevalidos de su au-  
toridad y del poder de sus armas.  
Esta masacre, según Sarmiento (2019), se dio “Por haber cons-  
tatado que estos jíbaros eran cómplices por indicar a una tropa peruana el  
16  
camino de penetración a territorio ecuatoriano”. Sarmiento (2019) ma-  
nifiesta también que “Los excesos de poder de los mandos militares se hi-  
17  
cieron evidentes y los Shuar fueron sus víctimas inmediatas”.  
Por otro lado, los mineros instalados a los largo de los ríos  
Paute, Zamora y Santiago obligados por la depresión económica del  
austro, empezaron a cometer una serie de abusos en contra de los  
Shuar lo exaltó aún más sus ánimos ocasionando una rebelión para  
expulsarlos de sus territorios. Sarmiento (2019) dice:  
Los abusos a la propiedad privada de los Shuar fue una práctica coti-  
diana que colmó la paciencia de los nativos; sumados a ello los atrope-  
llos a mujeres y esposas, forjó un escenario que el Shuar no estuvo  
dispuesto a tolerar, pues respondió a su manera, como guerrero, ma-  
tando, sembrando el terror y angustia en toda la zona.18  
15 Varios autores, Misiones, Pueblos Indígenas y la conformación de la Región Amazónica, actores, ten-  
sión y debates actuales, Ed. Abya Yala, Quito, 2019, p. 99.  
1
1
1
6 Ibíd., p. 120.  
7 Ibid., p. 119.  
8 Ibid., p. 121.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
La rebelión de los Shuar coincide con la invasión peruana.  
Muchos pensaron que fueron alentados por los mismos sureños, lo  
que es bastante improbable ya que el motivo del nativo fue el mi-  
nero, aunque un antiguo hacendado, León Espinoza, de Gualaquiza,  
en una entrevista con Sarmiento (2020) dice:  
La rebelión del 41 en Gualaquiza fue de los Shuar, pero parece que atrás  
de ellos estuvieron los peruanos porque encontramos las vainillas que  
eran peruanas. En el Tiink, también se encontraron casquillos de balas.  
19  
Los peruanos andaban por aquí (Gualaquiza) como en su propia casa.  
En un texto dedicado a honrar la memoria de un gran orien-  
talista, el P. Salesiano Elías Brito Galarza, se reseña la forma como el  
Perú inició esta ocupación: Brito describe (1998):  
En febrero de 1935 un destacamento militar peruano avanzó desde la  
boca del Curaray hasta nuestro puesto de Tarqui. En octubre del mismo  
año el enemigo llegó hasta más arriba del Puerto Arana, navegando río  
arriba por el Tigre, se situó frente a nuestro destacamento de González  
Suárez. Este mismo año, en septiembre, la tropa peruana subió desde  
Puerto Borja, uno de los últimos puntos, acaso el único que nos queda  
en estas lejanías y avanzó por el Santiago hasta Cabo Reyes en una dis-  
tancia de 70 kms. En junio de 1938 el mal vecino llegó a Vargas Guerra  
cerca de la unión de nuestros ríos Cangaime y Unda-Mangociza, final-  
mente, en 1940, el audaz invasor avanzó a Santiago por trocha y, tras  
rebasar la cordillera del Cóndor, se ubicó cerca de los ríos Nangaritza y  
20  
Zamora para situarse a poca distancia de Gualaquiza y Zamora.  
Tobar, (1945), al dar cuenta de los avances del vecino país su-  
reño dice que:  
El cinco de diciembre (1940) recibiéronse noticias provenientes del Za-  
mora acerca del apresamiento en el río Nangaritza de trece ecuatoria-  
nos que se habían dedicado hacía mucho tiempo a lavar el oro en esa  
región. Días más tarde se nos informó así mismo que los soldados pe-  
19 Galo Sarmiento, Gualaquiza en la memoria. Sucesos, testimonios y leyendas, Ed. Fausto Reinoso,  
Quito, 2020, p. 21  
20 Mariela Brito, La Violeta Azuaya (1998) Historia de un sacerdote “Hombre Corazón de Oro”, Edi-  
torial Justicia y Paz, Guayaquil, p.162  
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Lauro Samaniego Ávila  
ruanos ocupaban la confluencia del Nangariza en el Zamora y que los  
trabajadores de la Zamora Mines Coorporation habían abandonado  
sus labores a consecuencia del temor de nuevas extorsiones del ejército  
21  
peruano.  
Estos hechos evidencian que en la mira del vecino estaba ocu-  
par el lado oeste de la Cordillera del Cóndor ya que sus potenciali-  
dades mineras se las comenzaba a vislumbrar.  
El distinguido patriota quiteño, don Miguel Ángel González  
Páez, adquirió en el año de 1938 la emisora “Ecuador Amazónica” y  
lo puso bajo la dirección del P. Elías Brito quien, desde sus ondas,  
inicia una tenaz defensa de los derechos amazónicos del Ecuador e  
insta a sus autoridades a defenderlos de las amenazas que se veían  
venir, lo que ocasionó la protesta diplomática del vecino del sur. Al  
poco tiempo la voz firme y patriótica del P. Brito se convirtió en si-  
lencio.  
Frente a las evidentes intenciones del vecino sureño, a finales  
de la década de los treinta el Ecuador instala algunos puestos mili-  
tares en la Amazonía lo que, a más de la acción misional de Jesuitas,  
Dominicanos, Salesianos, Capuchinos y Franciscanos, hizo posible  
el surgimiento de algunas poblaciones que se conectaban con la se-  
rranía por incipientes caminos de herradura al tanto que el Perú juz-  
gaba que varios de estos lugares estaban ubicados en su territorio,  
criterio que le permitió justificar su invasión que se inició en los  
puestos de Yaupi, Santiago Tarqui, Rocafuerte, Zancudo, Andoas,  
Corrientes y Huacho, La intervención de países amigos, alcanzó el  
cese de hostilidades, lo que fuera acatado por el Ecuador el 25 de  
julio mientras que el Perú lo hizo seis días después.  
Para el año de 1941, el Ecuador contaba con unos 39 pequeños  
puestos en diferentes sitios de la Amazonía con un total de 540 efec-  
tivos, mientras el Perú había conformado la Quinta División de su  
Ejército con sede en Iquitos y disponía de 32 destacamentos, cinco  
unidades de vigilancia, 189 oficiales y 3.772 efectivos de tropa muy  
bien equipados.  
21 Julio Tobar, La invasión Peruana y el Protocolo de Río, antecedentes y explicación histórica, Editorial  
Ecuatoriana Quito, 1945, p. 132  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
En nuestros precarios puestos fronterizos de difícil acceso,  
los soldados que los custodiaban vivían en condiciones infrahuma-  
nas. Macías, (2008), dice al respecto que:  
(
…) no disponían de vestuario y de calzado, los alimentos les eran es-  
casos, las enfermedades se enseñoreaban sin ser contrarrestadas opor-  
tunamente, las chozas y bohíos que servían de alojamiento no les  
garantizaban la protección contra la rigurosidad del ambiente, las co-  
municaciones no funcionaban, las vías de acceso eran apenas trochas  
o simplemente no existían; lo único que prevalecía en aquellos centi-  
nelas fronterizos, era el indómito espíritu militar y la firme convicción  
22  
del cumplimiento del deber.  
El distinguido orientalista Rafael Pesántez, bregó por una  
presencia más efectiva del Estado en las fronteras orientales con la  
construcción de las vías Sígsig–Gualaquiza–Cenepa, y la Paute-  
Méndez–Morona que permitirían comunicarnos con el Marañón y  
el Amazonas y patentiza lo que sería uno de los puestos más emble-  
máticos en la malhadada acción del 41cuando dice citado por Macías  
(2008):  
Yaupi era un puesto militar avanzado, lejano e inaccesible, a donde se  
llega al cabo de muchos días de viaje. La primera etapa entre Cuenca  
y General Plaza se cubría parte en vehículo y parte a lomo de mula.  
Desde allí, tras dos duras jornadas a pie a través de fangosos vericuetos  
selváticos, se llegaba a la Unión, en la confluencia del Namangoza con  
el Zamora, donde se origina el Santiago…De aquí que un viaje a Yaupi,  
por aquellos tiempos, constituía un desafío al destino…En realidad,  
Yaupi era, por entonces, una escuela de heroísmo en donde, según pa-  
labras de Ernesto Guevara, oficiales y soldados se “graduaban de hom-  
bres.23  
En esas pequeñas covachas se dieron las más hermosas  
muestras de amor al terruño como las del teniente Hugo Ortiz en el  
destacamento de Santiago. Este valeroso militar, pese a que constató  
la masacre cometida el día anterior en Yaupi por más de un centenar  
2
2
2 Édison Macías, El Ejército… op. cit., p. 18.  
3 Ibíd., p. 133.  
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de invasores, prefirió esperarlos con una decena de hombres dis-  
puestos a no rendirse, al final fue inmolado luego de batirse con va-  
lentía y pundonor. Resulta necesario resaltar también el coraje del  
soldado Monge que, herido y moribundo, con sus intestinos expues-  
tos quiso desarmar a uno de sus agresores, en ese mismo lugar fue  
sacrificado, recordar también que en la soledad de la selva cayeron  
abatidos por el poderoso enemigo los oficiales Galo Molina, Carlos  
Días, César Chiriboga y el Cabo Luis Minacho entre otros. El valor  
de estos héroes fue honrado por el enemigo al momento de recibir  
sepultura.  
Así, con un país amenazado en su integridad si no eran acep-  
tados los afanes expansionistas del sur, se optó como último recurso  
la vía diplomática, misión en extremo delicada ya que los países  
americanos tenían problemas más grandes que resolver amparadas  
en aquella solidaridad americana frente a los ataques de que en ese  
tiempo fuera objeto los Estados Unidos, en Pearl Harbor, por parte  
de Japón. Sin embargo, las negociaciones no fueron tan fáciles, se de-  
sarrollaron en varios días de cabildeos en los que no faltaron ame-  
nazas lapidarias como estas: “Para evitar la desintegración de la patria  
24  
se proceda al arreglo definitivo”, o sugerencias peyorativas como aque-  
lla de que si no se firmaba el tratado Perú ocuparía Guayaquil y el  
Ecuador corría el riesgo de desintegrarse como nación.  
En realidad, como dice Palacios (1945), “Nuestra derrota -con  
paradoja y todo- se inició hace más de un siglo con la victoria de Tarqui,  
victoria estéril que no prosiguió su marcha triunfal hacia Lima hasta impo-  
ner al enemigo la devolución de las provincias retenidas y la fijación defini-  
tiva de las fronteras”.25  
La benevolencia para con el vencido, tantas veces predicada  
por Bolívar, en esta vez no fue correspondida por el Perú.  
2
4 Manuel Palacios, Artículo Publicado en el diario El Mercurio de Cuenca el 3 de Noviembre  
de 1945, comentario al libro La invasión Peruana y el Protocolo de Río y publicado por Ed. Fray  
Jodoco Ricke, Quito, p. 21.  
2
5 Manuel Palacios, Artículo Publicado en el diario El Mercurio de Cuenca el 3 de Noviembre  
de 1945, comentario al libro La invasión Peruana y el Protocolo de Río y publicado por Ed. Fray  
Jodoco Ricke, Quito, p. 5.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
Paquisha y Tiwintza, emblemas ante una afrenta  
Habíamos señalado que el burlesco y mal llamado Tratado  
de Paz, Amistad y Límites firmado en Río de Janeiro ocasionó múl-  
tiples manifestaciones de rechazo por ilegal, injusto e inejecutable:  
la paz no llegaba, la amistad fue ilusoria y los límites no se demar-  
caron en su totalidad porque la realidad geográfica era diferente a  
la definida en el Protocolo. En realidad, como lo dice Palacios Bravo  
(
1945), con lo de Río de Janeiro “Se quiso hacer aparecer ante el mundo  
como un simple arreglo de fronteras lo que en realidad fue expoliación vio-  
lenta de grandes territorios de un país indefenso”.  
26  
Es preciso reconocer que la ocupación de los territorios que  
históricamente se los consideraba nuestros, el vecino los venía ha-  
ciendo desde hace años, por eso Tobar Donoso (1945) dice “Con el  
doble estímulo, de su audacia y de nuestra inercia, el Perú ha organizado  
27  
una obra posesoria cuya importancia no es dable desconocer.  
La dolorosa realidad es que cuando se llega a firmar el Pro-  
tocolo de Río, gran parte de los territorios orientales estaban ya en  
posesión del Perú sin que el Ecuador haya hecho nada por defen-  
derlos.  
Que la firma del Protocolo fue perjudicial o conveniente para  
el Ecuador en ese momento especial de su historia, es aún motivo de  
discusión, sin embargo no puede ser más esclarecedor el pensa-  
miento del insigne internacionalista Barros Jarpa citado por Tobar  
Donoso (1945): “Tomando en cuenta lo que se perdió suscribiéndolo y lo  
28  
que se habría perdido sin suscribirlo”, siempre será materia de refle-  
xión y debate.  
Es importante rescatar que para los pueblos originarios y  
mestizos de la Amazonía, hay un antes y un después del Protocolo  
de Río de Janeiro: atrás queda un estado de postración y abandono;  
después los gobernantes y la sociedad empiezan a mirar a la región  
como una parte fundamental de la patria, atrás queda el imaginario  
2
2
6 Manuel Palacios, La invasión Peruana... op. cit., p. 28  
7 Julio Tobar Donoso, La invasión peruana y el Protocolo de Río, antecedentes y explicación histórica,  
Ed. Ecuatoriana, Quito, 1945, p. 461  
28 Julio Tobar Donoso, La invasión…op. cit., p. 465  
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de que esta región era sinónimo de barbarie, fieras y gente salvaje  
que no conocía la civilización, ahora se la mira de manera diferente  
con la expedición de leyes especiales, nueva reorganización admi-  
nistrativa, creación de provincias, cantones y parroquias, impulso a  
la colonización, apoyo a la acción misional, los pueblos nativos son  
sujetos de derechos, se suscriben convenios para impulsar la educa-  
ción y promover la salud, el Estado administra la región mediante  
delegaciones a los misioneros, quienes a su vez impulsan con mayor  
ahínco la presencia de nuevas obras en zonas de frontera como, en  
el caso de Morona Santiago, en Yaupi, Santiago, Taisha, Miasal y algo  
más tarde en Watsaquenza y Tutinentza; adicionalmente se observa  
un cambio de mentalidad en los pueblos nativos que adquieren la  
conciencia de nacionalidad y pertinencia.  
Un ejemplo claro de esto se dio en 1944 cuando los salesianos  
celebraron los cincuenta años de vida misionera con participación  
de alumnos y padres de familia Shuar que llamaron la atención de  
las autoridades ecuatorianas. Al respecto Ortiz (2019) dice “Quienes  
circulaban por las calles de Quito, la tarde del 24 de septiembre de 1944  
presenciaron con asombro el arribo a la ciudad de más de un centenar de  
29  
“Jibaritos”.  
En el estadio del colegio Nacional Mejía los jibaritos elegan-  
temente vestidos según Ortiz (2019) “juraron lealtad a la bandera ecua-  
toriana ante el superior de la misión salesiana de Gualaquiza, P. Carlos  
Simonetti, ellos prometieron con toda la fuerza de su acento robusto defen-  
30  
der y aun morir en resguardo de la patria ecuatoriana”.  
Termina la nota informativa diciendo “El presidente Velasco  
Ibarra solicitó la cooperación nacional en bien de la región y felicitó a los  
salesianos y a la Iglesia Católica por su don de adaptación a las circunstan-  
31  
cias de la vida, su obra era magnífica y favorecía a la especie humana”.  
Este amor a la patria fue inculcado en los internados y en las  
escuelas que los salesianos mantenían en el sur oriente ecuatoriano,  
región víctima de la agresión peruana de 1941, para salvar al menos  
la parte que aún nos pertenecía.  
2
3
3
9 Varios autores, Misiones y pueblos…op. cit., p.90  
0 Ibid., p. 94  
1 Ibid., p. 95  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
El Ejército ecuatoriano desmotivado por la derrota del 41,  
busca recomponer su imagen. Steinsleger (2002) dice “En 1944, las  
Fuerzas Armadas se reestructuraron bajo la divisa de: “El Ecuador fue, es  
y será país amazónico”32 lema que estuvo vigente durante mucho  
tiempo y se lo difundía por todos los medios disponibles, incluso el  
artista Oswaldo Guayasamín fue solicitado para impregnar un gran  
mural en el mismo Palacio de Gobierno con el lema del descubri-  
miento del río Amazonas que “contribuyó a legitimar el discurso oficial  
que buscaba promover sentimientos y valores patrióticos con el propósito  
de construir un nuevo imaginario nacional en torno a la idea del Ecuador  
como país amazónico”.33  
El río Cenepa  
Al realizar las demarcaciones que reza en el Protocolo, no fue  
posible hacerlo en una extensión de 78 Km ya que la realidad geo-  
gráfica fue diferente por la inexistencia de divortium aquarum entre  
los ríos Zamora y Santiago, pero sí entre los ríos Zamora y Cenepa,  
río desconocido hasta 1947. Esto motivó a que el presidente Galo  
Plaza Lasso en 1949 declare la inejecutabilidad del Protocolo de Río  
de Janeiro por lo que se suspendió la colocación de los hitos que-  
dando una amplia zona sin demarcar y que en lo posterior será mo-  
tivo de nuevas amenazas incluso de nuevas escaramuzas.  
Como era de esperarse, el Perú, apenas conocida la existencia  
del río Cenepa, empezó a ocupar sus orillas sin que medie interven-  
ción alguna de los países garantes y por sí y ante sí proclamar que  
en ese lugar “La frontera Ecuador-Perú está demarcada por la cordillera  
del Cóndor”.3  
4
3
3
2 J. Steinsleger, Ecuador y el Plan Colombia, La Jornada, 2002. Recuperado de: https://  
bit.ly/33gHZ5H (16-07-2022).  
3 Ana Rosa Valdez y Guillermo Morán,, El discurso del “país amazónico” en el mural El Des-  
cubrimiento del Río Amazonas de Oswaldo Guayasamín. Recuperado de: http://scielo.se  
nescyt.gob.ec/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2477-91992019000200072 (16-07-2022).  
4 Sanpedro Francisco (1987) El Cóndor Problema Regional de la realidad territorio que la his-  
toria no investigó. Ponencia en el V Congreso Nacional de Cultura Ecuatoriana núcleo del  
Azuay, Cuenca Ecuador, p. 119.  
3
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463  
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Mientras el vecino país ocupaba efectivamente los territorios  
de la zona inejecutable, el Ecuador se pasaba en declaraciones líricas  
y patrioteras. En 1960 el presidente Velasco Ibarra declara la nulidad  
del Protocolo para, más tarde, anunciar la famosa tesis de la “trans-  
acción honrosa”; no obstante su fogosa y convincente oratoria hizo  
posible que se levante el patriotismo de los ecuatorianos que miraron  
a la región como víctima y símbolo de la reivindicación nacional. Un  
pequeño fascículo que circulaba con el nombre de “La Posta, la voz  
oriental”, en 1958 da cuenta de este hecho y fue expuesto así:  
Hoy festejamos el día del Oriente. Lo dice la prensa, las radios la co-  
mentan. Mil anuncios lo proclaman, de todas partes surgen esta anun-  
ciación, fiesta del Oriente (…) El Sr. Presidente visitará poblaciones de  
Morona Santiago y una comisión del gobierno analizará las necesida-  
des más urgentes de la Región, que serán satisfechas mediante un plan  
rápido de realizaciones.35  
Ante esta emoción colectiva el Gobierno declaró la celebra-  
ción de la Semana Amazónica, iniciativa acogida con beneplácito por  
la ciudad de Gualaquiza que en magna asamblea estructuró el pro-  
grama de festejos en el que se incluye realizar una posta que trans-  
portará un recipiente con las aguas del río Cenepa hasta Quito en  
donde fueron recibido apoteósicamente por una multitud congre-  
gada en el Estadio Olímpico de esa ciudad.  
El Cenepa fue entonces el símbolo que fortaleció nuestra re-  
sistencia, su nombre fue la clarinada que se escuchó en todos los rin-  
cones de la Patria. Una escuela, una calle, un colegio, una empresa,  
un proyecto, llevaron su nombre y a sus orillas llegaron desde Gua-  
laquiza, soldados, civiles, nativos, misioneros para simbólicamente  
hacerlo nuestro. Grabada se encuentra en la retina y el alma de  
todos, la celebración de una eucaristía y el entonar las notas de nues-  
tro himno patrio a la orilla del río dejando así la huella de pertenen-  
cia en sus orillas, y desde las altas cumbres de la Cordillera del  
Cóndor nuestro glorioso Ejército lo vigilaba y cuando el enemigo  
35 La Posta, la voz Oriental, 12 de febrero de 1958 N° 7, Año 1., p. 1  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
osaba pisar su suelo era repelido de inmediato. Durante muchos  
años la paz de nuestra tranquila población se vio alterada por refrie-  
gas originadas en el encuentro de patrullas adversarias. Cabe resal-  
tar que luego de la agresión de 41, el Ecuador organizó pequeños  
destacamentos a lo largo de la Cordillera del Cóndor que de alguna  
manera eran aceptados por los dos países.  
Los conflictos bélicos del 81 y del 95  
Una pequeña nave ecuatoriana se había posado en el heli-  
puerto del destacamento de Paquisha para los abastecimientos ruti-  
narios. Era la hora del rancho (12:35H.) del 22 de enero de 1981; tan  
pronto como la nave llega, aparece de imprevisto un helicóptero pe-  
ruano y descarga su artillería lo que ocasiona muertos y heridos, sin  
embargo, nuestros soldados repelen al intruso con valentía.  
La noticia se extiende con rapidez por todo el territorio na-  
cional. Las Fuerzas Armadas se ponen en alerta y la población civil  
se suma a defender el honor vilmente ultrajado. Las palabras del pre-  
sidente Roldós motivan al país:  
Nuestros soldados han sabido abrazarse a la tierra en un abrazo de san-  
gre y esperanza por defender nuestra heredad territorial…sabemos de  
la enorme capacidad bélica del Perú, sabemos que es una de las poten-  
cias militares de América…a costa del hambre y miseria de su propio  
pueblo… pero también sabemos que tenemos que defender nuestra in-  
tegridad territorial… que estamos dispuestos a defender lo que es  
36  
nuestro.  
Estas emotivas reflexiones levantaron el espíritu patriótico de  
niños, jóvenes, mujeres, en definitiva, de todo el país y las muestras  
de apoyo no se hicieron esperar. Nuestros pequeños y olvidados pue-  
blos de frontera del sur oriente ecuatoriano estuvieron siempre pres-  
tos a contribuir con el Ejército: se recuerda una gran minga de los  
gualaquicenses, de sus parroquias rurales, de los Shuar, para llegar  
36 Fragmentos del discurso del Presidente Jaime Roldós Aguilera en la plaza de San Francisco  
pronunciado el 2 de febrero de 1981  
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hasta los destacamentos de Tundayme y de allí limpiar senderos,  
abrir caminos y construir puentes para que los soldados puedan mo-  
vilizarse con facilidad hasta la Cordillera del Cóndor; se recuerda los  
variados donativos que generosamente eran entregados en la unidad  
militar, así como las brigadas de apoyo para la vigilancia nocturna de  
la ciudad, de las instalaciones militares y del aeropuerto; están en la  
mente las asambleas populares y la actitud de jóvenes y reservistas  
que voluntariamente acudían a su cuartel para ofrecerse defender la  
Patria.  
La diplomacia jugó en esta ocasión un papel fundamental y  
el ambiente se calmó, aunque la paz siempre estuvo amenazada por  
la actitud tradicionalmente sospechosa del vecino país.  
Y lo de Tiwintza en 1995, fue el último acto de un drama cui-  
dadosamente preparado por nuestros seculares invasores. Pero lo  
que éstos no se imaginaron es que el Ecuador contaba ya con un Ejér-  
cito altamente profesional, preparado estratégicamente para su de-  
fensa y una sociedad civil no dispuesta a tolerar más ultrajes.  
Lo expuesto no pretende repetir la cronología de los aconte-  
cimientos sino dar una mirada desde afuera y desde el escenario  
mismo de los hechos como testigo presencial de estos acontecimien-  
tos pues el que escribe estas líneas ocupaba la dignidad de alcalde  
de uno de los cantones más cercanos a los escenarios de guerra: Gua-  
laquiza.  
Gualaquiza, pueblo heroico  
La mañana del lunes 6 de febrero de 1995, al despertar el  
alba, escuchamos el bombardeo de la aviación peruana a poblaciones  
civiles ubicadas a orillas del río Zamora, muy cercanas al centro can-  
tonal de Gualaquiza. Pensamos lo peor y nos preparamos, entonces  
se repitió la conducta épica de este pueblo amazónico: hombres, mu-  
jeres, jóvenes, niños, ancianos, profesionales, artesanos, amas de  
casa, reservistas, mestizos y nativos todos unidos para defender la  
piel herida de un país digno. En este contexto las palabras de un  
alto oficial aún resuenan diáfanas y lapidarias: “No hay duda de que  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
unas fuerzas armadas que combaten apoyadas irrestrictamente por su pue-  
37  
blo, son invencibles”. Y aquí nos quedamos, por lo que esta tierra se  
ganó el honroso título de “Pueblo Heroico” como lo señaló el Gral.  
Paco Moncayo, jefe de operaciones de la Guerra del Alto Cenepa.  
En aquellos malhadados momentos vimos partir a soldados  
llenos de civismo a ocupar sus puestos de combate en medio de la  
inhóspita selva y a sus comandantes cerca a sus camaradas de armas  
exhortándoles a no rendirse; calles y plazas fueron testigos del paso  
de las máquinas de guerra rumbo a la frontera, nuestro cielo se enar-  
boló de naves que iban y venían asistiendo a los guerreros, valerosas  
mujeres trabajaron día y noche preparando raciones alimenticias  
para los soldados, mismas que eran repartidas en cada amanecer por  
valientes civiles, además la juventud siempre lista para servir a la  
patria integrando patrullas nocturnas, cuidando puentes y gabarras,  
encontramos a médicos cargando a los heridos y, en jornadas de ci-  
vismo, los gritos de todos arengando al soldado a defender la Patria.  
En estas complejas jornadas, fuimos testigos del coraje del  
soldado que, incrustado en la fría montaña y cobijado de enorme ga-  
llardía, con estoicismo sin igual repelía el bombardeo de un frustrado  
enemigo que pensó clavar con facilidad el artero puñal en el alma  
de un país amante de la paz y que nunca inclinó la cerviz.  
Y vinieron los heridos y muertos, entre éstos 3 jóvenes de mi  
pueblo que entregaron su vida en Cueva de los Tayos en medio de  
la espesa soledad de la selva: Milton Patiño, Oswaldo Burgos y  
Ángel Rivera, valientes combatientes que inmortalizaron su nombre  
en la historia de este país orgulloso de sus conquistas. Y la munici-  
palidad, en diferentes momentos no fue indiferente: tres calles de la  
ciudad fueron bautizadas con el nombre de estos valerosos milicia-  
nos, se construyó en su memoria un monumento con el busto de  
cada uno de ellos, se colocó una placa en el acceso norte a la ciudad  
y se edificó el parque “Héroes del Cenepa” en el que, cuan vigías  
permanentes y como símbolos de coraje, permanecen dos naves: un  
avión y un helicóptero, parte de las audaces acciones de guerra del  
Alto Cenepa.  
37 José Hernández, La Guerra del Cenepa: Diario de Un comandante, Corporación Editora Nacional,  
Quito, 1997, p. 91.  
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Conclusión  
Para concluir este discurso de incorporación a la dignísima  
Academia Nacional de Historia como Miembro Correspondiente, lo  
que me honra sobremanera, quiero expresar mi gratitud a esta dis-  
tinguida institución por permitidme ser uno de sus integrantes, el  
más modesto sin duda,  
Manifestaré así mismo y aprovechando de esta altísima tri-  
buna, mi satisfacción por la heroica, histórica y triunfal gesta del 95  
y, a reglón seguido diré algo que resulta prohibido callar: mi dan-  
tesca desilusión, mi enorme frustración mi ira reprimida por la ne-  
fasta consumación de los hechos: la firma del nuevo tratado que  
puso fin a la contienda no constituye sino un conjunto de lacerante  
amargura con las que lamentablemente estamos forzados a convivir,  
se nos obligó entre otras vilezas a aceptar de manera vergonzosa un  
kilómetro cuadrado en medio de la selva peruana y al que jamás ac-  
cederemos, además nos endulzaran el horizonte con la promesa de  
que llegará desde el exterior ingentes cantidades de recursos econó-  
micos que nos impulsará a un desarrollo inusitado: acre engaño, ilu-  
sión rota, burla sin nombre.  
Cuando aún hervía en la montaña la sangre de nuestros hé-  
roes, cuando aún no se habían enjugado las lágrimas de viudas y  
huérfanos, cuando aún no se arreaba la enlutada bandera, la vergon-  
zosa clase política criolla en incestuosa relación con la clase política  
internacional, consumaron una nueva y cobarde concesión a los ave-  
zados invasores como premio a su constancia expansionistas burlán-  
dose así de un pueblo hidalgo, batallador, altivo y pujante.  
De nada sirvieron entonces la victoria en el campo de batalla,  
los soldados mutilados, las vidas truncadas, los ejemplos de patrio-  
tismo de héroes visibles y de héroes sin nombre que nunca constarán  
en los libros de historia, aunque si en el corazón del Ecuador pro-  
fundo.  
Sin embargo, de unos y otros, el corajudo espíritu, vibrará en  
cada calle, en cada plaza y en la montaña y en todo lado se escuchará  
ese sonoro e incontenible grito de nunca más otra ignominia, nunca  
más una victoria traicionada.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
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9
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Amazónica, actores, tensión y debates actuales, Ed. Abya Yala, Quito, 2019.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
Anexo 1  
LA POSTA DEL CENEPA O LA ESPERANZA TRAICIONADA38  
Todos conocemos que el 29 de enero de 1942, con la firma del írrito  
y groseramente llamado “Protocolo de Paz, Amistad y Límites” esceni-  
ficada en Río de Janeiro, el Ecuador perdió más de la tercera parte de su  
territorio; sin embargo, habría de ocurrir un hecho casual que debió cam-  
biar nuestra historia de haberse impuesto la razón y la justicia.  
En el año 1947, el teniente Ingeniero Geográfico Francisco Sam-  
pedro, que estudiaba en Washington, conoció que las Fuerzas Armadas  
de los Estados Unidos habían realizado un levantamiento aerofotogra-  
métrico de América del Sur en el año 1945 advirtiendo que entre los ríos  
Santiago y Zamora había otro que evidenciaba la inexistencia del “di-  
vortium aquarum” entre el Santiago y el Zamora, accidente geográfico  
que, según el Protocolo, sería parte de los límites con el Perú.  
Por su lado, el teniente coronel Edmundo Carvajal, Comandante  
General de la Fuerza Aérea Ecuatoriana (FAE), que se encontraba de vi-  
sita en la capital del imperio, se contactó con Sampedro y analizaron se-  
mejante hallazgo. Carvajal y Sampedro regresan al Ecuador y  
comprueban en sus repetidos vuelos, la existencia de un río de una lon-  
gitud aproximada de 180 km hasta desembocar en el Marañón; al río re-  
cién descubierto que Sampedro lo bautizó con el nombre Cenepa.  
Sampedro presentó el precitado mapa al presidente de la Repú-  
blica, Galo Plaza Lasso (1948 - 1952) quien, luego del asombro, anuncia  
la inejecutabilidad del Protocolo. Con el transcurrir del tiempo Velasco  
Ibarra, al asumir su cuarta Presidencia, proclama su nulidad cuando se-  
ñaló que “los tratados celebrados con el cañón en el pecho son nulos de acuerdo  
con las normas panamericanas”; esta proclama fue ratificada por Carlos  
Julio Arosemena cuando ocupó la Presidencia y expuesta en foros inter-  
nacionales, aunque sin el éxito deseado.  
Los primeros militares en el Cenepa  
El viejo Velasco pretendió, con la tesis de la nulidad, despertar  
en los ecuatorianos el patriotismo y la comprensión de nuestra verda-  
38 Lauro Samaniego A., Por los caminos del tiempo, tomo 2, Ediberia, Quito, 2021, pp.122-127  
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Lauro Samaniego Ávila  
dera historia por lo que decretó que en todo el país se celebre la Semana  
Amazónica. Antes de eso, Miguel León Samaniego, cuando ejercía las  
funciones de Cabo Primero en el Batallón No. 13 Tungurahua acanto-  
nado en General Plaza, recibió la disposición de inspeccionar la zona en  
conflicto, conjuntamente con el Sargento Guillermo Alvear y el Soldado  
Florencio Lituma, llegando al río Cenepa el 28 de mayo de 1952, convir-  
tiéndose en los primeros militares en tomar contacto con tan histórico  
accidente geográfico luego de dominar por primera ocasión la Cordillera  
del Cóndor.  
Luego de cumplir tan dura empresa, Miguel León manifiesta  
que en la zona comprendida entre el río Cenepa y la cordillera del Cón-  
dor, “en cada árbol estaba escrita la palabra “Perú”, como signo de con-  
quista en claro cumplimiento de la política cuzqueña de “hacer del  
Oriente el corazón de la Patria” o, según el extinto dictador peruano,  
Velasco Alvarado, “quien primero ocupa territorios en disputa, se queda  
con ellos porque a los pocos días las mediaciones internacionales con-  
solidan los hechos consumados”.  
En 1955, según refiere Rafael Pesántez, Gualaquiza organiza “la  
primera expedición formal al Cenepa, encabezada por los colonos azuayos Cris-  
tóbal Guzmán Bravo, Gregorio Brito Galarza y Domingo Plasencia”, comisión  
que recogió las pruebas irrefutables de la presencia sureña: “cartuchos  
de fusil, envases de conserva peruana, cajas de cigarrillos, etc.”.  
Con estas pruebas, las municipalidades de Gualaquiza y Sígsig  
enviaron una comisión a Quito para alertar al Gobierno Nacional sobre  
esta realidad. El propósito de los comisionados no pretendía la guerra  
sino la paz y lograr conciencia sobre la necesidad de construir la carre-  
tera Sígsig–Chigüinda–Gualaquiza–Cenepa  
A la conquista del emblemático río  
Años después, 1960, una nutrida comisión de ciudadanos enca-  
bezada por el Presidente del Concejo, Moisés Guzmán, el Jefe de la  
Compañía 31 Gualaquiza, Capitán Jaime Játiva, el Jefe Político Gregorio  
Brito Galarza, Gonzalo Torres Moscoso y el misionero salesiano español  
Valentín Aparicio, viajaron hacia el ahora arrebatado río: en su orilla los  
comisionados, henchidos de patriotismo, cantaron el Himno Nacional,  
participaron de un acto religioso y tomaron posesión de ese accidente  
geográfico, al menos simbólicamente. Desde ahí el pueblo de Guala-  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
quiza fue asimilando la importancia de ese río desde la perspectiva de  
la razón, el honor y la historia.  
En 1960, tan pronto Velasco Ibarra asumiera la Presidencia de  
la República por cuarta ocasión, con sobrados elementos de juicio de-  
claró la nulidad del Protocolo de Río de Janeiro por inejecutable y esta-  
bleció, mediante Decreto, que a nivel nacional se celebre la llamada  
Semana Amazónica, misma que culminaría el 12 de febrero, aniversario  
del “descubrimiento” del río Amazonas.  
Cuando a principio de 1961 llega a manos de las autoridades de  
Gualaquiza el Decreto Presidencial para el referido homenaje a la Ama-  
zonía, gran parte de la población se congregó en el salón municipal para  
elaborar el programa de celebración. Carlos Peñaherrera, entonces Ins-  
pector de Sanidad, propone que una de las actividades consista en re-  
alizar una posta de agua desde el Bomboiza hasta el centro poblado,  
planteamiento que solo tenía un trasfondo deportivo; luego rectifica su  
planteamiento y propone que la posta parta del río Zamora, en el sector  
Las Peñas.  
Terminada la asamblea, un grupo de personas se traslada a la  
casa de Alcides Cobos para “asentar con uno que otro traguito” todo lo  
tratado. En este local el único tema de conversación fue el de la cele-  
bración de la Semana Amazónica, y el mismo Carlos Peñaherrera, ya  
con mayor entusiasmo, propone que la posta no se realice solamente  
desde el río Zamora, sino desde el Cenepa, brillante y novedosa inicia-  
tiva altamente aplaudida por los concurrentes que, además, se convo-  
caron para el siguiente día a fin de reestructurar el programa de festejos.  
Entonces se formaron comisiones, una de ellas debía visitar la  
ciudad de Cuenca para realizar la promoción respectiva a fin de perfec-  
cionar el recibimiento de las aguas del Cenepa transportadas por va-  
lientes hijos de este terruño oriental; así mismo se debía disponer  
quiénes trasladarían el agua en los diversos trechos. Pero antes de todo  
era importante nombrar a personas serias que den fe de que el agua que  
recorrería estos tortuosos caminos, esas picas recién construidas por las  
fuertes manos de soldados y civiles, sea del tantas veces mentado río:  
Leoncio Prado, a la sazón representante del Gobierno Central, y el P.  
Otto Riedmayer, delegado de la misión salesiana, serían los que certifi-  
quen la seriedad del acto.  
Así, una madrugada iluminada por antorchas, Shuar y militares  
trasportarían el recipiente desde el río Cenepa hasta el Bomboiza pa-  
sando por Tundaymi, Las Peñas; de ahí hacia centro cantonal fueron res-  
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ponsables de continuar esta hazaña los habitantes de Mercedes Molina,  
y desde este centro hasta El Portón las mujeres gualaquicenses también  
hicieron gala de su civismo. Además, todas las parroquias ubicadas en  
el trayecto que recorrería el bien cuidado recipiente tenían su misión  
que cumplir: los moradores de los pueblos por donde transitaba el sa-  
grado cántaro, al saber de su paso, cantaban con entusiasmo el Himno  
Nacional y en medio de lágrimas alentaban a los portadores a cumplir  
el objetivo  
El profesor Luis Delgado y el P. Valentín Aparicio, tenían el com-  
promiso de promocionar en Cuenca el acontecimiento. En esta ciudad,  
por una feliz y bien aprovechada coincidencia, se encuentran con los  
hermanos Cardoso, propietarios de la emisora Ondas Azuayas, y con-  
cuerdan que todos los días se resalte la importancia de este acto cívico  
a través de este medio de comunicación. Entonces se empieza a lanzar  
la idea de la construcción de la carretera Sígsig–Chigüinda–Gualaquiza–  
Cenepa.  
En Sígsig, la caravana se encontró con Guillermo Cañizares, Pre-  
siente de Liga Deportiva Cantonal, quien organizó a su comunidad para  
llevar el agua desde El Molón hasta el centro cantonal; desde este lugar  
se caminaba lentamente con la colaboración de miembros de la III Zona  
Militar. Al filo del carretero, donde existía una escuela la caravana de-  
tenía su marcha y los niños avivaban a la Patria con banderas y el Himno  
Patrio entonado con civismo y lágrimas de coraje. A partir del sector El  
Descanso hasta Cuenca, se encargaron del agua los alumnos del legen-  
dario colegio Benigno Malo, y con ellos ingresaron nuestros paisanos  
con tan valioso tesoro en sus manos al parque Calderón de la capital  
azuaya. Este lugar estaba repleto de gente pletórica de emoción pro-  
funda, algunos lloraban, otros gritaban, muchos querían tocar el reci-  
piente con el agua de nuestro ahora despojado río.  
Once de febrero de 1961. Al profesor Luis Delgado le fue con-  
ferido el honor de entregar a las autoridades azuayas tan histórico trofeo  
en medio de un emotivo como patriótico discurso. Cuando el acto con-  
cluía, llegó una noticia desde Gualaquiza: “tienen que movilizarse a Quito  
para entregar el agua al presidente Velasco Ibarra”. Esa misma tarde el P.  
Valentín y algunas autoridades azuayas, en un jeep del Ejército se tras-  
ladan a la capital y el 12 de febrero entran victoriosos al estadio Olím-  
pico Atahualpa en medio de aplausos de casi 50 mil personas que  
sintieron sacudir las fibras más íntimas del sentimiento nacional.  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
La ilusión rota  
Este acontecimiento fue calificado, para honra de Gualaquiza,  
como el número más importante realizado en el país en homenaje a la  
Amazonía. Velasco Ibarra aplaude el gesto, alaba el espíritu valeroso  
del gualaquicense y llena a nuestro pueblo de esperanzas. Luego de  
poco tiempo, el viejo caudillo cambia de opinión y lamenta que los gua-  
laquicenses se “hayan metido en territorio ajeno”: ¡qué barbaridad y qué  
absurdo!, actitud típica de la temerosa política internacional de nuestros  
gobiernos y en la que, contrariamente, Perú se manejó con absoluta  
maestría.  
Al final, a más de sentir un sano orgullo con esta posta, nada se  
consiguió, jamás volvió a hablarse de la carretera al Cenepa: otra vez  
nuestro rostro se estrelló contra las rocas del abandono, otra vez nuestros  
sueños fueron derrotados por las embestidas de la vergonzosa anti his-  
toria.  
Y cabe preguntarse: ¿Qué hubiese ocurrido si nuestras aspira-  
ciones se cumplían? ¿Se hubieran construido las tan necesarias fronteras  
vivas? ¿Acaso no hubiésemos erigido soberanía más allá del horizonte?  
¿
Acaso no hubiésemos conservado para nosotros un territorio respe-  
tado?  
Luis Cordero Crespo, ex presidente de la República, advirtió  
con claridad profética que era menester avanzar en la colonización de  
estos lejanos parajes orientales para no sucumbir en medio de la ambi-  
ción sureña.  
Tamaña diferencia existió siempre en materia de política inter-  
nacional: mientras el Perú, luego de cada episodio fronterizo, valoraba  
los extensos territorios usurpados con la creación de nuevos destaca-  
mentos y la conformación de fronteras vivas, al Ecuador le invadía el  
quietismo, la cobardía, el conformismo, sin entender que con la coloni-  
zación de apartados lugares se defiende el suelo patrio, se consolida la  
paz y se amplía la frontera agrícola tan necesaria para incrementar la  
producción nacional.  
El anciano profesor, Luis Delgado dice que “es bueno que al menos  
conozcamos nuestra historia”; “recuperar el terreno perdido, imposible”; “es-  
perar que nuestra bandera flamee orgullosa y soberana por el enorme Amazo-  
nas”, es una utopía, “ni soñar”, nos dice con encendida nostalgia.  
¡
Otra vez la derrota laceró nuestro herido pecho!  
Y para siempre!  
¡
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Lauro Samaniego Ávila  
Anexo 2  
LA GUERRA DEL CENEPA39  
La montaña, esa inmensa estepa verde, repleta de bosques eter-  
nos y orlada por orquídeas perfumadas, ese espacio vital en donde los  
ríos lanzan hermosos y sin fin arpegios y sus entrañas se encuentran  
preñadas de riquezas infinitas, ese escenario en donde los gritos de los  
felinos se mezclan con himnos a la ternura emanada de la fina garganta  
de gorriones, ese lugar maravilloso, de pronto sintió que su paz se rom-  
pía, entendió que su piel sería herida y que el agradable perfume de la  
rica floresta había de fenecer en medio de incertidumbres, de pólvora,  
de sangre, de angustias.  
El fuego de irracionales armas, el calor de bombas inclementes  
que revientan, la pólvora que a saltos se desplaza por la selva, las con-  
ciencias necrosadas de líderes dementes y cargados de ambiciones sin  
frontera, destruyeron la paz, quemaron la piel de la rosa, demolieron su  
aroma celestial, sepultaron la armonía.  
Y nuestra Patria, esta Patria a la que amamos con profundidad,  
esta Patria parida en los sueños de nuestros libertadores y sembrada en  
un suelo abonado de sangre y espíritu de nuestros valerosos indios de  
un lejano ayer, hace 20 años fue, una vez más, agredida por la codicia  
sureña que jamás cejó en su empeño de arrancharnos enormes pedazos  
de heredad territorial, como lo hicieron desde siempre.  
Pero esta Patria amada, dolida y maltratada, sintió, de pronto,  
llegar la hora de la dignidad y se armó de coraje: sus soldados, pletóricos  
de valor, con el corazón rebosante de patriotismo, con la mirada de hal-  
cón al acecho del usurpador y con el dedo en el gatillo, se internó en la  
hondura de una selva enorme, misteriosa, audaz, y con paso firme y vi-  
goroso músculo fue construyendo el camino hacia la libertad, hacia el  
redescubrir la justicia luego de años de maltrato, de alboroto, de desen-  
cantos, de pisoteo.  
Y Gualaquiza, la querida Perla de la Amazonía, se convirtió en  
el teatro de operaciones, fue el epicentro de un combate atroz en el que  
el soldado ecuatoriano se fundió en un abrazo inmarcesible con su pue-  
blo, y el pueblo, generoso, entusiasta, valiente, abrazó a su bizarro sol-  
39 Lauro Samaniego A, Inexactitudes, entre el desorden y el olvido, Ed. Ediberia, Quito, 2020, pp.258-  
262  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
dado para defender lo que es nuestro, para decirle al mundo entero que  
aquí vive gente amante de la paz, sí, pero dispuesta a entregar la vida  
para ser respetada.  
La ciudad, en aquellos aciagos momentos, se movía en prolon-  
gadas noches sin luz en medio de una tensa calma, abrumado por los  
silencios repentinamente rotos por el vuelo de un avión enemigo, por  
el ladrido de un pero llorón, por la alerta sobre posibles bombardeos. Y  
esta oscuridad fue alterada por el trabajo incesante de hombres y muje-  
res que, con alto civismo, preparaban el alimento para el militar incrus-  
tado en el amplio y sombrío boscaje; hombres y mujeres que supieron  
abandonar sus hogares durante varias jornadas para entregarse altruis-  
tas a las mejores causas de la Patria; hombres y mujeres que jamás su-  
pieron de cansancios ni aspiraban medallas: simplemente querían unirse  
al combatiente y vencer al enemigo. Y a esta minga de la dignidad se  
unieron más civiles que se ubicaron en lugares estratégicos al acecho del  
enemigo, y los Shuar que, cuan señores de la selva, orientaron la lucha  
libertaria para sacar de nuestras entrañas el aleve colmillo del invasor.  
Y los nombres de Tiwintza, Cueva de los Tayos, Coangos, Cón-  
dor Mirador, entre otros, se convirtieron en lugares emblemáticos, en  
escenarios de cruentos combates, en el centro de operaciones en donde  
el soldado miraba de cerca la muerte pero no la temía, sentía el olor del  
explosivo y no se acobardaba, escuchaba el reventar de las minas y el  
tableteo de metralletas pero su espíritu no se doblegaba, acariciaba de  
cerca el volar de los aviones enemigos expulsando excrementos de  
muerte pero jamás retrocedía.  
Y algunos murieron. Entre los viajeros al infinito tenemos a Mil-  
ton Patiño, Richard Burgos y Ángel Rivera, jóvenes uniformados iden-  
tificados plenamente con la historia de esta Gualaquiza heroica; ellos,  
valerosos guerreros, gente sencilla, buena y de enormes aspiraciones,  
entregaron su vida para evitar una nueva derrota.  
El presidente Durán-Ballén, viejo caudillo de la Patria, enérgico,  
decidido, confiado, insobornable, puso en escena su bizarría, jamás le  
tembló el pulso ni fue dubitativa su voz y, como es lógico, lideró con co-  
raje, y al grito de “ni un paso atrás” motivó aún más a un pueblo se-  
diento de justicia, anhelante de libertad, deseoso de paz.  
Calles y plazas del país se llenaban de niños, mujeres, ancianos,  
discapacitados, todos con un solo propósito: animar a los soldados en  
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la defensa de la heredad patria tan golpeada por los vecinos del sur que  
siempre gozaron del apoyo de oscuros sectores de nuestra América y  
de una prensa internacional adulona de los poderosos. Y esta lucha  
tenaz, heroica, patriota, logró al fin expulsar al enemigo y obligó a la  
conciencia universal a pensar en una solución definitiva a esta indefini-  
ción limítrofe que tanto daño causó.  
La Organización de las Naciones Unidas, ONU, varios organis-  
mos de corte regional así como los países garantes del írrito, nefasto y  
falaz Protocolo de Río de Janeiro, nuevamente intervinieron para, otra  
vez, engañar a la historia y obligar a las partes a firmar un acuerdo que  
permitió una nueva vergüenza nacional: lo que nuestra gente, lo que  
este pueblo llano y sencillo, lo que aquellos personajes de apellidos mo-  
destos lograron en el campo de batalla con sudor, lágrimas, estoicismo  
y sangre, lo perdimos en la mesa de las negociaciones.  
Y se nos volvió a imponer un nuevo tratado lesivo a nuestros  
intereses; nuevamente la mano negra de aquellos que siempre estuvie-  
ron al lado del invasor lesionó nuestra dignidad. G Los Congresos de  
Ecuador y Perú aprobaron a la misma hora, en el mismo día y sin leer,  
un texto propuesto por los países garantes dirigidos por el imperio y,  
luego, Jamil Mahuad y Alberto Fujimori, presidentes de ingrata recor-  
dación en sus países, firmaron el Acuerdo Global y Definitivo de Paz  
que no es sino la confirmación del Protocolo de Río de Janeiro tantas  
veces desconocido por los ecuatorianos.  
Y nos quitaron más terreno. Pisotearon nuevamente nuestra  
dignidad.  
Y para culminar la vergüenza nacional, nuestras autoridades  
aceptaron como limosna un kilómetro cuadrado en la zona de Tiwintza  
al que podríamos ir solo con el permiso de los peruanos, y si alguna  
criatura nace en ese territorio, indiscutiblemente será peruano. ¡Qué in-  
famia!  
Para llegar a la fatídica firma de esta nueva barbarie jurídica in-  
ternacional, la comunidad financiera internacional ofreció a los dos paí-  
ses ingentes recursos económicos para el desarrollo fronterizo, recursos  
que, si llegaron, fue a goteo, lo que ocasionó un nuevo atropello al pro-  
greso de los pueblos. Sin duda, otra falacia.  
Ahí está la historia; pero ahí, en los frentes de combate, en la  
montaña que aún llora la injusticia, hierve la sangre de nuestros héroes,  
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De Río de Janeiro a Itamaraty,  
el holocausto territorial ecuatoriano  
en las calles y plazas por donde caminó el hombre sencillo defendiendo  
su Patria, arde el sudor y tanta lágrima vertida.  
El mejor homenaje a los que pelearon de cualquier manera de-  
fendiendo el terruño, consiste en construir en nuestros trabajos, en nues-  
tros hogares, en todo lado, una trinchera desde la cual lancemos misiles  
y balas a la injusticia, a la pobreza, a la corrupción, a la pereza, al desa-  
mor, al abandono de tantos seres postergados.  
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479  
La Academia Nacional de Historia es una  
institución intelectual  
y
científica,  
destinada a la investigación de Historia  
en las diversas ramas del conocimiento  
humano, por ello está al servicio de los  
mejores  
intereses  
nacionales  
e
internacionales en el área de las  
Ciencias Sociales. Esta institución es  
ajena a banderías políticas, filiaciones  
religiosas,  
intereses  
locales  
o
aspiraciones individuales. La Academia  
Nacional de Historia busca responder a  
ese  
carácter  
científico,  
laico  
y
democrático, por ello, busca una  
creciente profesionalización de la  
entidad, eligiendo como sus miembros a  
historiadores  
entendiéndose por tales  
profesionales,  
quienes  
a
acrediten estudios de historia y ciencias  
humanas y sociales o que, poseyendo  
otra formación profesional, laboren en  
investigación histórica y hayan realizado  
aportes al mejor conocimiento de  
nuestro pasado.  
Forma sugerida de citar este artículo: Samaniego Ávila, Lauro,  
"
De Río de Janeiro a Itamaraty, el holocausto territorial  
ecuatoriano: una visión desde la frontera sur oriental", Boletín de  
la Academia Nacional de Historia, vol. C, Nº. 207, enero – junio  
2022, Academia Nacional de Historia, Quito, 2022, pp.450-479