BOLETÍN  
DE LA ACADEMIA  
NACIONAL DE HISTORIA  
Volumen C Nº 208-A  
Julio–diciembre 2022  
Quito–Ecuador  
BOLETÍN  
DE LA ACADEMIA  
NACIONAL DE HISTORIA  
Volumen C  
Nº 208-A  
Julio–diciembre 2022  
Quito–Ecuador  
BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA  
Vol. C – Nº. 208-A  
Julio–diciembre 2022  
ERNEST CHARTON Y LA RENOVACIÓN PICTÓRICA  
DEL SIGLO XIX ECUATORIANO.  
UNA APROXIMACIÓN ESTÉTICA Y ARTÍSTICA  
1
A CUATRO VISTAS DE GUAYAQUIL  
Xavier Puig Peñalosa2  
Resumen  
Una de las principales características del contexto artístico  
en el Ecuador de mediados del siglo XIX, es la completa ausencia de  
escuelas al efecto, supliéndose esta carencia por el aprendizaje, re-  
petitivo, muchas veces y, sin apenas variación, en los talleres. Ade-  
más, y en lo correspondiente a la pintura, la temática religiosa o los  
retratos de familias aristocráticas, eran los géneros mayormente prac-  
ticados. No obstante, será a partir de las estadías del pintor costum-  
brista Ernest Charton -en 1849 y de 1862 a 1864- o, de las del  
romántico Edwin Church -en 1853 y 1857- en el país, las que -muy  
especialmente y en primera instancia- implicarán un rotundo cambio  
en la representación plástica propia, al enseñar nuevas y más mo-  
dernas técnicas pictóricas a toda una generación de artistas ecuato-  
rianos. Por ello y en este trabajo, se expone el magisterio ejercido por  
Ernest Charton al respecto y, su importante contribución e influencia  
en la renovada plástica del Ecuador.  
1
2
Recibido: 08/07/2022 // Aceptado: 10/11/2022  
Doctor en Filosofía y Profesor Titular en Estética y Teoría de las Artes, Universidad del País  
Vasco/EHU (España) –actualmente investigador independiente- y, Miembro Correspondiente  
Extranjero de la Academia Nacional de Historia del Ecuador. Entre las publicaciones de temá-  
tica ecuatoriana destacan, “Rafael Troya: estética y pintura de paisaje”, “Algunos apuntes para  
una estética literaria según Juan León Mera: entre romanticismo y neoclasicismo”, “Análisis  
estético y artístico de cinco pinturas de paisaje de Rafael Troya (1845-1920)”, “Biopolítica, hi-  
gienismo y poder: el caso del noticiero “Ecuador Noticiero Ocaña Film 1929”, “Apreciaciones  
sobre dos escritos de Luis A. Martínez: La pintura de paisaje en Ecuador (1898) y A la costa  
(1904)”, “Los grabados en madera “Hombres del Ecuador” (1937) de Eduardo Kingman en su  
contexto de creación. Análisis de cuatro grabados” y, “Romanticismo y pintura de paisaje en  
el Ecuador decimonónico: el caso de Rafael Salas (1826-1906)” xavier.puig@ehu.eus  
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Xavier Puig Peñalosa  
Palabras clave: Ernest Charton, pintura ecuatoriana siglo XIX, cos-  
tumbrismo, estética, vistas de Guayaquil.  
Abstract  
One of the main characteristics of the artistic context in Ecua-  
dor in the mid-nineteenth century is the complete absence of schools  
for this purpose, supplying this lack by learning, repetitive many  
times and with little variation, in the workshops. In addition and in  
what corresponds to painting, religious themes or portraits of aris-  
tocratic families, were the genres mostly practiced. However, it will  
be from the stays of the costumbrista painter Ernest Charton -in 1849  
and from 1862 to 1864- or, from those of the romantic Edwin Church  
-
in 1853 and 1857- in the country, which -very especially and in the  
first instance - will imply a resounding change in the plastic repre-  
sentation itself, by teaching new and more modern pictorial techni-  
ques to a whole generation of Ecuadorian artists. For this reason and  
in this work, the teaching exercised by Ernest Charton in this regard  
is exposed, as well as his important contribution and influence in the  
renewed plastic arts of Ecuador.  
Keywords: Ernest Charton, 19th century Ecuadorian painting, cus-  
toms, aesthetics, views of Guayaquil.  
Introducción  
A lo largo del siglo XIX y tras la estela que supuso el largo  
viaje de Alexander von Humboldt por el continente sudamericano  
y el Caribe a principios de esa centuria, añadido al impacto de sus  
primeras publicaciones sobre ese periplo, un sin número de viajeros  
de variada procedencia arribarán a dicho continente: artistas, cientí-  
ficos, diplomáticos, militares, ilustradores, comerciantes, aventureros  
y, en algunos casos, reuniendo dos o más de esas características como  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
en el caso de los comisionados por diversas potencias atendiendo a  
sus respectivos intereses geopolíticos. Al tiempo, estos viajeros de-  
jarán constancia, bien escrita (memorias de viaje, cartas o crónicas,  
tratados científicos) o gráfica (ilustraciones, cuadros, fotografías,  
mapas) de sus respectivos periplos por las jóvenes naciones suda-  
mericanas. Ese registro incluía a sus habitantes y costumbres –abo-  
rígenes o no-, a la peculiar y novedosa geografía continental avistada  
(
costas, selvas, cordilleras, volcanes, ríos, fauna), así como a las ciu-  
dades o poblados visitados.  
Y es en este contexto donde ubicar a la figura de Ernst Char-  
ton como prototipo del artista-viajero pues, sus dos viajes al “nuevo  
continente”, así como su extensa itinerancia por numerosos países  
del mismo o, su prolongada residencia en varios de ellos, le acreditan  
como tal a pesar de que, como se señalará a continuación, su primera  
estadía en Ecuador fuese causada por un dramático episodio.3  
Primera estadía de Ernst Charton en Ecuador (1849-1851)  
El 14 de febrero de 1849, Ernst Charton y otros pasajeros y  
tripulantes de la goleta “La Rosa Segunda”, desembarcan en la ciu-  
dad de Guayaquil tras su rescate por otra goleta de la Isla de San  
Carlos (Archipiélago de las Galápagos) donde, tras sesenta y cinco  
días de extrema penuria, habían sido abandonados con engaños y a  
3
No es la finalidad del presente escrito ofrecer una biografía del artista, si no y como ya se ha  
señalado, explicitar la importante influencia que su magisterio significó para una importante  
generación de, a la sazón, jóvenes artistas plásticos ecuatorianos. Además, no se ha localizado  
ni se tiene conocimiento de la existencia de una biografía acreditada del artista, solamente al-  
gunas referencias biográficas en las que y en bastantes casos, se han detectado inexactitudes  
o errores en fechas, países o ciudades visitadas por el artista u otras cuestiones relacionadas  
con su vida. No obstante y en relación a su biografía, seleccionadamente, véanse los siguientes  
trabajos elaborados a partir de datos obtenidos de fuentes primarias o debidamente documen-  
tados: Pascal Riviale, “Ernest Charton, les voyageurs et la pintura costumbrista en Équateur:  
une histoire interactive au XIXe siècle”, HISTOIRE(S) de l’Amérique latine (HISAL), vol. 6, article  
nº2, (2011): 1-40, con numerosas ilustraciones costumbristas de “tipos” realizadas o atribuidas  
a Ernest Charton y de otros artistas coetáneos de aquel; A. Darío Lara, Viajeros franceses al Ecua-  
dor en el siglo XIX, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Vol. 1, Quito, 1972, pp. 103-149 (hay una re-  
edición de 1987) y, del mismo autor, “Ernest Charton, Première Partie”, Présentation de Claude  
Lara, apuntes. Ecuador: arqueología y diplomacia, martes 21 de julio de 2015, http://arqueologia-  
diplomacia-ecuador.blogspot.com/2015/07/ernest-charton-premiere-partie.html (20.01.2021)  
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Xavier Puig Peñalosa  
su suerte por el piloto y dos marineros de su propia embarcación.  
4
En Guayaquil y gracias a la ayuda del cónsul francés Girardot y de  
Juan Antonio Gutiérrez y Sicouret, acaudalado ciudadano argentino  
radicado en esa ciudad, puede recobrarse y sobrevivir pintando,  
hasta que el 23 de septiembre de ese mismo año parte hacia Quito,  
llegando a la capital quince días después.5  
Durante su estadía en Quito y que se prolonga durante casi  
un año, Charton imparte un breve curso de pintura –treinta y seis  
lecciones- a más de treinta pintores (“maestros pintores”) en activo de  
4
Fundamental para esa ayuda consular fue el hecho que el hermano del artista, Édouard, fuese  
a la sazón, Consejero de Estado, al tiempo que fundador y editor de la reconocida publicación  
de viajes y exploración Le Tour du Monde (publicada de 1860 hasta 1941), así como de la Revista  
especializada en conocimiento práctico y artístico denominada L’Illustration (ídem de 1843  
hasta 1944) y, de la enciclopédica Le Magasin Pittoresque (ídem de 1833 hasta 1938), entre otras.  
El propio Charton colaboraría esporádicamente en estas revistas con escritos e ilustraciones,  
bien propios, bien reelaborados para su imprimación por los “diseñadores” de las respectivas  
publicaciones a partir de los croquis o dibujos remitidos por el artista (véase nota siguiente).  
Charton y otros pasajeros, habían fletado “La Rosa Segunda” en Valparaíso (Chile) con la in-  
tención de dirigirse a California, iniciando su singladura desde esa ciudad el 25 de octubre de  
5
1
848. Todo este dramático periplo se encuentra relatado en un escrito del propio Charton ti-  
tulado “Aventures d’un peintre francais dans l’Amérique méridionale. Séjour a l’ile Floriana.-  
Guayaquil. – Quito”, antologizado, presentado y comentado por un narrador sin identificar  
en el semanario L’Illustration, Journal Universel, N°418, Vol. XVII, París, 1er. Mars 1851, pp. 135-  
1
38, https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=uc1.c008845598&view=1up&seq =146&size=150  
(24.01.2021). Esta narración se presenta ilustrada con seis dibujos, indicándose en el sumario  
de la publicación que la autoría de los mismos es de Ernest Charton; no obstante, aquellos y  
en su mayoría, están firmados por otras personas, lo cual me lleva a colegir que fueron reela-  
borados por los “diseñadores” de dicha publicación a partir de los originales del artista, prác-  
tica bastante habitual en este tipo de ediciones. Tres años más tarde, Charton publicaría más  
pormenorizadamente esta dramática experiencia mediante cuatro entregas en la misma revista  
y, con el título de “Vol d’un navire dans le grand Océan. Récit d’un passager”. Véase de dicha  
publicación el N° 571 -Vol. XXIII, Paris, 4 Février 1854, pp. 75-76; el N° 572 – Vol. XXIII, Paris,  
1
1 Février 1854, pp. 94-95; el N° 574 – Vol. XXIII, Paris, 25 Février 1854, pp. 127-128 y, el N° 575  
Vol. XXIII, Paris, 4 Mars 1854, pp. 134-135, https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=  
uc1.b000359264&view=1up&seq=139&size=125 (26.01.2021). E igualmente en formato libro y  
con el título de Vol d’un navire dans l’Océan Pacifique, en 1848, raconté par Ernest Charton, l’un  
des passagers, Paris, Typographie de Firmin Didot frères, 1854, http://bdigital.bnp.gob.pe/  
bnp/recursos/2/flippingbook/xz_1000062603_031_005/files/assets/basic-html/page-  
3.html# (27.01.2021). Anotar que este último texto se tradujo al español y, se publicó con el tí-  
tulo de “Robo de un buque en el Gran Océano. Narración de un pasajero” en el periódico El  
Correo de Ultramar, Parte Literaria Ilustrada, Nos. 60, 62, 63 y 64, París, 1854, en Eugenio Pereira  
Salas, Estudios sobre la Historia del Arte en Chile Republicano, Ediciones de la Universidad de  
Chile/Fundación Andes, Santiago, 1992, nota 4, p. 331. Erróneamente se cita en dicha nota a  
Madrid como lugar de publicación del citado periódico en lengua española, siendo sus edito-  
res-propietarios X. de Lassalle y Melán con sede en París.  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
6
la ciudad, “de los cuales algunos contaban de cuarenta a cincuenta años  
de ejercicio i a los cuales no faltaba más que la teoría para ser buenos pinto-  
7
res i cuya manera de trabajar no carecia de habilidad”.  
Y es que, a falta de una academia de pintura, se aprendía el  
oficio en los talleres de los maestros mediante la práctica en el co-  
piado de obras ya existentes o en el de las imágenes, reproducciones  
a su vez de otras y, correspondiendo casi todas ellas al género reli-  
gioso. Ejemplo de ello, será el taller del reconocido Antonio Salas,  
el decano de los pintores quiteños” en palabras de Charton, y en el que  
6
“En 1849 se organizó en Quito el Liceo de Pintura bajo la dirección e iniciativa del dibujante  
francés Ernesto Chartón. Fue la simiente de que brotó, como árbol espontáneo, la Escuela de-  
mocrática “Miguel de Santiago” [fundada el 31 de enero de 1852; son sabidos los ideales re-  
publicanos profesados por Charton], en José María Vargas, Los pintores quiteños del siglo XIX,  
Editorial Santo Domingo, Quito, 1971, p. 11. La denominación de “Liceo de Pintura” es utili-  
zada por varios autores contemporáneos, bien citando a Vargas o citando a otros investigado-  
res; no obstante y hasta la fecha no tengo conocimiento de ninguna fuente primaria que pueda  
corroborar tal denominación y sus correspondientes connotaciones institucionales y académi-  
cas. Además y siguiendo lo expuesto en el propio escrito de Charton al respecto, entiendo que  
solo cabe hablar de una “academia improvisada en Quito”, dadas las características de la misma.  
Y sobre la Escuela democrática “Miguel de Santiago” y dada su importancia en la política y  
cultura del Ecuador decimonónico véase, Discursos pronunciados en la sesión pública de exhibición  
por los miembros de las Sociedades Democráticas de Ilustracion, de Miguel de Santiago y Filarmónica,  
en el setimo aniversario del 6 de marzo de 1845, Imprenta de F. Bermeo, Quito, 1852; de Galaxis  
Borja González, “Sois libres, sois iguales, sois hermanos”. Sociedades democráticas en Quito  
de mediados del siglo XIX”, Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas - Anuario de Historia de Amé-  
rica Latina, 53 (1), (2016):185-210, (especialmente 185-204) y, de la misma autora “Artistas, ar-  
tesanos, liberalismo y sociabilidades republicanas en Ecuador, 1845-1859”, Procesos. Revista  
ecuatoriana de historia, 48. (2018):17-48 (especialmente 17-26). Retomando el libro de José María  
Vargas referenciado y a continuación de la cita anteriormente transcrita, el autor relata la visita  
de Charton al taller de Antonio Salas, “Los pintores quiteños…”, cit., pp. 16-19, a partir de la  
traducción realizada de la parte correspondiente a este episodio del artículo del propio Char-  
ton titulado “Quito (République de l’Équateur)” y, publicado en Le Tour du Monde. Nouveau  
Journal des Voyages, n° 391, Mars 1862. volumen recopilatorio correspondiente al Premier Se-  
mestre, Paris, Librairie de L. Hachette et Cie., 1867, pp. 401-416, https://books.google.com.ec  
/books?id=qAscAQAAMAAJ&pg=PA401&hl=es&source=gbs_toc_r&cad=3#v=onepage&q&  
f=false (02.02.2021). Como se indica en la nota 16, a priori existe una contradicción cronológica  
entre ese encuentro de Charton con Antonio Salas y la fecha en que según el primero tuvo  
lugar, tal y como consigna en su artículo citado.  
7
Agradezco a Gloria Cortés Aliaga, Historiadora del Arte, Curadora del Museo Nacional de  
Bellas Artes en Santiago de Chile e investigadora, su amabilidad al facilitarme una reproduc-  
ción del escrito de Charton titulado, “Folletín. Una academia improvisada en Quito por Er-  
nesto Charton en 1850 (Fragmento inédito de sus viajes)”, y publicado en el periódico El  
Ferrocarril, Santiago, en tres entregas correspondientes al 6, 7 y 8 de diciembre de 1860, núme-  
ros 1.534, 1.535 y 1.536 respectivamente; la cita del texto con su grafía original –al igual que  
las siguientes que se expondrán-, corresponde al N° 1.535, Año V, del 7 de diciembre de 1860  
de dicho periódico.  
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Xavier Puig Peñalosa  
este impartirá dos lecciones prácticas, pintando el retrato de la hija  
mayor del propio Salas como modelo del natural (“cabeza del natu-  
ral”), no sin antes enseñar a los asistentes “a componer una paleta a la  
europea”, es decir, la mezcla de los colores básicos y derivados para  
poder ejecutar un tratamiento cromático más enfático y “vivo” en  
las obras, acorde a las nuevas concepciones que sobre el color esta-  
ban en boga en la plástica europea más moderna.  
Con el objeto de intentar suplir esta carencia de academia, al  
tiempo de que los asistentes pudiesen seguir “trabajando solos con pro-  
8
vecho” en su ausencia, Charton organiza su curso comenzando por  
los necesarios fundamentos teóricos para proseguir con su aplicación  
práctica a partir del natural; en sus propias palabras:  
Despues espliqué que el método adoptado por los antiguos maestros i  
los grandes artistas modernos era comenzar por la perspectiva i pasar  
lo mas pronto posible al estudio de la naturaleza (…) les espuse que  
dividiría aquel curso en ocho lecciones de perspectiva teorica i una de  
practica del natural ejecutada por mi en presencia de todos los estu-  
diantes, doce lecciones de cabeza del natural para enseñarles el arte del  
retratista, dos lecciones de pintura ejecutada por mi, ademas doce lec-  
9
ciones de academia del natural.  
10  
Según relata el propio Charton, los “maestros pintores que-  
8
A falta de un local al efecto, Charton desarrolla su magisterio en el escenario de un modesto  
y descuidado teatro gracias al auspicio de Ángel Ubilla, protector de las artes y “ex-zapatero  
llegado a ser abogado a fuerza de perseverancia i esfuerzo”. Un poco más adelante y en el  
mismo escrito, el artista expresa su asombro de que al querer impartir “las lecciones académi-  
cas del natural”, no encontrase a nadie dispuesto a hacer de modelo desnudo pues, “en Quito,  
nunca se había visto dibujar a un hombre desnudo; la idea solo de servir de modelo ofendia  
a todos; el mas torpe i el mas pobre se habria creido deshonrado presentándose desnudo de-  
lante de una sociedad”; al final solventaría dicho anacronismo contratando a un marinero an-  
ciano y alcohólico para esa sesión de “academia del natural”. Para ambas citas, Ernest Charton,  
Folletín...”, cit.  
9
1
“Folletín…”, cit.  
0 La importancia de este magisterio de Charton en los jóvenes maestros que asistieron a esta  
academia improvisada” y su consiguiente influencia en el desarrollo de la plástica ecuatoriana  
decimonónica, queda de manifiesto a tenor de algunos de los nombres de aquellos alumnos:  
Fueron alumnos de éste [de Charton] en la pintura Ramón y Rafael Salas [hijos de Antonio  
Salas], Ramón Vargas, Leandro Venegas, Agustín Guerrero, Nicolás Miguel Manrique, Te-  
lesforo Proaño y Luis Cadena; y de dibujo Juan Pablo Sanz, Andrés Acosta, Camilo Corral,  
Juan Manosalvas”, José Gabriel Navarro, La pintura en el Ecuador del XVI al XIX, Dinediciones,  
1991, Quito, p. 231.  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
daron asombrados por el método que él empleaba al pintar, opuesto  
al de ellos e, igualmente, resultaba patente el afán pedagógico que  
imprimía a su magisterio al interrelacionar en sus clases los aspectos  
teóricos con la propia práctica artística:  
Yo no solo empleaba toda la primera hora en dibujar lo mas correcta-  
mente posible, sino que en la segunda hora comenzaba a pintar por las  
sombras más subidas, cuando ellos al contrario principian por la mayor  
luz, trabajando en telas preparadas con tintas cargadas. Al mismo  
tiempo que trabajaba, hacía todas las observaciones teóricas posibles,  
a fin de que los alumnos aprovecharan.11  
Igualmente y en ese anhelo de contribuir a una actualizada  
formación pictórica, Charton y en el homenaje que le ofrecieron con  
motivo de su despedida, aconsejará a sus alumnos que evitaran las  
envidias y rivalidades tan generalizadas “en la jente de nuestra profe-  
sion”, al tiempo que les recomendaba, encarecidamente, que viajasen  
para ejecutar sus obras “en los paises mismos en que éstas se vendian”  
para obtener así un mayor beneficio pero, sobre todo, porque muy  
probablemente coincidirían con “algunos artistas que viniendo de Eu-  
ropa hubieran tenido una buena escuela i pudieran por lo tanto darles ideas  
nuevas i hacerles progresar en su arte; [pues] viajando se aprende  
siempre”.1  
2
A tenor de este último consejo, Charton manifiesta su con-  
cepción moderna sobre la creación artística y el propio artista. Efec-  
tivamente, la necesidad de estar permanentemente abierto y  
receptivo hacia nuevas formas o corrientes plásticas contemporá-  
1
3
neas, al igual que la práctica viajera como una forma de conoci-  
1
1
1
1 “Folletín…”, cit.  
2 Ernest Charton, “Folletin…”, El Ferrocarril, Santiago, Año V, N° 1.536, 8 de diciembre de 1869.  
3 Esta “modernidad” de Charton, no es ajena a la “idea de progreso” en su acepción cultural,  
al tiempo que supone una rotunda toma de partido por los modernes, en el importante debate  
iniciado en Francia -siglo XVII- conocido como la Querelle des Anciens et Modernes, y que atra-  
viesa a la creación artística europea hasta la superación de la hegemonía clasicista por el ro-  
manticismo. Sobre el origen y desarrollo en Francia de esta polémica, véase de Annie Becq,  
Genèse de l’esthétique francaise moderne. De la Raison classique à l’Imagination créatrice 1680-1814,  
Albin Michel, Bibliothèque de “L’Évolution de l’Humanité”, Paris, 1994; Marc Fumaroli, Las  
abejas y las arañas. La Querella de los Antiguos y los Modernos, Acantilado, Barcelona, 2008; sobre  
el consiguiente debate y su superación, Simón Marchán Fiz, La disolución del clasicismo y la  
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Xavier Puig Peñalosa  
miento, no solo artístico, sino también vital, indica y constituye una  
nueva mentalidad que halla en lo dinámico y, por tanto en el cambio,  
su propia razón de ser.  
Y consejos que, posteriormente, serán aplicados por una  
14  
parte de la nueva generación de pintores ecuatorianos que, y entre  
otros, practicarán el novedoso género paisajístico tanto en su acep-  
ción pintoresca como romántica, esta última merced a la decisiva in-  
fluencia y enseñanza del pintor norteamericano Edwin Church de la  
denominada Escuela del Río Hudson que, en sus dos visitas a Ecua-  
dor -1853 y 1857- ejerció en Rafael Salas, hijo de Antonio Salas, con-  
virtiéndose así este artista en el pionero de dicho género en el país.  
A destacar en esta generación de pintores que representaron a la na-  
turaleza ahora como “paisaje”,15 al propio Rafael Salas, a Rafael  
Troya, Luis A. Martínez y Joaquín Pinto.  
construcción de lo moderno, Ediciones Universidad de Salamanca, Metamorfosis 10, Salamanca,  
2010.  
1
4 Ejemplo de ello es que, “muchos de los alumnos de Charton se instalaron, posteriormente,  
en Chile en las ciudades de Santiago, Concepción, Talca y el puerto de Valparaíso. Artistas  
emergentes en la escasa escena nacional del período, los quiteños suplieron una necesidad  
de la joven élite chilena, concentrada en el retrato y la incorporación del paisaje, heredado  
por la presencia de los llamados ‘pintores viajeros’”, en Gloria Cortés Aliaga y Francisca Del  
Valle Tabatt, “Circulación y transferencia de la imagen: pintura quiteña en Chile en el siglo  
XIX”, en VV.AA., Arte Quiteño más allá de Quito. Memorias del Seminario Internacional, Fondo  
de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito (FONSAL), Quito, 2010. Y en relación a  
esta “emigración” de pintores ecuatorianos a Chile, el propio Charton finalizará su última  
entrega del folletín mencionado con estas palabras: “A mi vuelta a América en 1855, esto es,  
cinco años despues, he encontrado en la costa [Valparaíso] a algunos de mis antiguos alum-  
nos de Quito que en otro tiempo apénas ganaban lo suficiente para comprar pan i que ahora  
estaban vestidos como petrimetres con botas de charol, sombreros franceses, reloj, cadena  
de oro, etc. Uno de ellos se habia casado en una familia rica de Concepcion; otros habian ga-  
nado ya bastante dinero para poder regresar a su patria o hacer un viaje por Francia e Italia;  
todos en jeneral me daban las gracias por los consejos que les habia dado”, en El Ferrocarril,  
Santiago, Año V, N° 1.536, 8 de diciembre de 1869.  
5 Obviamente, un “paisaje” no es un ente que exista por sí mismo, objetivamente, sino que lo  
es en relación a un sujeto que proyecta en la Naturaleza sus propios valores o los de la so-  
ciedad y/o cultura de su tiempo. Es decir, “definir un paisaje quiere decir afrontar el tema  
de la valoración estética según los parámetros de la memoria histórica, colectiva y psíquica.  
Cada reflexión estética del paisaje esconde una relación entre la realidad de los lugares y las  
determinaciones ofrecidas por las categorías estéticas que, haciendo referencia a las cosas,  
se convierte en teoría del paisaje en sí misma. Los paisajes reales son, precisamente y por el  
hecho de ser juzgados, expresiones prácticas de aquellas teorías”, en Raffaele Milani, El arte  
del paisaje, Edición de Federico López Silvestre, Editorial Biblioteca Nueva, Paisaje y Teoría  
1
3
, Madrid, 2007, p. 116. A tenor de lo transcrito y en el contexto histórico que se está desa-  
rrollando, las categorías estéticas que determinan esa aprehensión y consiguiente represen-  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
Tras visitar algunas poblaciones del interior del Ecuador  
(
Riobamba, Bodega [Babahoyo]), Charton viajaría a Santiago de  
16  
Chile (octubre de 1851), Lima (enero de 1852), realizando a conti-  
nuación y en ese mismo año, una breve visita a algunos países de  
Centroamérica (Panamá, Guatemala y El Salvador), regresando a  
continuación a París. Durante este periplo, el artista ejecutará nume-  
rosas obras de diversos géneros -retratos, paisajes naturales y vistas  
urbanas, escenas costumbristas- y en distintas técnicas -óleo, pastel,  
17  
acuarela- que llevará consigo a Francia. Y ya en la capital francesa,  
realizará distintas obras, fundamentalmente acuarelas de “tipos y  
costumbres” a partir de los numerosos apuntes y croquis llevados a  
cabo durante su periplo americano.  
Segunda estadía de Ernst Charton en Ecuador (1862-1864)  
A principios de 1855, nuevamente el artista viaja a Sudamé-  
rica, ahora con su familia, instalándose primero en Santiago de Chile  
y, tras una corta estadía, se trasladan a la ciudad de Valparaíso hasta  
aproximadamente los últimos meses de 1859. Y será en 1862 cuando  
en solitario, viaje nuevamente a Ecuador para, desde Guayaquil, es-  
18  
tablecerse en Quito, prolongando su estadía durante dos años. En  
tación de la naturaleza como “paisaje”, son las ya anteriormente citadas de lo pintoresco y  
lo sublime. Véase así mismo para esta cuestión, mi Rafael Troya: estética y pintura de paisaje,  
Ediloja/Universidad Técnica Particular de Loja, Loja, 2015, pp. 11-16.  
6 Ese mismo año, el artista publica un breve artículo titulado “Indiens civilisés des environs  
de Quito. La chicha”, con una ilustración de su autoría en Le Magasin pittoresque, XXe  
ANNÉE, Tome XX.- Paris, Janvier 1852, pp. 31-32, https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/  
bpt6k31435k/f35.item (18.03.2021).  
1
17 En Paris y antes de regresar nuevamente a Sudamérica, Charton redacta y publica en formato  
libro su ya referida trágica experiencia en la isla Floriana del Archipiélago de las Galápagos  
(Vol d’un navire dans l’Océan Pacifique, en 1848, raconté par Ernest Charton, l’un des passagers) -  
ver nota 4-, dos artículos en relación a su estancia en Quito y titulados “Une mascarade à  
Quito” con un dibujo de su autoría , y “Fêtes indiennes de la Semaine Sainte et de Paques,  
a Quito (République de l’Équateur)”, ilustrado con siete dibujos suyos. Para estos dos últi-  
mos, véase respectivamente, L’Illustration, Journal Universel, N° 575, Vol. XXIII, Paris, 4 Mars  
1
854, pp. 143-144, https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=uc1.b000359264&view=1up&seq  
147&size=125 (27.03.2021) y, L’Illustration, Journal Universel, N° 581, Vol. XXIII, Paris, 15  
Avril 1854, pp. 235-237, https://babel.hathitrust.org/cgi/imgsrv/download/pdf?id=uc1  
b000359264;orient=0;size=100;seq=235;attachment=0 (27.03.2021).  
=
.
1
8 Posteriormente, Charton publicaría un artículo titulado “Quito (République de l’Équateur)”,  
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Xavier Puig Peñalosa  
el transcurso de esta estancia, Charton imparte clases de dibujo y  
pintura y realiza numerosas acuarelas de “tipos y costumbres” del  
país (se le atribuyen casi una cincuentena), ya que este tipo de imá-  
genes tenían una gran demanda, tanto de los viajeros que llegaban  
al país con el objeto de poder llevarse un souvenir, como y sobre todo,  
19  
para el mercado de los países europeos. Al efecto, resulta necesario  
señalar la importancia que esta segunda permanencia del artista en  
el país –al igual que la primera- significó para un paulatino cambio,  
tanto en la temática (géneros artísticos) como en el lenguaje repre-  
cit., pp. 401-416, dando cuenta de esa travesía, así como de diversos aspectos concernientes  
tanto a la historia como a las costumbres populares de Quito con siete dibujos de E. Thérond,  
ilustrador” habitual de esa publicación, basados en los del propio artista. En este artículo  
y como ya se adelantaba en la nota 5, existe una contradicción cronológica pues, inicia Char-  
ton el mismo consignando que salió de Guayaquil hacia Quito el 22 de marzo de 1862 y, tras  
narrar su travesía hasta llegar a la capital y otras variadas cuestiones (historia del Ecuador  
y Quito, tipos y costumbres del país y la ciudad, su admiración por las mujeres quiteñas –  
sic-, sobre los indios, igualmente en relación a la arquitectura y las artes plásticas religiosas,  
etc.), informa de su encuentro con Antonio Salas, deduciéndose por el tono de su narrativa  
que ese era el primer encuentro con el “patriarca de la pintura” ecuatoriana. Esta cuestión y  
además de suponer un anacronismo temporal en relación a los hechos relatados y referidos  
al año 1850 en sus artículos publicados en el periódico santiagueño El Ferrocarril (1860), tam-  
bién implica una incongruencia sobre ese (¿primer?) encuentro, ya que el fallecimiento de  
Antonio Salas está documentado el 6 de mayo del año 1860.  
19 Para estas cuestiones y en referencia o relación a Charton, véase en VV.AA., Imágenes de iden-  
tidad. Acuarelas quiteñas del siglo XIX, Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito  
(
FONSAL), Quito, 2005 y, más ampliado al ofrecido en este volumen, el trabajo de Alexandra  
Kennedy-Troya, “Álbumes de estampas, coleccionismo privado y relato nacional”, en Ale-  
xandra Kennedy-Troya, Élites y la nación en obras. Visualidades y arquitectura en Ecuador 1840-  
1930, Universidad de Cuenca/Casa de la Cultura Ecuatoriana-Núcleo del Azuay, Cuenca,  
2015, pp. 101-140; Pascal Riviale, “Ernest Charton, les voyageurs…”, cit., especialmente pp.  
6-40. También de Jorge Dávila Vásquez (texto del catálogo), Ernest Charton: Un pintor coró-  
grafo, Banco de Crédito, Quito, 1998; Wilson Hallo, Imágenes del Ecuador de siglo XIX. Juan  
Agustín Guerrero 1818-1880, Texto e investigación, Colección Fundación Hallo, Ediciones del  
Sol y Madrid, Espasa-Calpe, SA., Quito, 1981; Juan Castro Velázquez, Pintura Costumbrista  
Ecuatoriana del siglo XIX (de la Colección Castro y Velázquez), Centro Interamericano de Arte-  
sanías y Artes Populares (CIDAP), Cuaderno de Cultura Popular N° 16, Quito, 1990; Jill Fit-  
zell, “Teorizando la diferencia en los Andes del Ecuador: viajeros europeos, la ciencia del  
exotismo y las imágenes de los indios”, en Blanca Muratorio, editora, Imágenes e Imagineros.  
Representaciones de los indígenas ecuatorianos, Siglos XIX y XX, Facultad Latinoamericana de  
Ciencias Sociales-Sede Ecuador (FLACSO), Serie Estudios-Antropología, 1994, Quito, pp.  
2
5-73 y, Blanca Muratorio, “Nación, identidad y etnicidad: imágenes de los indios ecuato-  
rianos y sus imagineros a fines del siglo XIX”, en Blanca Muratorio, editora, Imágenes e ima-  
gineros. Representaciones de los indígenas ecuatorianos, Siglos XIX XX, Facultad  
y
Latinoamericana de Ciencias Sociales-Sede Ecuador (FLACSO), Serie Estudios-Antropología,  
Quito, 1994, pp. 109-196.  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
sentacional, vigentes hasta ese momento en la plástica ecuatoriana.  
Efectivamente, la incorporación del paisaje –urbano o “natural”-, la  
propia temática costumbrista vinculada a la estética de lo pintoresco  
y, en parte, a la del propio romanticismo tan en boga en el continente  
europeo, o el empleo de una ejecución más “libre” al tiempo que  
deudora de un estilo realista, unido a un progresivo cambio de gusto  
en los comitentes, implicará la incorporación de nuevas alternativas  
en la práctica artística, en detrimento -muy singularmente- de la pre-  
eminencia de “lo religioso”. Al tiempo e igualmente por las razones  
apuntadas (sólidos fundamentos teóricos acerca del lenguaje plás-  
tico, práctica de la “academia del natural”, etc.), de la producción “se-  
riada” y mimética que imponían los talleres. En definitiva, la  
modernidad artística y como ya se ha apuntado anteriormente, em-  
pezaba a afianzarse en el país gracias a la impronta que el magisterio  
de Charton había ejercido.20  
Las vistas de Guayaquil: estética y representación plástica de un  
paisaje urbano  
Como ya se ha comentado anteriormente, tras el rescate de  
Charton en la isla San Carlos (la Floriana) y su traslado a Guayaquil,  
este y gracias a la ayuda dispensada por varias personas, sobrevivió  
en dicha ciudad realizando diversas obras, antes de trasladarse a  
Quito. Y algunas de estas ejecuciones, corresponden a las vistas que  
a continuación se ofrecen y comentan. Son los siguientes: Guayaquil  
(Estero de Juan Pérez de Villamar) , 1849, Guayaquil (Casa del Ca-  
bildo o del Ayuntamiento) (circa) 1849, Paisaje de Guayaquil (1849),  
Puerto de Guayaquil (circa 1850).  
En este punto anotar que, a mi juicio, estos paisajes urbanos  
de la ciudad portuaria hallan su antecedente en las conocidas vedute  
que, principalmente Canaletto y el discípulo de este, Guardi, quienes  
2
0 Posteriormente, Charton viajaría a Perú (1864) donde también ejercerá de fotógrafo –en el  
Callao- para, siete años más tarde, radicarse en Buenos Aires. En esta ciudad y además de  
seguir pintando especialmente retratos de las élites y de las de otras ciudades de provincias,  
impartirá –a partir de 1874- clases de dibujo en el elitista Colegio Nacional de Buenos Aires,  
hasta su fallecimiento el 7 de diciembre de 1877.  
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Xavier Puig Peñalosa  
realizaron a lo largo del settecento, tomando como modelo a la ciudad  
2
1
de Venecia. En este sentido y desde la óptica artística, una de las  
principales características comunes de la composición de Charton  
es la construcción del espacio de la representación en sus obras a par-  
tir de un lenguaje renacentista, es decir, con planos armónica y pro-  
porcionalmente dispuestos a partir de un punto de fuga único que  
constituye, estructura y ordena ese espacio, integrándolo en una uni-  
dad totalizante. Al tiempo, esta construcción compositiva permite  
dotar a la obra de una notable y amplia perspectiva espacial que, en  
su tercer plano, crea una significativa percepción de lejanía ante los  
ojos del espectador. E, igualmente, tanto el formato panorámico  
como el punto de vista ligeramente elevado con los que el artista es-  
tructura sus vistas, suponen y contribuyen a esa notoria espaciali-  
dad.  
En el normalmente amplio primer plano, Charton ubica a las  
figuras humanas o los motivos más elocuentes desde el punto de  
vista narrativo, manteniendo una gradada continuidad perspectiva  
con el segundo plano y, a su vez, de este con el tercero. Esta disposi-  
ción espacial y también muchas veces “narrativa” por los elementos  
representados en los tres planos citados, implica una subordinación  
de esas partes en favor del buscado “efecto de totalidad” en la obra.  
Al tiempo, citar el habitual agrupamiento con que representa a los  
personajes de sus vistas, normalmente en grupos formados por dos  
o tres personas, dejando a alguna de ellas en solitario.  
La horizontalidad que como formato supone una obra de  
este género, a la par que los propios elementos representados y que  
geométricamente responden a esa posición, son equilibrados por  
Charton con otros en los que acentúa su verticalidad, formal o diná-  
2
1 Es sabido que estas vedute, no son una fiel y mimética copia de los lugares representados,  
sino que muy frecuentemente se alteraban ligeramente las dimensiones de algunos edificios  
o calles, su lugar exacto de ubicación o, los ángulos perspectivos de los encuadres para y a  
criterio de los artistas, poder ofrecer una visión más acorde a sus propias concepciones sobre  
lo que debía representar la obra. Véase de Katharine Baetjer and J.G. Links (curadores) y  
VV.AA. en los textos, Canaletto, The Metropolitan Museum of Art, New York, 1989 y, Dario  
Succi i Annalia Delneri (curadores), Canaletto, una Venècia imaginària, Centre de Cultura Con-  
temporània de Barcelona (CCCB)/Institut d’Edicions-Diputació de Barcelona, Barcelona,  
2001 (texto en catalán y castellano).  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
micamente, como los tejados a dos aguas de las viviendas, los árboles  
o las palmeras, etc. También establece el artista un equilibrio entre  
los elementos estáticos y los que implican movimiento o, entre los  
que suponen “masa” (cerros, plantas o árboles muy frondosos o en  
aglomeración, etc.) utilizando para ello tonos muy oscuros de la  
gama del marrón o del verde, con aquellos otros más diáfanos o de  
tonalidades muy claras e incluso pasteles y, en estudiada alternancia  
para así contribuir a la creación de espacios diferenciados (planos  
compositivos).  
Así y en relación a esto último, encontramos que la paleta  
cromática utilizada por el artista se basa en las diversas tonalidades  
obtenidas a partir de los verdes, marrones, azul, blanco, amarillo y  
siena fundamentalmente. A resaltar, los calculados timbres de color  
empleados principalmente en las vestimentas de los personajes, así  
como la intensa luminosidad que imprime Charton a estas obras. Y  
en este sentido, mencionar como el celaje que ocupa la mitad o in-  
cluso un espacio mayor de la superficie de la representación, luce  
con un intenso y luminoso azul, solo interrumpido por algunas  
nubes –bien algodonosas tipo cúmulos, bien prácticamente delicues-  
centes-, pero habitualmente tintadas ligeramente por el tono rosáceo  
típico del comienzo del atardecer.  
Si como se ha señalado líneas arriba, la composición de estos  
paisajes urbanos obedece a una inequívoca voluntad constructiva  
que no dudo en calificar de “clásica”, no obstante, los motivos na-  
rrativos habitualmente representados, corresponden al leitmotiv de  
los de la estética del pintoresquismo costumbrista. Así, aquellos y en  
la mayoría de estas vistas, pertenecen a aquellos lugares que, social  
y urbanísticamente, son más significativos para los habitantes de la  
ciudad, tales como las idiosincráticas arquitecturas presentes (casas  
flotantes o sobre pilastras, el edificio de la aduana, el propio malecón  
o las calles de tierra, etc.), las diferentes clases de embarcaciones au-  
tóctonas, los elementos vegetales vernáculos (palmera, caña gua-  
dua), etc. Y perfectamente integrado con todo ello, es la  
presencialidad en aquellos espacios de la cotidianidad citadina re-  
presentada mediante los diversos “tipos y costumbres” populares  
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que la mirada del artista instituye y ejecuta, logrando así una plas-  
mación realista de aquella, al tiempo que procura con ello una iden-  
22  
tificación del espectador con la obra contemplada.  
A continuación, se ofrecen cuatro vistas de Guayaquil reali-  
zadas por Ernest Charton entre los años 1849 y 1850, durante su pri-  
mera estadía en Ecuador tras su salvataje de la isla Floriana.  
Guayaquil. Estero de Juan Pérez de Villamar, 1849  
Óleo sobre lienzo, 40 x 59,1 cm.  
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Charton,_Ernest_-_Guayaquil_-  
1849_ost_40x59.1.jpg (17.04.2021)  
Con formato panorámico, encuadre frontal y desde un punto  
de vista ligeramente elevado, Charton nos “introduce” con esta vista  
en la cotidianidad de una barriada popular a la orilla del estero de  
Juan Pérez de Villamar, actual calle de Loja y de Rocafuerte. En el  
2
2 Obviamente acentuado si ese espectador es costeño o, por extensión, del propio país. En el  
caso de un europeo, el patente pintoresquismo de la obra también supone una suerte de  
identificación en lo que significa de –digamos- universal humano, al tiempo que una per-  
cepción “exótica” de esa forma de vida.  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
primer plano de la obra y a ambos lados del mismo, se ubican sendas  
viviendas de dos alturas –habitable la parte superior– edificadas con  
caña guadua y madera, y sostenidas por grandes pilares de este úl-  
timo material; sus respectivos tejados a dos aguas, nos indican la fre-  
cuente pluviosidad característica en esta climatología tropical.  
En la parte central de este plano, un sector del estero aparece  
como un pequeño lago que, dada su quietud, refleja a todo aquello  
que está en su superficie o en los bordes de sus orillas. Aquella, solo  
es, en parte, alterada por un tronco (palo de balsa) guiado por dos  
jóvenes que parecen dirigirse al exterior de ese “recinto”, al igual  
que una pequeña embarcación cargada de mercadería que, situada  
en la parte final del plano, ya enrumba en la misma dirección con su  
barquero situado en la popa de la misma y de espaldas al espectador.  
En las dos orillas y muy próximas a las viviendas señaladas, varias  
mujeres se asean parsimoniosamente en el agua, recordando por sus  
actitudes gestuales a las bañistas de un cuadro clasicista. También  
en la terraza de la vivienda sita a la izquierda, otras dos mujeres pa-  
recen estar platicando mientras realizan algún tipo de tarea domés-  
tica. Y otra, se asoma contemplativa desde el pequeño balcón en la  
vivienda de la parte derecha.  
El segundo plano viene delimitado en su comienzo por un  
pequeño puente de madera en la parte derecha que permite el paso  
acuático al amplio río, y en el que se yergue un alto fanal de alum-  
23  
brado a “permaceti” para hacer visible el camino, e indicar por la  
noche la salida a las aguas abiertas. Al tiempo, ese puente que co-  
municaba a la ciudad vieja con la nueva, se prolonga por su parte  
izquierda en un camino, conectando así, tanto a las dos zonas de vi-  
viendas descritas como a las que están a continuación de estas, tam-  
bién en ambas orillas, pero ahora en el segundo plano. En este  
sendero, se observa en su parte central a un hombre que se diría está  
pescando y, más a la izquierda, a otro personaje que se dirige en ese  
mismo sentido, al igual que un hombre y su cargada mula, algo más  
2
3 El “permaceti” era el combustible utilizado para la iluminación pública en Guayaquil hasta  
entrado el año 1850. Consistía en un aceite extraído de las tortugas del archipiélago de las  
Galápagos o de las ballenas que surcaban el Pacífico, principalmente por las costas de Cali-  
fornia o Chile.  
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adelantados. Justo tras el puente se observa una balsa con vela y, más  
alejadas, otras embarcaciones típicas de esa zona y que obran como  
viviendas flotantes; más en la lejanía, se atisba el denominado Islote  
Rojo.  
Finalmente, la línea del horizonte está constituida por una tu-  
pida floresta que supone el inicio del tercer y último plano, y en el que  
un cielo luminosamente azul ocupando casi tres cuartas partes del  
total de la superficie representada, presenta algunas nubes de com-  
pacta textura algodonosa en la franja más próxima al horizonte. Y en  
la parte derecha, algunas gaviotas revolotean en ese espacio sin fin.  
Si como se anotaba en líneas anteriores, la composición de  
estas vistas se estructura a partir de la metodología perspectiva re-  
nacentista, en la obra que nos ocupa, el punto de fuga que la ordena  
viene ejercido por el personaje que, sentado en el camino a la iz-  
quierda del puente, tal vez pescando, parece igualmente saludar con  
su brazo derecho al que conduce la embarcación próxima a él y que  
figura de espaldas a nuestra mirada, pareciendo corresponder a  
aquél saludo.  
Efectivamente, tanto los dos troncos que, diagonalizados, flo-  
tan en la parte inferior derecha del primer plano y que hacen las  
veces de rústico embarcadero, al igual y en el mismo plano, el ma-  
dero que usa de timón y remo el joven situado en la cabecera del  
tronco flotante de la izquierda, confluyen a partir de sus respectivas  
prolongaciones dinámicas ideales en el personaje citado. Igualmente,  
si se prolonga idealmente la parte lateral anterior del tejado de la se-  
gunda vivienda de la izquierda o la posterior del tejado inferior de  
la misma y, en el mismo sentido, el de la última casa de la derecha,  
coinciden con la figura de dicho personaje.  
Otro aspecto compositivo que dota de profundidad a esta  
vista, son las disposiciones también en diagonal de las dos hileras de  
viviendas -particularmente la de la derecha dada su mayor angula-  
ción- y que, simultáneamente, ejercen de “presentación y obertura”  
al paisaje a modo de sendos cortinones como en la escena de un tea-  
tro. Igualmente cabe añadir y en el segundo plano, la prolongación a  
modo de muelle que se adentra en el estero, partiendo de la gran vi-  
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y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
vienda con arcos situada en la parte izquierda de dicho plano. O la  
sensación de lejanía que supone perceptivamente el pequeño tamaño  
con que están representadas las embarcaciones o balsas-vivienda que  
navegan en esas aguas, estableciendo así una escala comparativa con  
los otros elementos presentes en los anteriores planos.  
Asimismo, y con igual propósito es la menor luminosidad  
que Charton imprime en el primer plano, aumentándola gradada-  
mente a medida que se avanza hacia el tercero donde ubica al amplio  
e impoluto celaje, al tiempo que alternadamente crea zonas más ilu-  
minadas o de una cierta penumbra en el transcurso de ese –digamos-  
recorrido”, especialmente notorio en las hileras de viviendas en  
ambos lados de la obra. En definitiva, toda esta interrelación com-  
positiva merced a las cuestiones descritas, están conceptualizadas y  
ejecutadas con la finalidad de poder crear una mayor perspectiva es-  
pacial a este paisaje fluvial.  
Cromáticamente, el artista utiliza una paleta en la que do-  
mina la gama de los verdes, marrones y ocres, así como el azul y el  
blanco, pero imprimiendo una notable variedad de tonos que, con  
el tratamiento lumínico de una luz elevada y algo en diagonal desde  
la parte izquierda de la obra, resalta especialmente y sobremanera a  
los meditados timbres de color utilizados, tales como el azul intenso  
en el vestido de una de las dos mujeres que están en la terraza de la  
primera vivienda de la izquierda o en del pantalón del hombre sen-  
tado en el camino (“punto de fuga”), el rojo de las tejas o de ciertos  
toldos en algunas de las viviendas o la vestimenta del personaje que  
acarrea al mulo cargado en la parte izquierda del camino, así como  
el del pantalón del hombre que guía al tronco en el agua y a la iz-  
quierda del primer plano, o el ocre-amarillo de lo que parece igual-  
mente un cortinaje en la última gran casa de dos plantas a la  
izquierda, ya en el segundo plano.  
En esta obra establece Charton dos importantes “compensa-  
ciones”, a saber, entre los dinámico y lo estático y, entre la horizon-  
talidad y la verticalidad. En cuanto a la primera, prima una cierta  
generalizada quietud o, un casi imperceptible movimiento dada su  
tenue dinámica en, por ejemplo, todos los elementos que están en el  
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agua (tronco, diversas embarcaciones, ondas en la superficie acuática  
del primer plano), solo ligeramente alterada por las mujeres bañán-  
dose, el volar de las gaviotas, el caminar del personaje que acarrea  
un mulo o el otro que está más a la derecha, el ya aludido sentado  
en el camino con su gesto de saludo, el accionar de los que guían el  
tronco o la balsa en el primer plano y, los varios elementos vegetales  
como y principalmente, el gran árbol de la izquierda en el primer  
plano o el menor a la derecha del mismo o, la singular palmera que  
asoma majestuosa por detrás del puente, y que por su disposición  
formal otorgan una mesurada dinámica a la obra.  
Si el propio formato apaisado de la obra condiciona percep-  
tivamente la horizontalidad de esta, añadido al efecto que sinestési-  
camente procuran otros elementos parejos (la línea del horizonte, las  
terrazas de las viviendas y sus barandados, el pequeño puente, etc.),  
el artista y para mitigar esa preponderancia, establece un sutil equi-  
librio entre aquella y la verticalidad. Ejemplo de esta última son las  
numerosas pilastras que sostienen a las viviendas o a las techumbres  
de las mismas, así como el vértice de sus tejados a dos aguas, el más-  
til y la vela de la balsa ubicada justo tras el puente, el farol, la empa-  
lizada de caña en el extremo derecho del primer plano y bajo la  
primera casa sita en ese lugar los dos árboles en aquel plano o la gran  
palmera ya descrita. Así, la verticalidad de estos elementos, “contra-  
pesa” y equilibra -funcional y compositivamente- la horizontalidad  
del paisaje, formato comúnmente empleado en la representación pai-  
sajística.  
Resaltar el dibujo preciosista con el que Charton traza todos  
y cada uno de los diversos elementos formales presentes. Así, desde  
las propias viviendas en las que se aprecian –individualmente- la  
caña guadua con las que están construidas las paredes de las mismas  
o, en el mismo sentido, las tejas de las cubiertas u otros elementos  
en los edificios como, por ejemplo, las pilastras que los sostienen; las  
suaves ondas que tenuemente se conforman en la superficie del agua  
del primer plano; el pespunte de los diversos elementos vegetales  
en la obra (árboles, matorrales, palmeras, los tiestos con flores o plan-  
tas en los balcones); los personajes que, aunque lejanos, se atisban y  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
reconocen sin demasiada dificultad su fisionomía, etc. Consecuencia  
de todo ese virtuosismo formal, de todo ese detallismo descriptivo,  
es que la mirada del espectador está constantemente fijándose en esa  
notable diversidad que es también novedad y variación en su intrín-  
seca singularidad y, por consiguiente, proporcionándole el placer in-  
herente a la estética de lo pintoresco.  
Al tiempo, esa cotidianidad representada, revela la voluntad  
del artista por exponer una escena popular basada en la concepción  
primordial del costumbrismo, a saber, aquella que se reclama de los  
“tipos y costumbres” autóctonos, a la par y en el mismo sentido, de  
la arquitectura y el urbanismo en relación a ese mayoritario grupo  
poblacional. Por ello y aunque el título de la obra viene referido a una  
ciudad, en realidad, muestra un “lugar” muy concreto de la misma,  
es decir, aquél en el que las formas de vida y su entorno más inmediato  
se corresponden con la estética representacional expresada.  
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Xavier Puig Peñalosa  
Guayaquil. Casa del Cabildo o del Ayuntamiento, circa 1849  
Óleo sobre lienzo, 40 x 58 cm.  
Colección privada  
Una gran panorámica nos muestra en su amplio primer  
plano, el concurrido malecón de Guayaquil al comienzo de la puesta  
de sol -calle de la Orilla con intersección de la calle de Sucre y de  
norte a sur-, cuando algunos de sus habitantes salen a pasear y sola-  
zarse con el ligero frescor del atardecer. Estos están representados –  
sus vestimentas así lo indican- por prácticamente todas las clases  
sociales. Los burgueses en la parte derecha del paseo –damas con  
flamantes vestidos y sombrilla de etnia blanca o criolla-, hombres de  
la misma etnia con chaqueta o poncho relucientes y zapatos o botas;  
en el centro, una mujer de etnia negra y descalza, carga en su cabeza  
una repleta canasta mientras sostiene con su mano derecha a un niño  
seguramente su hijo- también sin calzado, que está recabando su  
atención al señalar con su brazo derecho a un grupo de tres personas  
dos cargadores o estibadores de etnia negra y el que parece su pa-  
trón de etnia blanca o criolla- que, muy cerca de él, se encuentran  
descansando sobre un apilamiento de fardos de mercaderías, tal vez  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
esperando el momento de su embarque. Al pie de la mujer que gira  
levemente su cabeza sin detener su marcha y del propio niño, un  
perro parece reclamar la atención de estos.  
Tras esos personajes y algo más alejados y en gradada escala,  
otros viandantes que representan a varias clases sociales, se encuen-  
tran a lo largo del paseo. Y en este, destaca sobremanera en su parte  
derecha, la gran torre con reloj del cabildo con la protagónica enseña  
marcista –consecuencia del derrocamiento del general Juan José Flo-  
res el 6 de marzo de 1845 por la denominada Revolución Marcista-,  
así como la larguísima sucesión en hilera de viviendas de no más de  
tres alturas, solo horadadas por algunas entrevistas calles transver-  
sales, prolongándose hasta el tercer plano.  
A la izquierda y tras el grupo de cargadores y haciendo las  
veces de segundo plano, se encuentra el estuario en el que se observa  
una balsa y, tras esta y en la orilla, una sucesión de pequeñas barcas  
de transporte –de personas y mercancías- entoldadas con sus dueños  
descansando a pie de tierra. Y en la lontananza, otras embarcaciones  
con las velas desplegadas surcan el río, destacando la silueta de proa  
y babor de un gran velero de tres mástiles con el velamen recogido.  
Finalmente, la línea de horizonte viene marcada por una ca-  
dena montañosa apenas borrosamente avistada por su lejanía,  
dando inicio al tercer gran plano que ocupa las dos terceras partes  
de la representación, y en el que el intenso azul del cielo –más noto-  
rio en su parte superior-, presenta en su parte media-inferior un cú-  
mulo longitudinal de nubes rosáceas por efecto de la luz del  
atardecer.  
Compositivamente, Charton crea una gran perspectiva que  
dota de una extraordinaria profundidad a la escena representada,  
mediante la acentuada diagonal con que estructura la obra. Efecti-  
vamente, partiendo del ángulo inferior derecho de la obra, aquella  
dinámica compositiva prosigue recorriendo la serie de farolas a “per-  
24  
maceti” situadas en sucesión rectilínea en el centro del paseo (nó-  
tese la alargada proyección de las sombras de estas por la luz del  
atardecer, al igual que las de los viandantes), hasta llegar al inicio  
24 Véase nota anterior.  
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del tercer plano, al final de la hilera de edificios de la derecha, que  
es donde se halla el punto de fuga compositivo. Y, a su vez, converge  
en dicho punto, otra diagonal que, partiendo del vértice del tejado a  
dos aguas del cabildo, se constituye al recorrer la sucesión de tejados  
de esas construcciones. Finalmente y en la misma parte derecha de  
la obra, una tercera diagonal que converge en el mismo punto, viene  
integrada por la línea que traza el barandado de todos esos edificios  
y cuyo comienzo se ubica en el del propio cabildo.  
En la parte izquierda del paisaje y en el mismo sentido com-  
positivo, una diagonal que parte del piso de la balsa en semipenum-  
bra situada en esa zona, se prolonga idealmente hasta el mencionado  
punto de fuga. Charton y por lo antedicho, establece así una suerte  
de coordenadas espaciales a partir de las cuales instituye la necesaria  
tridimensionalidad para la construcción del espacio de la represen-  
tación.  
La general horizontalidad de la obra –formato apaisado y pa-  
norámica-, resulta equilibrada por diversos elementos verticales y  
entre los que destacan principalmente, la propia torre del cabildo y  
su puntiagudo tejado o, la sucesión de farolas en el malecón, el trián-  
gulo que conforma el tejado de una pequeña construcción muy pro-  
bablemente de carácter militar (¿capitanía marítima?) casi al final del  
paseo, los mástiles y velas de las distintas embarcaciones del estuario  
y el alzado de los viandantes.  
Igualmente, y frente al estatismo que, en general, se des-  
prende de la obra, el caminar acompasado de los diversos viandan-  
tes, introduce y equilibra con su dinámica a aquél. Destacar en este  
mismo sentido, la gran bandera marcista ya descrita que, en parte  
recogida, cuelga en la fachada del ayuntamiento desde un mástil  
muy direccionado hacia la izquierda. Y un poco más retirada y hacia  
atrás, la enseña francesa con igual direccionamiento. Al tiempo,  
ambas banderas establecen un “diálogo” formal y dinámico con el  
mástil de proa de la gran goleta sita en el estuario. También la torre  
del cabildo ejerce una fuerte dinámica hacia arriba por su alzado y  
el propio tejado con la adornada a modo de pérgola que la corona, y  
que es compensada con la dinámica diagonalizada, descendiente y  
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Ernest Charton  
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hacia atrás que impone la cadenciosa sucesión de los tejados en las  
construcciones citadas.  
Cromáticamente, Charton emplea en esta obra una gama no  
muy amplia de colores –marrones, ocres, azul, blanco, rojo-, aunque  
con una estudiada tonalidad de los mismos, primando los de efecto  
apastelado. Destacar los intensos timbres de color en, principal-  
mente, las vestimentas de muchos de los personajes representados  
(
azul, rojo y blanco), la bandera de la ciudad (blanco y azul) o, las  
lonas blanquecinas protectoras de los rayos del sol en el ayunta-  
miento y en algunos otros edificios.  
Lumínicamente y como en parte ya se ha señalado, al ser una  
hora de poniente, la luz incide diagonalmente y algo baja desde la  
parte izquierda de la obra, proyectando alargadas sombras de las  
personas u otros elementos que ilumina. Al tiempo, la parte inferior  
del primer plano presenta longitudinalmente una relevante penum-  
bra, ostensible en su zona de la izquierda (los cargadores sentados  
al lado de los fardos y parte de la balsa que está en el estero y en ese  
extremo) y, en la pared lateral-derecha del ayuntamiento, contras-  
tando así fuertemente con la suave y tamizada claridad en el resto  
de la obra.  
Resaltar, así mismo, el cuidado dibujo que el artista ejecuta  
como detallista base formal de la obra. Así, se aprecia con nitidez  
desde los pliegues de las vestimentas de los distintos paseantes o,  
los de la enseña de la ciudad, el barandado, los arcos y el remate de  
la torre del ayuntamiento, los componentes de caña que componen  
el piso y el techo de la balsa situada a la izquierda, etc., lo que con-  
fiere a este paisaje una suerte de pintoresquismo realista.  
Como se comentaba al inicio de estas líneas, es a partir del  
inicio del atardecer cuando convergen en el malecón –lugar emble-  
mático y centro neurálgico de la actividad económica de la ciudad-  
puerto, distintas personas pertenecientes a varios grupos sociales y  
ocupaciones laborales para disfrutar de la brisa del estero y sociali-  
zar, es decir, la práctica de una “costumbre” arraigada en la idiosin-  
crasia guayaquileña. Aquí, Charton representa a aquellas como  
tipos”, y en un contexto tanto de su quehacer cotidiano (trabajo,  
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paseo, descanso, tertulia) como arquitectónico-urbanístico, resal-  
tando en cada caso aquellos rasgos más pintorescos de los mismos;  
es decir, su variedad, movimiento, singularidad y, al mismo tiempo,  
novedad pues, la mirada y la imaginación del espectador encuentran  
en la contemplación de esta escena, un continuo placer estético mer-  
ced a la representación que el artista recrea de un momento amable  
en la cotidianidad citadina de la urbe ecuatoriana.  
Paisaje de Guayaquil, 1849  
Óleo sobre lienzo, 42 x 60,3 cm.  
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid-España  
Con una panorámica frontal y ligeramente elevada, Charton  
representa a la antiguamente denominada calle Nueva -actual Ro-  
cafuerte-, una de las dos principales calles de la ciudad en la época,  
en un momento en que comienza a decaer el tórrido sol guayaqui-  
leño a juzgar por las alargadas sombras que proyectan en el terroso  
suelo tanto los edificios, la variada y abundante vegetación, los per-  
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files de las diversas personas que transitan quedamente por este  
lugar, como por el suave tono rosáceo que empiezan a adquirir las  
escasas nubes en la parte inferior del celaje.  
En el primer plano que comprende desde el borde inferior  
horizontal de la vista hasta la primera calle que intersecciona con la  
principal, destacan de izquierda a derecha, una mujer que transporta  
una canasta de fruta en su cabeza, el brazo izquierdo apoyado en su  
igual cadera para equilibrar el peso, y llevando sujeto con su mano  
derecha a un niño que juega distraídamente con un palo. En el cen-  
tro, dos damas burguesas elegantemente vestidas y con sendas som-  
brillas, caminan de frente con la mirada hacia el espectador y, en su  
parte derecha y algo retrasado, un “porteador”, seguramente de la  
servidumbre –es el único personaje en la obra que lleva la cabeza sin  
cubrir– les sigue acombado por el peso de los bultos que acarrea. A  
la izquierda de aquellas, un pequeño perro de raza les acompaña,  
pareciendo que reclama su atención interfiriéndoles el paso. Y en el  
extremo derecho, dos jóvenes semi agachados están absortos con el  
popular juego de la raya, mientras otros dos de pie siguen embele-  
sados la partida, y un hombre sentado bajo la sombra de un gran ra-  
maje observa a los primeros, apoyado en una suerte de cayata.  
El segundo plano comienza en la calle que, un poco detrás  
de las damas citadas, intersecciona horizontalmente con la principal  
y en la que están los personajes descritos. Su final viene dado por las  
últimas edificaciones que bordean a esta vía y en el que destacan las  
dos torres de la iglesia de la Merced. Todas estas viviendas de dos  
alturas, están construidas con caña guadua, madera para las vigas y  
pilastras principalmente, y tejados de hoja de palma o tejas; algunas  
tienen parte de sus fachadas o paredes recubiertas de yeso blanco.  
También en este plano y justo al comienzo del mismo, se ob-  
serva en la parte izquierda bajo una vivienda y en la sombra, a dos  
personas platicando; uno de ellos y por su vestimenta, podría tra-  
tarse de un religioso. Un poco más a la derecha de estos, un jinete  
bien vestido y subido a un flamante caballo blanco, se dirige hacia  
el espectador mientras a su derecha y a pie, un hombre camina con  
un enorme fardo, pudiendo ejercer de criado del primero. Y un poco  
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más alejado y de espaldas, otro personaje a lomos de un equino se  
encamina hacia el final de esta calle. Finalmente y en el extremo más  
alejado de esta perspectiva, apenas se atisban lo que parecen las si-  
luetas de otras personas sumidas en la sombras de los edificios.  
El último plano lo constituye el celaje que ocupa un poco más  
de la mitad de la representación, y en el que luce un intenso azul ce-  
leste en su parte superior, mientras unas difusas nubes lo recorren  
un su parte media e inferior, tiñéndose de un leve tono rosado.  
Compositivamente, el edificio ubicado al final de la calle  
Nueva por donde transitan los personajes citados y que, apenas se  
divisa al costado de la base de la torre izquierda de la iglesia al final  
del segundo plano, ejerce de punto de fuga que genera, compone y  
ordena el espacio de la representación. Efectivamente, en aquel con-  
vergen las distintas diagonales que “surcan” este espacio, a saber, la  
conformada por la línea superior de los tejados a dos aguas de las  
viviendas sitas a la derecha de la obra, al igual que la base de las bal-  
conadas de las mismas y la propia de esas edificaciones; la que se  
prolonga a partir igualmente de la base de la improvisada bancada  
en la que reposa sentado el personaje del extremo derecho del primer  
plano mientras contempla el juego de la raya. Mientras que en la  
parte inferior izquierda del primer plano y partiendo de lo que pa-  
rece un pequeño resto de un antiguo charco de agua con rala vege-  
tación junto a la mujer acompañado por el niño, parte una diagonal  
que se prolonga por la base del primer farol, “atraviesa” al jinete y  
su mayordomo que transitan frontalmente al espectador por esa  
calle, para ubicarse finalmente en el edificio que obra como punto  
de fuga citado.  
La generalizada horizontalidad de la vista comenzando por  
el propio formato apaisado, la calle que atraviesa a la principal por  
la que transitan los diversos personajes, y la de las dos primeras  
casas en ambos extremos del segundo plano –especialmente las de  
la parte izquierda-, es compensada por la verticalidad que imprimen  
los tejados a dos aguas de las viviendas y sus pilastras de sostén, los  
vallados sitos en ambos extremos, las farolas, las dos torres de la igle-  
sia y las distintas especies vegetales –particularmente las numerosas  
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palmeras-. Y a estos elementos, resta añadir a los personajes repre-  
sentados y, de los que cabe resaltar la presencialidad de las dos mu-  
jeres burguesas que, al tiempo, son el centro óptico de la composición  
por su ubicación. Nótese a este respecto que los personajes aparecen  
siempre en la obra agrupados, excepto el jinete montado en su  
equino que se dirige de espaldas al espectador y alejándose, hacia la  
parte superior de la calle.  
Igualmente, los mayormente elementos estáticos como las  
construcciones, la mayor parte de la vegetación o, los tres últimos  
personajes en el extremo derecho del primer plano, están compen-  
sados por la queda dinamicidad que ejercen la mayoría de aquellos,  
y las curvaturas de los troncos de las dos palmeras –singularmente  
la de más altura- del extremo derecho de la obra.  
Cromáticamente, la gama del verde, marrón, amarillo,  
blanco y azul, es la predominante, siendo en las tonalidades conse-  
guidas donde el artista muestra su excelencia, al igual que en el ma-  
nejo de la luz. Destacan los timbres de color rojo en la vestimenta del  
personaje agachado en el juego de la raya y en el pañuelo o especie  
de sombrero del hombre que los contempla, el de los bultos que  
transporta el mayordomo al costado de las damas burguesas y el del  
largo pañuelo de la mujer con niño de la izquierda. En el mismo sen-  
tido, el blanco de la blusa de aquella y de la ropa del niño, el de las  
dos sombrillas que sujetan aquellas damas, y las camisas de los tres  
últimos personajes –dos jóvenes y el hombre sentado- en el extremo  
derecho que contemplan el juego de la raya. También el caballo del  
jinete que desciende con su mayordomo por la calle, o el de los cor-  
tinones que a modo de parasol están desplegados en algunas de las  
fachadas de las construcciones de la parte derecha de la obra. O el  
intenso azul de la chaqueta del propio jinete y la del joven en senta-  
dillas jugando a la raya, y el del pantalón del hombre que los ob-  
serva. Y en la misma gama, el también intenso del celaje –sobre todo  
en su parte superior- y, más atenuado, el del vestido que ostenta la  
dama de la izquierda en la pareja del centro del primer plano, des-  
tacando el de la derecha por ser de un blanco-rosáceo.  
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Charton establece en ambos extremos del primer plano, sen-  
das zonas más en penumbra que, a la manera del telón de un teatro,  
invita al espectador a presenciar esta escena urbana en la que algu-  
nas de las arraigas costumbres en la urbe están presentes. Ejemplo  
de ello lo constituye el paseo de tarde en el que mujeres y hombres  
se visten y lucen sus flamantes vestimentas o, el popular juego de la  
raya citado. También resalta el artista el pintoresquismo de esta vista,  
tanto por los distintos motivos y tipos representados (casas, perso-  
najes, vegetación, etc.) mediante la preciosista formalización en el  
dibujo de los mismos, como por la calculada armonía compositiva y  
cromática –y lumínica- empleada. Todo ello está al servicio de poder  
suscitar en el espectador, ese específico placer que la contemplación  
de esa singularidad, variedad y novedad originan, tanto en su ima-  
ginación como en su sensibilidad.  
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Puerto de Guayaquil, circa 1850  
Óleo sobre lienzo, 42 x 60 cm.  
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Ernest_Charton_-_Puerto_de_Guayaquil.jpg  
(21.04.2021)  
Nuevamente adopta Charton en esta obra, un encuadre fron-  
tal y elevado para poder ofrecer así una visión ampliamente pano-  
rámica del puerto de Guayaquil, es decir, de la denominada calle de  
la Orilla vista hacia el norte desde el antiguo estero de Olmos (la ac-  
tual calle de Tomás Martínez); al tiempo, este encuadre acentúa la  
profundidad espacial de la vista. La parte inferior de la obra y co-  
rrespondiente al primer plano de la misma, está mayormente ocu-  
pada por la gran franja de tierra firme en la que, y en su extremo  
izquierdo, están representados y agrupadamente dos mujeres –una  
peinando a la otra– e, inmediatamente detrás de estas, otro grupo  
compuesto de una mujer recostada y un niño de pie y, dos hombres  
descansado uno sentado y el otro apoyado en sendas pequeñas bar-  
cas típicas de esa zona. A los pies de estos personajes y extendido,  
destaca un gran lienzo blanco que podría corresponder a una o va-  
rias de las velas de las embarcaciones. Tras aquellos, una empalizada  
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con ropa tendida delimita el espacio perteneciente a la casa de dos  
alturas con balconada que “cierra”, junto con un gran árbol en su ex-  
tremo izquierdo, esa zona de la obra. Y un poco más distanciada,  
asoma otra casa mucho más modesta, así como como una gran pal-  
mera que destaca por su elevada altura y que establece una suerte  
de “cadencia” formal con las que se hallan en el segundo plano, a  
saber, las dos que se yerguen parejas en el propio puerto y, mucho  
más distanciada, la que también notoriamente asoma en el extremo  
derecho y casi a pie de acantilado en el majestuoso cerro de Santa  
Ana.  
Señalar en esta franja de tierra y en su parte más inferior  
casi en el centro geométrico–, la presencia de tres gallináceos -uno  
de ellos a punto de posarse- que, agrupadamente, parecen disputarse  
los restos cadavéricos de algún tipo de animal, probablemente los  
de un perro. E, igualmente, otros tres también agrupados, reposan  
observantes en el tejado de la primera vivienda citada, establecién-  
dose así una suerte de “diálogo” formal y cuantitativo entre ambos  
grupos de aves.  
El segundo plano está integrado en su parte derecha por la  
tranquila masa acuática del río Guayas que, como en un espejo, re-  
fleja en su superficie al buen número de balsas-vivienda que, apa-  
rentemente abarloadas entre sí, forman una diagonal paralela a la  
línea costera del primer plano y, del mismo modo, a las otras embar-  
caciones que se encuentran faenando en esas aguas o, a las que casi  
al final del plano, navegan con sus blancos velámenes desplegados  
al viento. Destacan tras las primeras en hilera, el conjunto de casas  
que componen la ciudad vieja, así como el citado cerro de Santa Ana.  
Y al pie de una pequeña pasarela que, desde el muelle parece llevar  
a las balsas-viviendas, dos hombres aparecen departiendo, al igual  
que en muchas de aquellas se avistan a varias personas en diversas  
actitudes (tendiendo ropa, pescando, etc.).  
Finalmente, el tercer plano halla su comienzo con la cadena  
montañosa que, a la derecha y difuminadamente se atisba en la leja-  
nía, y el celaje que, ocupando más de la mitad de la obra, se muestra  
en parte poblado –principalmente en su zona inferior- por franjas  
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Ernest Charton  
y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
nubosas que aparecen teñidas del tono rosáceo que la luz del atar-  
decer genera.  
Compositivamente, el punto de fuga que estructura a la obra  
se halla en el vértice que conforma el tejado a dos aguas pertene-  
ciente a la gran casa de dos alturas a la izquierda del primer plano.  
Desde aquel y en donde reposan el grupo de gallináceos ya señala-  
dos, una diagonal se prolonga por el alero lateral del tejado hasta el  
vértice inferior derecho de la obra. También y desde el mismo punto,  
otra diagonal se prolonga hasta el vértice del tejado de la balsa-vi-  
vienda que, en la hilera ya descrita, se halla más próxima al especta-  
dor, hasta llegar a la proa de la barca sita a la derecha, y en la que un  
pescador está recogiendo sus redes. Igualmente, otra diagonal parte  
del mismo punto, atravesando la base de la palmera que destaca sin-  
gularmente en la parte derecha del cerro, continuando por el velero  
más próximo a aquél y, llegando al vértice de la techumbre a dos  
aguas de la balsa-vivienda que está quedamente navegando en el  
extremo derecho de la vista.  
Señalar asimismo la relación compositiva que, mediante una  
diagonal, se establece entre ambos grupos de aves, del superior al  
que está en tierra, y de aquél y mediante un eje perpendicular con  
las dos mujeres del primer plano a la izquierda.  
Y en el anterior sentido estructural, también equilibra Char-  
ton la mayor y generalizada horizontalidad presente en la obra con  
la verticalidad que suponen las palmeras citadas, los vértices de los  
tejados de las múltiples viviendas –incluidas las de las balsas- que  
están representadas o, el velamen de las embarcaciones que navegan  
al final del segundo plano. Igualmente, la quietud que se desprende  
por doquier de la vista, es compensada por la tenue dinámica que  
imprime el quedo navegar de algunas embarcaciones, la sinuosidad  
casi zigzagueante de las palmeras ya descritas y, el gallináceo del  
primer plano a punto de tomar tierra en busca de su alimento. Tam-  
bién algunas de las posturas que implican movimiento en varios de  
los personajes representados.  
Con la habitual paleta cromática basada en la gama de los  
marrones, verdes, amarillos, ocres, azul y blanco principalmente, el  
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artista imprime unas variadas y estudiadas tonalidades a los diver-  
sos elementos representados, al tiempo que se destaca el notable di-  
bujo en aquellos. Resaltar, así mismo, los saturados timbres de color  
rojo, azul y blanco- en las vestimentas de algunas de las personas  
representadas, en la ropa tendida en el vallado y el tendedero ubi-  
cados en la parte izquierda del primer plano o, en la de la balsa-vi-  
vienda más próxima al espectador.  
La alternancia de –digamos- claroscuros en la zona izquierda  
de la obra por el empleo de una luz en diagonal que incide desde la  
parte izquierda –véanse las sombras que proyectan las personas y  
demás elementos representados-, es utilizada por el artista para  
dotar de mayor volumen y presencialidad a la vivienda de dos plan-  
tas allí ubicada, al tiempo que “introducir” al espectador en la propia  
vista, dotándola así de mayor perspectiva y, por tanto, profundidad  
y lejanía. Nótese en este sentido, el rol que ejerce la segunda vivienda  
de la izquierda en extrema penumbra.  
Pintoresquismo y costumbrismo se aúnan en esta represen-  
tación de la cotidianidad popular guayaquileña. Gente platicando,  
socializándose, trabajando o simplemente descansando, en un sen-  
cillo entorno urbano que, dado su detallismo y singular cromática -  
particularmente en sus timbres- o tratamiento lumínico, mantiene la  
mirada del espectador en constante atención para captar todos aque-  
llos aspectos, bien formales, bien humanos, que están presentes en  
la obra. Y aspectos que muestran una idiosincrática forma de vida  
(sus construcciones, sus balsas-vivienda, la pesca artesanal, etc.) que,  
alejada de cualquier conflicto, transmite el sosiego y la tranquilidad  
de una convivencia armónica, tanto en las propias relaciones huma-  
nas como con el entorno –urbano y natural- en que se establecen. Y  
esa agua del río que con su perfecta lisura refleja calmadamente todo  
aquello que entra en su campo de visión, obra como metáfora de un  
instante de vida que se prolonga y pierde en la atemporalidad que  
significa el quedo y ameno transcurrir, sin apenas cambio, de aquella  
humana existencia.  
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y la renovación pictórica del siglo XIX ecuatoriano  
Conclusiones  
A tenor de lo expuesto, puede colegirse que las dos estadías  
de Ernest Charton en Ecuador, significaron una decisiva influencia  
en el cambio de las, hasta ese momento, prácticamente monotemá-  
ticas pinturas de género que se realizaban en el país: la religiosa y  
los retratos de próceres y militares autóctonos en poses ya codifica-  
das y ne varietur.  
Efectivamente, resaltar en primer lugar, la insistencia por  
parte del artista durante la impartición de su magisterio, en el desa-  
rrollo y profundización de determinados aspectos teóricos relacio-  
nados con la conceptualización y ejecución del lenguaje plástico  
como, y en segundo lugar, la oportuna práctica de este a partir “del  
natural” o, igualmente, el énfasis en la necesidad de adoptar una ac-  
titud abierta y receptiva por parte de los jóvenes pintores a nuevas  
propuestas artísticas. En consecuencia, fueron estas innovaciones las  
que implicaron un paulatino al tiempo que radical novedad en la,  
hasta ese momento, consuetudinaria concepción y producción pic-  
tórica en Ecuador. Y aunque en parte se siguieron ejecutando aque-  
llos géneros tradicionales mencionados dada su demanda, la  
–digamos- “puesta al día” que las enseñanzas de Charton implicaron  
para las nuevas formas y contenidos pictóricos, junto a la progresiva  
aceptación de aquellos por parte de los comitentes, es decir, de su  
cambio de gusto, supuso definitivamente los comienzos de la asun-  
ción de una actitud y resolución modernas hacia y de la pintura en  
el país.  
Es en razón de lo expuesto que la modernidad artística de  
Charton, plasmada y desarrollada en su dilatada obra y variados so-  
portes (óleo, pastel, acuarela, dibujos, etc.), así como en su ya comen-  
tada enseñanza profesoral, quizás no ha sido suficientemente  
estudiada en su relación e incidencia con el cambio que líneas arriba  
se apuntaba. Asimismo, falta un mayor y mejor desarrollo investi-  
gativo en aquellos aspectos más “sociológicos” durante sus dos es-  
tancias en el país. Por ejemplo, quienes eran sus comitentes y que  
tipo de relaciones se establecieron; y en el mismo sentido, sus amis-  
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tades con los pintores quiteños que conoció e instruyó o, igualmente,  
sus contactos con intelectuales o políticos progresistas de la época  
(
por ejemplo con los futuros integrantes de la Escuela Democrática  
Miguel de Santiago”, ya que el artista era un acérrimo republicano),  
etc.  
Y desde un ámbito más general, cabe señalar que la carencia  
de una biografía contrastada y basada en documentación fehaciente  
o, una sistematización y catalogación de su amplia y variada pro-  
ducción artística –mayoritariamente en colecciones privadas–, tanto  
en lo referido a los géneros representados como a los distintas técni-  
cas empleadas (óleo, pastel, acuarela, lápiz, etc.), al igual que un es-  
tudio contextual (verbigracia, las influencias recibidas) parejo a un  
análisis estético y artístico de esa producción, implican un notorio e  
injustificado desconocimiento sobre la persona, el artista y su obra.  
Por ello, solventar esas carencias sería la mejor aportación para su  
oportuna –por necesaria– reivindicación.  
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http://bdigital.bnp.gob.pe/bnp/recursos/2/flippingbook/xz_100006260  
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https://books.google.com.ec/books?id=qAscAQAAMAAJ&pg=PA401&  
hl=es&source=gbs_toc_r&cad=3#v=onepage&q&f=false (02.02.2021).  
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charton-premiere-partie.html (20.01.21).  
Otras páginas web citadas  
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Charton,_Ernest_-_Guayaquil_-  
1
849_ost_40x59.1.jpg (17.04.2021): óleo de Ernest Charton titulado “Guayaquil”  
(Estero de Juan Pérez de Villamar), (1849).  
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Ernest_Charton_-_Puerto_de_Guaya-  
quil.jpg (21.04.2021): óleo de Ernest Charton titulado “Puerto de Guayaquil”,  
(circa 1850).  
BOLETÍN ANH Nº 208-A • 77–114  
114  
La Academia Nacional de Historia es  
una institución intelectual y científica,  
destinada a la investigación de Historia  
en las diversas ramas del conocimiento  
humano, por ello está al servicio de los  
mejores  
intereses  
nacionales  
e
internacionales en el área de las  
Ciencias Sociales. Esta institución es  
ajena a banderías políticas, filiaciones  
religiosas,  
intereses  
locales  
o
aspiraciones individuales. La Academia  
Nacional de Historia busca responder a  
ese  
carácter  
científico,  
laico  
y
democrático, por ello, busca una  
creciente profesionalización de la  
entidad, eligiendo como sus miembros  
a
historiadores  
profesionales,  
quienes  
entendiéndose por tales  
a
acrediten estudios de historia y ciencias  
humanas y sociales o que, poseyendo  
otra formación profesional, laboren en  
investigación  
histórica  
y
hayan  
realizado aportes al mejor conocimiento  
de nuestro pasado.  
Forma sugerida de citar este artículo: Puig Peñalosa, Xavier,  
"
Ernest Charton  
y
la renovación pictórica del siglo XIX  
ecuatoriano. Una aproximación estética y artística a cuatro vistas  
de Guayaquil", Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. C,  
Nº. 208-A, julio – diciembre 2022, Academia Nacional de Historia,  
Quito, 2023, pp.77-114